Opinión

Los libros contra la pandemia

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 27 de abril de 2020

Muchos piensan que la literatura es un mal menor, que es cosa de vanidad, sobrante, diletante y que mejor que escribir libros y publicarlos es dedicarse a otro oficio, como el del político, que goza en los últimos tiempos de mucho prestigio, como bien se ve.

Ante la ausencia de respuesta del ministro de Cultura en el escenario coronavírico, más de trescientas editoriales, librerías y distribuidoras españolas han unido sus fuerzas en una causa común bajo el lema “En defensa del libro”. Han elevado un escrito a la autoridad competente en el que piden al Estado y a las comunidades autónomas medidas para un sector que representa el 3,2% del PIB. Entre las propuestas de los editores y libreros destacan la compra institucional para bibliotecas públicas –sin excluir a los pequeños y medianos editores–, las exoneraciones de impuestos estatales y comunitarios, o la creación de bonos canjeables por libros para la chavalería, por citar solo algunas medidas. La media europea de la inversión en cultura es de un 2% y en España andamos en torno al 0,6%. De manera que en nuestro país, donde el personal anda pendiente de averiguar quién es la chica desnuda que se “cuela” en algún directo, la cosa literaria ya se ha convertido en contracultural, marginal, heterodoxa…

Escribe en su muro de Instagram Javier Jiménez, artesano editor y dueño de esa fantasía de sueños que es Fórcola, que cuando reabran las librerías –que para algunos no venden bienes de primera necesidad–, un exceso de novedades junto a la situación económica que se avecina, podría perjudicar el sector. Teme Javier un escenario posible de devoluciones en masa de novedades de febrero y marzo, y una feroz competitividad con respecto a los nuevos lanzamientos, que transforme la saludable competencia de siempre en pugilato a muerte. Al final ha resultado un confinamiento editorial demasiado largo, caótico y hasta con desesperadas llamadas a la gratuidad, que tampoco han aumentado las ventas del libro electrónico: en España, los que leen, siguen haciéndolo mayoritariamente en papel.

Admiro profundísimamente a periodistas y escritores como Guillermo Busutil, Sergi Doria, Eva Díaz Pérez, Antón Castro, Sergio Vila Sanjuán, Xavi Ayén, o Miquel Molina, que han elegido una profesión a caballo entre la literatura y el periodismo –ese matrimonio de inconveniencia–, sin saber si este esfuerzo algún día obtendrá su recompensa. Seguro que no podrían hacer otra cosa, a pesar del “autoboicot” permanente que supone el ejercicio de la escritura. Porque llegamos a la conclusión de que el libro es un asunto tan progre como clásico, porque, visto lo visto, ahora hay mucha literatura sin verdadera literatura, no sé si me explico. Y unos valientes (o insensatos) nos dedicamos a inventariar los volúmenes que merecen la pena recordarse, después del paso fiero y nada cándido del coronavirus. Habrá una generación literaria de posguerra “coronavírica”, como la hubo con las dos de nuestra guerra civil, primero con Cela y Carmen Laforet, y después con Aldecoa y Martín Santos. Lo que ocurre con las generaciones actuales es que se olvidan muy pronto de sus mayores, no sabemos si por accidente, ignorancia o verdadera intención. Entonces los libreros de toda la vida y los de viejo pueden jugar aquí un papel esencial entre los más jóvenes, muchos de los cuales desconocen el estilo de los grandes maestros, sencillamente porque no los han leído.

La sabiduría del veterano repórter consiste en transformar el artículo y el reportaje en libro imperecedero, en ensayo o en novela, en el mejor de los casos. Todo ello, el asunto del libro y sus exégetas y santos apóstoles del periodismo cultural, tiene su cierta lógica para los que creemos en el valor ético y educativo de la cultura. “El lenguaje se ha marchitado hasta convertirse en un cliché y una rutina inerte. Hechas para significar fenomenalidades inaccesibles, las palabras han sido reducidas a una corrupta servidumbre. Ya no son aptas para poetas o pensadores rigurosos (la poesía es la forma más rigurosa de pensamiento)”, escribe Steiner en Presencias reales (1989).

Los gurús socieconómicos promisean tiempos distintos y distantes, arbitran grandes remedios y atienden las urgencias pandémicas. A uno esta posguerra vírica y libresca no le parece más grave ni nueva, sino demasiado familiar. Igual es que vamos cumpliendo demasiados años, dicen. Al final, el libro ganará la batalla, sí; pero será por los sacrificios de un puñado concreto de soñadores de los libros: esos “Trescientos” espartanos de la metáfora. Luego, el político, se colgará la medalla: ¿para qué otra cosa valdrían, si no?


Twitter: @dfarranz