Opinión

La fuente de la alegría

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 07 de mayo de 2020

La primavera ha sido lluviosa y se presenta un mayo engalanado de flores e insectos. Un petirrojo ha anidado en la enredadera y un mirlo acostumbra a rebuscar entre la hierba húmeda. Hoy he vuelto a ver y escuchar al chotacabras que utiliza el tejado como atalaya. Los niños hacen excursiones, por fin, hasta unas colmenas no muy lejanas. Les explico el modo en que su abuelo pescaba en el curso interrumpido del río, machacando semillas de gordolobo que intoxicaban a los peces y otras mil historias, reales o inventadas, mientras paseamos por las lomas próximas a la casa. Me miran con gesto alucinado. El ritmo de la vida recurre cada mañana y es una bendición sin matices reencontrar las tareas cotidianas.

Al caer el día recuerdos del pasado pueblan las noches del verano anticipado de estos días y hay voces que hablan con su timbre de entonces, y hay – junto a la copa de vino – una larga conversación inacabada con los que se marcharon y, sin embargo, nos acompañan. Pero también hay una satisfacción personal en el trato mutuo. El llamado “distanciamiento social” impide la conversación cara a cara, pero no el saludo al prójimo que, sufriente y angustiado, agradece – como hacemos nosotros – el afán comunicativo y la verdad de las palabras.

Esa dimensión de la vida es la única fuente real de la alegría – ni optimismo, ni pesimismo – y así ha sido siempre. Bien lo conoció el rey de Frigia que preguntó a Pan si él era el hombre más afortunado del mundo. No – respondió el dios – es un desconocido campesino que cultiva su huerto en un rincón de la Arcadia. El problema, ahora como entonces, es que esa dimensión de la vida viaja encabalgada a lomos del tigre de la historia y la política. Que nadie puede ya cultivar su huerto sin atender las exigencias del Estado, eso que no entendieron jamás los campesinos que retrata Tolstoi y que, en general, malentienden siempre los campesinos. La acción política y el esfuerzo imprescindible por entender el presente en el que se actúa no puede tener, sin embargo, otro horizonte que la preservación de ese orden antropológico, ni otro objetivo que impedir que se convierta en ciénaga el manantial de la alegría. Aristóteles, el filósofo, no enseñó otra cosa.

Lejos de las homilías secularizadas y la emotividad inducida desde las pantallas. Lejos del Estado y su morralla: estados de alarma, fases y horarios, cifras trágicas, índices de paro, hundimiento del producto interior... Lejos de la pugna impúdica por el electorado. La fuente de la alegría se encuentra, si se encuentra, en un orden de nuestra vida alejado de ese orden político-económico que se quiere ubicuo y que niega sustantividad a cualquier otra dimensión de nuestra existencia. Que no busca proteger, sino absorber la fuente de la alegría.

Pero todavía no alcanza a reducir a magnitud económica la contemplación iluminada del rostro del otro, todavía no alcanza a definir políticamente el asombro por el amarillo luminoso de la flor, estos días innumerable, del diente de león. No ha logrado todavía convertir al prójimo en magnitud, índice en el registro de nuestra sociabilidad, unidad en el cálculo de la confianza que merecemos. No ha logrado todavía reducir la filiación a producción mejorada de unidades del material antropológico. Todavía el ser humano, caído y menesteroso, torcido y extraviado, deja ver, en su gesto descompuesto por consignas de mercado y por llamadas al frente de batalla, la luz inesperada de su redención. El ser humano caído se ve alzado por el penitente que carga con el peso muerto de sus desviaciones y sus faltas.

Ahí se encuentra el fundamento real de la alegría, pero se encuentra acosado enteramente por una circunstancia resultado de decisiones que nos llevaron por un camino arriesgado. El reconocimiento de que el viejo manantial está siendo ensuciado no es pesimismo. El dolor es el baluarte que defiende ese último fundamento y España – frente a esta Europa de la globalización y sus fuerzas disolventes – es el necesario medio político para la defensa de la única alegría real. Si hubiera otro… Creo, querido lector, que es doctrina orteguiana: “No llaméis esto pesimismo: reconocer la verdad no es nunca un acto pesimista. Carecer de sensibilidad para los inmensos dolores ambientes, no percatarse de la terrible mengua española, negar la espantosa realidad de nuestra situación, no podrá ser nunca verdadero optimismo: será siempre una falsedad. Pienso que optimista ha de ser más bien el que colige y amontona dolor, religiosamente, solícitamente, sin que se pierda un adarme, y luego lo emplea como abono de futuras fecundaciones (…). El dolor, señores, es un severo cultivo; la alegría es sólo la cosecha. En el dolor nos hacemos, en el placer nos gastamos. España es un dolor enorme, profundo, difuso. España no existe como nación. Construyamos España, que nuestras voluntades haciéndose rectas, sólidas, clarividentes, golpeen como cinceles el bloque de amargura y labren la estatua. La futura España magnífica en virtudes. La alegría española”.