Opinión

Así se imponen las tiranías

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 10 de mayo de 2020

Para los países de Europa Central y Oriental, la victoria sobre el III Reich -cuyo 75 aniversario se ha celebrado esta semana en medio de la excepcionalidad de la pandemia- significó el fin de la ocupación nazi, pero no la libertad. El Ejército Rojo fue ocupando territorios en los que Stalin instauró “democracias populares”, es decir, regímenes comunistas controlados por Moscú. De este modo, Polonia, Checoslovaquia, Alemania Oriental, Hungría, Rumanía y Bulgaria pasaron de una tiranía a otra, de un totalitarismo a otro. So pretexto de la liberación, los comunistas prolongaron la falta de libertad.

A lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI, la práctica de los partidos comunistas se ha servido de las calamidades, los desastres y las tragedias para lograr sus objetivos. Las derrotas del ejército del zar en la Gran Guerra sirvieron a los bolcheviques para sus fines revolucionarios. La manipulación del descontento, la utilización del hambre, el resentimiento, la violencia y la mentira resultaron una combinación apropiada para hacerse con el poder. La debilidad, la vacilación y la cobardía de las democracias a la hora de hacer frente a Hitler -recuerden, por ejemplo, el abandono de Austria y de Checoslovaquia- brindó a los soviéticos la ocasión de pactar con los nazis el reparto de Polonia. Cuando, en 1944, los polacos se alzaron contra la ocupación en Varsovia, las tropas alemanas destruyeron la resistencia mientras el Ejército Rojo estaba al otro lado del Vístula. En lugar de socorrer a la resistencia polaca leal al gobierno en el exilio, Stalin prefirió que fuese aniquilada para situar en el poder a comunistas polacos al servicio de la URSS cuando los nazis fuesen derrotados. El modelo se repitió por todo el continente. Los soviéticos acabaron con las resistencias nacionales independientes de Moscú. Hubo situaciones algo excepcionales -Yugoslavia, por ejemplo, mantuvo cierta independencia de la URSS- pero, en general, el avance sobre Alemania fue la oportunidad de alcanzar logros políticos.

El hambre, el frío, las enfermedades y, en resumen, la destrucción del continente tal como lo describe Anne Applebaum en “El telón de acero: La destrucción de Europa del Este 1944-1956” sirvieron a los comunistas para controlar a la población de los países ocupados. Los partidos y las organizaciones comunistas controlaban el reparto de alimentos, medicinas, ropa, combustible, etc. En medio de la miseria, los comunistas terminaron teniendo todos los recursos en sus manos. La sociedad civil de los países pretendidamente “liberados” quedó sometida o desmantelada. La oposición fue perseguida hasta la muerte o encarcelada, sumida en el silencio o infiltrada y desactivada por los nuevos amos. Las acusaciones de “fascismo”, “colaboracionismo” y “traición” se utilizaron como pretexto contra opositores inocentes a quienes jamás se dio un proceso con garantías. La censura, la propaganda y el adoctrinamiento sirvieron para crear una realidad paralela en que términos como “libertad” o “derecho” quedaban desprovistos de significado. El control policial de la vida privada -las escuchas, los seguimientos, las delaciones, la observación y la intervención de la correspondencia- así como las prohibiciones de movimiento y el empobrecimiento como forma de control social impusieron el miedo y, con él, la tiranía.

En este tiempo de incertidumbre y miedo que atravesamos, deberíamos estar alerta frente a las ideologías que, so pretexto de la liberación, imponen el totalitarismo. En realidad, no ha habido ningún lugar donde los comunistas hayan llevado la libertad a nadie si damos a la palabra su sentido verdadero. Una ideología que se funda en la mentira, el resentimiento y el odio y que necesita cárceles y policías políticas sólo puede imponer regímenes tiránicos por muy bellas que sean las palabras que tratan de legitimarlos.