Es inexcusable en estos días de encierro sacar un tiempo para ordenar la biblioteca, rescatar libros que creías perdidos, recuperando viejas dedicaciones y tareas que, con poco esfuerzo, puedes revivir. Así me he reencontrado con Julio Caro: muchas de sus obras y, especialmente, sus Semblanzas Ideales, Maestros y amigos de 1972. También su Del País: familia y maestros de 1986. Caro forma parte de esa generación de vascos ilustres de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo a la que, como sabe el lector, vuelvo tantas veces la mirada y que conjugaba perfectamente su atención a los asuntos del País, con la preocupación asumida con toda normalidad por los problemas de la Patria.
La obra académica de Caro resistirá mucho tiempo, pero al final será superada posiblemente, a pesar de su magnífica calidad. Lo que es perenne es su contribución memorialista, su testimonio del tiempo en que vivió y, en concreto, la muestra que ofrece de su capacidad para moverse en el ambiente tradicional de sus referentes vascos, mas bien tradicionalistas, hablemos de los Aranzadi o los presbíteros Barandiarán, o Resurreccion María de Azkue, y su proximidad con diversas figuras de la vida intelectual cercanas a la Institución Libre de Enseñanza y a las que conoció, como perteneciente a una familia estrechamente vinculada a la misma. Las dos ventanas vitales a las que se asomó Caro están muy bien exploradas en el epílogo que ofrece al libro de las Semblanzas el antropólogo británico Davydd Greenwood. Me gusta como capta la esencia barojiana, se trate de don Julio o de don Pío,( a quien se refiere Julio : “mi mentor, mi maestro, mi compañero eterno” ); Baroja en los personajes de sus novelas y Caro en sus estudios de la mentalidad popular, pero asemejados en su visión de la condición humana. “Ambos encuentran en las vidas sencillas una profundidad de sentimiento y complejidad que es la naturaleza innegable del hombre. Ambos han vivido observando y experimentando tragedia y dolor, conscientes de la mezquindad del hombre, pero teniendo compasión por sus múltiples tragedias y debilidades.Y ambos han sido abogados de la gente común, la gente que sufre y calla”.
Don Julio (1914-1995) evoca la figura de Pérez Galdós(muerto en 1920), del que tiene un recuerdo incierto y del que nos habla a través de las impresiones sobre el mismo que atribuye a don Pío y que, creo, corroboran las suyas. Deja constancia del aprecio mutuo que los escritores se tuvieron, más cálido al comienzo de la carrera de don Pío que después, y de su preferencia en lo que se refiere a los Episodios Nacionales de la series cuarta y quinta de los mismos sobre las primeras. Caro asegura que la estima de Baroja por Galdós sufrió por “las aventurillas y flaquezas de don Benito” “propias de los señoritos de la época de su padre”. Cierto que Galdós es insuperable en su dominio de los ambientes madrileños y que los caracteres femeninos son lo mejor de su obra. Pero hay que tener cuidado con dos objeciones barojianas a la narrativa galdosiana, al achacar a Galdós cierta ligereza o sumariedad cuando lo descrito no es madrileño; y cuando se contrapone la teatralidad convencional de este autor frente a la autenticidad y valentía de las denuncias barojianas. Si se trata de resaltar la capacidad de Galdós para superar el escenario de Madrid, puede pensarse en el retrato que hace Galdós del cura trabucaire carlista don Juan Ruiz, señor de almas y honras, en el Maestrazgo(Carlos VI en la Rápita); y por lo que hace a su inconformismo puede aducirse la denuncia del tinglado de la Restauración de los dos últimas novelas de la cuarta Serie de los Episodios nacionales(especialmente Cánovas).
A Azorín también nos lo presenta Julio Caro con la mediación de su tío. Sabida es la gran amistad que mantuvieron en vida, a pesar de su disparidad de caracteres. “Pero la amistad no se hace con palos de la misma clase de árbol”. Cierto que la afinidad fue evidente al comienzo de su trato mutuo, pues las cuestiones que en 1900 interesaban al joven levantino y las que interesaban al joven guipuzcoano eran parecidas hasta cierto punto, no absolutamente coincidentes. Caro recuerda la delicadeza y estilo de Azorín en las relaciones personales. “Alguna vez, en ocasión grave o particularísima Azorín llegaba a casa. Así a notificar a su amigo la elección para la Academia o al morir mis padres. Las visitas eran breves, por lo general melancólicas. De alguna tengo el recuerdo vivo. Por ejemplo, de la ocasionada por la muerte de mi padre al caer el año de 1943”.
Lo cierto es que Azorín fue el guía optimo a la hora de escoger las lecturas. Frente a lo que pudieran hacer los maestros convencionales de la crítica o la filología, Azorín sabía unir de modo vital al lector con los clásicos, llevándonos de “manera limpia, sencilla, primorosa a la Mancha de don Quijote o al Madrid de Lope”. La segunda contribución de Azorín puede ser su tarea de limpia y orden en el lenguaje literario, y aun el general, abogando por la sobriedad y el abandono del circunloquio y la frase larga y laxa. Hay que ser por lo demás tolerante con su comprensión general de su circunstancia política, fuese esta la que fuese, imposible de mantenerse invariable durante los largos años de la existencia azoriniana. Con cierta gracia, apunta Caro, que “ Azorín conoció consecutivamente a varios gobernantes y les dedicó artículos elogiosos, pese a ser casi todos de signos distintos. Ello se debió a esta idea popular y muy española de que, al fin y al cabo el mando es el mando y que de el portero al ministro hay un orden jerárquico fijo, gobierne quien gobierne”. Es correcta, en fin, la idea que Caro tiene de la España tranquila de Azorín, cuya evocación siempre acaba por dejar un regusto de melancolía y tristeza y que, casi sin quererlo, suscita la contraposición de la estructura permanente de la vida española, que es la turbulencia y el encono.
La tercera semblanza corresponde a don Ramón Menéndez Pidal. Julio Caro se refiere con añoranza a aquellos tiempos en su infancia madrileña en que un mequetrefe podía encontrarse en la Villa con toda facilidad con una figura pública. “Cierro los ojos y reconstruyó la imagen de don Ramón en la plataforma del tranvía ocho rumbo a Chamartín con la barba negra cuidada, un traje oscuro también muy cuidado y una corbata bien puesta”. Su tío podía enseñarle Los Origenes del español y llamar su atención sobre aspectos antropológicos antes que propiamente filológicos del libro.
Los hermanos Baroja (Pio, Ricardo y Carmen) que pasaban unos días en el Monasterio del Paular se encontraron con un joven matrimonio, aunados, contra la costumbre más común, en un propósito intelectual. El marido se ocupaba de asuntos medievales y la mujer, doña María Goyri, colaboraba estrechamente con él, además de llevar adelante otras tareas. A la madre de don Julio, por entonces en sus dieciocho años, apunta su hijo, esta colaboración intelectual de la mujer con el hombre debió parecer el ideal feminista. Don Ramón es el representante más ilustre del vasco iberismo, corriente que desde don Esteban Garibay en el siglo XVI encuentra similitud entre el habla vasca y lo que queda del habla ibérica, y también aquitana, en inscripciones y letreros diversos. A Caro le parece plausible la idea de don Ramón de que se puede pensar en algo “unitario, constante en la vida de los hombres que nacen y mueren en la península con base documental incluso en los textos antiguos griegos y latinos, mucho antes por tanto que en las crónicas o los cantares medievales”. En lo que no es difícil coincidir con Caro, que destaca el espíritu sportif de don Ramón, es que este, sobre todo en sus últimos años, cuando escribió sus introducciones a la Historia de España, que por cierto he recuperado en la edición de dos tomitos de Austral en la restauración de mi biblioteca, ha acabado mostrándose como un gran escritor. Es el ejemplo contrario al de algunos filólogos muy buenos (¡que diríamos del caso de especialistas sobresalientes de otras materias!), que escriben muy mal. “Don Ramón parece que fue cuidando más y más lo que escribía desde el punto de vista formal, hasta llegar a una rara perfección en la sencillez”.