En el imaginario colectivo, la figura de D. Emilio Castelar aún se representa con el cetro de la oratoria española, antaño muy disputado. Desde el tardofranquismo, cuando la rica personalidad intelectual y política de D. Manuel Azaña fuese objeto de una revalorización en los círculos elitistas, su envidiable dominio de la retórica se vio asimismo enaltecido como canon clásico y analizado con detalle por una porción considerable de sus más acuciosos exégetas. Para los jóvenes de aquellas kalendas, con decidida vocación por la vida pública de corte democrático que se abriría ineluctablemente tras la dictadura, el modelo tribunicio estaba claro: Pensamiento bien trabado, ideas buidas, envueltas y trasmitidas con verbo fluente y ágil. La fórmula mágica, seguramente elaborada por D. Manuel por sus reflexiones a redropelo en una Universidad –arquitectura y pedagogía- a la vez entrañada y reluctante, quedaba consagrada y patentizada para el renovador tiempo político que reclamaba cada vez más imperiosamente su entrada en España.
Efectuado el advenimiento del felizmente vigente régimen de 1977, y pronto verificada su espectacular consolidación, el adolescente Pedro Sánchez Gómez-Castejón, nacido en Madrid en 1972, sentiría la llamada política antes de terminar el Bachillerato en el acreditado Instituto de E. Media “Ramiro de Maeztu”. Desconocemos -desconoce el anciano cronista- si su vela de armas se produjo intramuros del edificio más simbólico de una muy extendida tipificación o caracterología del ser histórico español, de su identidad acaso más profunda. (El propio Ortega, conforme resulta bien sabido, quedó por siempre prisionero de su carga ideal.) En cualquier caso, es claro que resonancias de la estancia en él del alumno más afamado de la Universidad agustina le acompañaron durante su permanencia en sus aulas -1990-95; y, por ende, es sobradamente razonable imaginar que la controvertida figura de Azaña le inspirase en sus primeros anhelos y proyectos para una andadura pública de temprano paso, iniciada con su inscripción en el PSOE en 1993, un bienio antes de concluir la carrera de Ciencias Económicas y Empresariales. ¿Fue lector ocasional o empedernido del autor de El jardín de los frailes? El articulista, por desgracia, no se halla en condiciones de adentrarse con firme pie en tan sugestiva cuestión. Muy respetuoso de las sagradas normas de la severa musa de su oficio, echa, sin embargo, su cuarto a espadas para pronunciarse favor de la lectura –tal vez a hurtadillas…- de las obras del orador más celebrado de la política española del novecientos, de resplandores retóricos fulgurantes hasta la excruciante guerra civil de 1936. ¿Pudo por entonces soñar en que un día a la cabeza del banco azul del Congreso de los Diputados –según es harto conocido, la Constitución de 1931 no contemplaba la Cámara Alta o Senado- debería afrontar envites si no de superior calado, sí desde luego de entidad al menos semejante a los que el verbo desvenado, polícromo y enjundioso de Azaña se enfrentó, con la unción rendida de sus fieles y el respeto admirativo de sus adversarios? También ello pertenece al insondable mundo de los arcana imperii, tan bien amurallado por el sobresaliente servicio o aparato informativo del que, pretorianamente, se ha rodeado el madrileño Pedro Sánchez Gómez-Castejón