En una conferencia convocada en enero del año 2015 por Ted (Tecnología, Entretenimiento, Diseño), Bill Gates afirmó: “Si algo mata a más de diez millones de personas en las próximas décadas, será un virus altamente infeccioso y no una guerra. No misiles, sino microbios. Parte de la razón de todo esto es que invertimos una gran cantidad de dinero en disuasivos nucleares pero, en cambio, muy poco en sistemas para detener epidemias”. Y añadió el presidente de Microsoft: “No estamos preparados para la siguiente pandemia”.
Como suele ocurrir, los políticos, que todo lo saben y suelen despreciar a los empresarios, a los científicos y a los filósofos, no hicieron el menor caso de la advertencia de Bill Gates. El gran empresario sí volcó copiosa financiación en la investigación y prevención de enfermedades infecciosas. Lo hizo con notable eficacia a través de Bill y Melinda Gates Foundation, contribuyendo a la lucha contra el sida, la malaria o la poliomielitis.
El filántropo estadounidense se quedó perplejo ante la falta de reacción de las autoridades políticas cuando se expandió el ébola. Son muchos los testimonios científicos favorables a la posición de Bill Gates. Si se le hubiera hecho caso a tiempo, seguramente el coronavirus solo habría sido una anécdota, en lugar de una pandemia que ha cubierto de luto muchos millares de hogares y que ha desencadenado una crisis económica de consecuencias todavía difíciles de calcular.
El desencanto de una buena parte de los pueblos del mundo, entre ellos el español, con relación a sus políticos, crece año tras año. Las gentes están hartas de asistir al lamentable espectáculo de que se ponga por encima del interés general el interés partidista.