ESCRITO AL RASO
David Felipe Arranz | Lunes 25 de mayo de 2020
Conocimos a Miquel Molina en el desorden del 28 de febrero de 2018, con ocasión de la presentación de su novela La sonámbula, la constatación de que en las entretelas de la prosa se puede llegar a entrever las del alma. Con fino escalpelo, Molina bucea allí en la “escopofilia”, la avidez por conocer los secretos de los vecinos, muy a la manera del maestro Alfred Hitchcock en La ventana indiscreta. Siempre pensamos que la mujer de la cubierta de su libro bien pudiera ser Grace Kelly en aquella mítica película. La obra es uno de esos volúmenes que conviene tener cerca, con cadáver en el armario y esa sensación de que los que escribimos, lo vivimos de alguna forma gracias a otras vidas, que escrutamos y espiamos para conservarnos vivos, en ese estofado de enfermedad e inmortalidad que son los vampiros o los escritores.
Por aquel entonces volvíamos a resurgir de los rescoldos tras un trágico incendio sentimental, y a Miquel se le veía una mirada con mucha biografía sobre el tema a sus espaldas. De manera que hablamos de todo un poco, de cómo al amor, como a las mascotas, hay que intentar domesticarlo un poco para que no lo arañe demasiado a uno provocándole hemorragias. Y de la necesidad de comprender su caos o, al menos, asumirlo. Las novelas nos sobrevivirán, no así nuestros amores o, por lo menos, no los transitivos, los epidérmicos, los de ocasión, los de barato, los efímeros, los finitos...
Estaban también, entre otras gentes de la coincidencia cultural, el maestro Antonio Rubio, con su aura hecha de muchas horas de periodismo de investigación. Ahora hace los libros de Libros.com. Hubo conexión, pues, con Molina, porque ambos pensábamos que entre las páginas de los libros que escribimos yacen las mariposas disecadas, con sus colores aún vivos, pero su naturaleza muerta (¿lo estaba ya desde un principio?). Hablamos en la cena de venenos sofisticados que no dejan huella, de la literatura inglesa, de las bibliotecas más bellas del mundo y de la bendición de la belleza como la mejor de las medicinas. Miquel Molina, como Azorín, es un pequeño filósofo disfrazado de periodista que hace unas fantásticas entrevistas a gurús sobre cómo volver a convertir Barcelona en la capital de la vanguardia española. Como si Molina quisiese vivir un perpetuo revival de la Gauche Divine con su Teresa Gimpera incluida: uno se lo imagina como a un Sherlock Holmes de las Ramblas mirando con lupa, hasta bien entrada la madrugada, fotos de álbumes comprados a un anticuario, pensando en cómo volver a todo aquello. El caso es que su sola existencia nos garantizaba nuestra propia vesania literaria.
Acaba de publicar ahora Molina en Edhasa un ensayo provocador, Naturaleza muerta, una rama ensayística de ese árbol creativo suyo del entomólogo que disimula ser, él que es periodista, escritor y aventurero discreto, poco amigo de jaleos, medallas y alharacas marketinianas a las que estamos tan acostumbrados por parte de otros. En él recoge el retrato de una época, ejemplificado por los hermanos Verreaux, que desenterraron, diseccionaron, evisceraron y empajaron cerca de Ciudad del Cabo al falso “salvaje” de Botsuana, como parte del sentir general y xenófobo del primer tercio del siglo XIX, centuria de exploradores que viajaban a África convencidos de la superioridad del hombre blanco y del carácter bestial de los africanos. De manera que este tal Jules Verraux, con veintidós años, dio en someter a la taxidermia el cadáver humano recién profanado de un sudafricano perfectamente civilizado y que fue vendido y exhibido impúdicamente en el Museu Darder hasta el año 2000.
Al escritor, además de escritor se le presupone una mirada ética sobre las cosas, y si es bueno se le exige dar la talla en la prosa y buen esgrimidor de la pluma. Y precisamente por lo difícil que es mantener todas estas variables en un nivel digno y salir airoso del reto, nos satisface tanto este libro, tan hiperbólico como lo fue esa época –ojo, que llegó hasta el primer año de nuestra actual centuria–, y cuyo despropósito xenófobo el mundo contempló y aplaudió con descaro, morbo y absoluta falta de empatía. Naturaleza muerta es un estudio sobre una piel negra embetunada por mor del colonialismo, la relación puntual y crítica de la taxidermia y el museo romántico con el cuerpo aún caliente de un pobre ser humano, con la muerte omnipresente de telón de fondo y unos claros fines ulteriores de carácter propagandístico: la lucrativa trata de esclavos capturados en el continente africano.
El caso del Museu Darder no fue el único, pues en los almacenes y vitrinas de aquella Europa de ciencia “cadaverina” se almacenaban decenas de esqueletos y anatomías, acumuladas en una época en la que la poesía, las artes y la música conocieron un esplendor sin igual. “Intuimos que nació rodeado de acacias, puede que en una aldea hoy llamada Dithakong. Solo nos falta su nombre”, explica Molina. Lo cierto es que tras estos doctores Muerte se desarrollaba toda una pléyade de “resurreccionistas” escapados de una novela gótica de Stevenson o Mary Shelley que, más que contribuir al naturalismo, quisieron esculpir sus propias y escalofriantes fantasías con despojos de otros hombres.
Este libro lo ha escrito Miquel Molina con dolor, tratando de entender aquella farsa y su retorcido argumentario, y ha dado con los mimbres de una novela de horror. Sus páginas constituyen una respetuosa oración por aquellas almas que fueron exhibidas como objetos de historia natural, pero que demostraron al mundo que los auténticos monstruos habitaban los más suntuosos palacios de la ciencia occidental.
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