Opinión

El joven Marx de Francisco Rubio

AL PASO

Juan José Solozábal | Martes 26 de mayo de 2020
Cuando en la reordenación de mi biblioteca, en la que sabe el lector me encuentro inmerso, he topado con la edición de los Manuscritos de Marx que preparó para Alianza Francisco Rubio en 1968, he recordado las palabras de este al reseñar la edición de las Obras Completas de García Pelayo. Rubio señalaba que la biografía de don Manuel le había desviado de la dedicación en exclusiva al derecho constitucional para brindarnos, en cambio, una contribución al análisis del poder y la política a lo largo de la historia y en el presente “sin igual en nuestra lengua”. El riesgo al valorar la obra de Rubio es, si nos ceñimos como es obligado a su empeño como constitucionalista, dejar demasiado en la sombra sus aportaciones a la historia de las ideas o la filosofía política, que están bien ejemplarizadas en sus estudios sobre el joven Marx, y especialmente sobre los Manuscritos. Proceder a la integración de esta area temática en la obra de Rubio es una labor más importante de lo que parece pues es su capacidad para moverse en los márgenes lo que a la postre señala el gran atractivo de Rubio y su apreciación correcta como uno de los intelectuales más importantes de nuestra reciente historia.

Lo primero que Rubio propone es situar a los Manuscritos en la obra de Marx, justamente, a su cabeza como germen de toda ella, por tanto no como expansión juvenil (tenía 27 años cuando Marx los escribió) o como reflexión sin relación con su obra económica o política. En ellos, nos dice Rubio, “está ya constituido el espíritu que habrá de informar toda la obra posterior. En cierto sentido podríamos decir que constituyen un programa de trabajo que en parte quedaría sin realizar y en el cual están ya incoados los resultados finales”. Resulta llamativa la contextualización que Rubio hace de este trabajo primerizo de Marx, hablemos en términos políticos o intelectuales: por lo que hace al primer plano, en Inglaterra y Francia un liberalismo conservador y censitario; y una situación inestable en los países del Sur de Europa con pronunciamientos y reacciones, dice Rubio, “tan estériles los unos como las otras”. Imposible, si se piensa en España, no reparar en la falta de consistencia de la agitación continua y bastante superficial de la época de Isabel II- el grito a ultranza de “Prim y Libertad” sería su cifra- que tan bien reflejan los Episodios Nacionales de Pérez Galdós(Cuarta Serie). Por lo que hace a la explicación del radicalismo del idealismo alemán, Rubio señala que la reacción de los intelectuales progresistas al subdesarrollo económico de Alemania en la época es no conformarse con la reforma y postular una revolución, pues “el pensamiento es, de suyo, maximalista”.

El propósito de Marx será añadir la Filosofía a la Economía. La economía es la ciencia de la producción y la distribución, de la riqueza y de la miseria, pero a la que para no quedarse en la mera descripción en el nivel de lo puesto, de lo ya dado, sin especular con lo que pudiera y debiera ser, hay que añadir una filosofía, pues la realidad a estudiar no es estática sino dinámica, y no es natural sino creada por el hombre. La unión de la economía con la filosofía, esto es, la reflexión sobre la totalidad y las posibilidades del cambio, sobre la esencia y el devenir, se produce precisamente en los Manuscritos.

La idea filosófica de la economía, su humanización, es fundamental, según Rubio, para evitar un entendimiento economicista del marxismo, por ejemplo el que llevan a cabo algunos como Althusser, que contemplan el socialismo como un suceso que se impondrá por sí mismo, en virtud de las contradicciones y deficiencias del capitalismo; o que en el caso del socialismo triunfante (estalinismo) deja paso a un sistema político oligárquico o totalitario, en el que la crítica, y la libertad verdadera, no son posibles.

La médula filosófica, que Marx desprende de su lectura crítica de Hegel, con la mediación de Bauer y sobre todo de Feuerbach, es la del concepto de alienación o extrañamiento que se produce en todas las actividades del hombre, pues, si se quiere entender correctamente, no se reduce al ámbito económico, donde, como se sabe, se identifica con la plusvalía, como la parte no remunerada del trabajo que se apropia el patrón o capitalista. Sobre la alienación, son básicas, en efecto, dos afirmaciones de Rubio. Primero, este autor señala que la idea es anterior a Hegel, que la emplea, como se sabe, en el sentido de exteriorización u objetivación en el despliegue del Espíritu. El término y el concepto de enajenación se importa en la literatura alemana de las teorías pactistas anglo francesas. Por el contrato social los hombres crean un poder que los domina, (así paradigmáticamente en Hobbes) y aunque la sociedad es obra humana, las instituciones sociales o políticas se hacen necesariamente poderes ajenos a los individuos. No podemos vivir fuera de la sociedad, pero hemos hecho nacer potencias que escapan al control humano. Se trata, dice Rubio, de un proceso ineluctable, y la vida humana es, necesariamente, vida enajenada.

En segundo lugar, piensa Rubio, constatada la multiplicidad de la enajenación pues se sabe, como acabamos de decir, que la alienación no es un fenómeno atañedero solo a la producción, ya que todas las relaciones que mantiene el hombre son forzosamente relaciones enajenadas, la cuestión será luchar contra ella. Acabar o aminorar la alienación en este mundo, esto es, humanizarlo, reduciendo a razón las relaciones sociales, y no solo las políticas, como muestra, de acuerdo con Freud y Marcuse, la proximidad de la idea de represión y enajenación, es una tarea inevitable a proponerse, aunque ciertamente son inmensas y quizás insuperables las dificultades que se oponen a la transformación de este mundo en hogar del hombre. “Sean ellas cuales fueren es claro, sin embargo, que está más cerca del hogar quien lucha por alcanzarlo que quien acepta como tal una morada inclemente. Frente a las ilusiones adolescentes(como hacen los románticos idealistas) y el escepticismo senil (propio de los beati possidentes o conservadores complacientes) existe por fortuna como alternativa real el camino difícil y fecundo de un auténtico humanismo”.

PS
Como seguramente sabe el lector la edición de los Manuscritos de Alianza (tres legajos de desigual extensión, redactados en París por el propio Marx, entre abril y agosto de 1844) con una Introducción añadida de treinta y siete páginas y una anotación en letra menuda de cerca de veinte se basa en la de los Escritos de Juventud de Marx que Rubio publicó en el Instituto de Estudios Políticos de la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Venezuela en 1965. En este libro, que ahora tengo delante, se reproduce una curiosa litografía de Marx a los dieciocho años (Bonn 1836).Recuerdo haberla visto enmarcada en el despacho de don Nicolás Ramiro, el maestro discreto, en su residencia de la calle López Hoyos en Madrid a mediados de los años setenta, que seguro colgaría también en su habitación del colegio mayor Cerbuna de Zaragoza en que residió tantos años.