TRIBUNA
Santiago Molina Ruiz | Martes 26 de mayo de 2020
Entre cacerolazos, palmetazos, pancartas huxleinianas y ministros sin creerse su desvergüenza en la tele y frente a los periodistas, resurge Goya como gran teórico de España, pese a su formación francesa —quizá el único reducto de cualquier buen intelectual español esté allende las fronteras—.
Da igual que estén manidas y recitadísimas las obras que mencionaré o que yo haya vuelto a la tecla porque Madrid se me muere en la distancia; estamos pasando los días a garrotazos con mensajes de ciento cuarenta caracteres, muñeca inflamada en el eje Núñez de Balboa – Ferraz y parece que ochenta y siete muertos importan menos que nunca. En guarismo: 87. Muerto arriba o muerto abajo esta noche o las venideras. ¿Les parece una vulgaridad? ¿una nimiedad? Toda vida es valiosa, aunque las imágenes no puedan mostrar los llantos en la distancia porque la familia no puede abrazarse y clamar contra el Saturno que se ha comido sus hijos. Sobre todo sus primeros hijos, que ya eran padres y, más aún, abuelos.
El féretro de Anguita, además de una multitud que no respetaba la distancia de seguridad, portaba una bandera de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas o, en su versión corta, 20M Kills. En cualquier otro funeral las lágrimas, llantos se oyen en lejanía y no abrazos de compasión ni de amor contra la pérdida. Sin duda, y ahora más que nunca, la vida no se opone a la Muerte, a éste se le opone el Amor. Pero entre garrotazos, mísera oscuridad y muerte de marcador se nos ha ido olvidando, y con razón.
Con todo, ¿qué decir? Yo sólo lamento España; desearía, goyescamente, un Bonaparte en quien creer, un país que acepte renegados, un pasaporte en blanco o un sendero vacío por el que transitar para siempre. ¿Qué banderas valen ahora? La conquista no la hace ningún país extranjero sino un bichito que produciría «uno o dos casos», una gripe de nada que decían algunos amilanados. Con todo, con la vergüenza y las calles sin las pisadas que nunca volverán, lo único que siento es un profundo sentimiento de apatría. Y el orgullo de ser de Madrid.