Opinión

El lector pandémico (V)

FRACASA MEJOR

Miguel Ángel Gómez | Lunes 01 de junio de 2020

(Lo que escribí y lo que pensé esta mañana de viernes 29 de mayo de 2020)

Uno. Si miro el aparcamiento de Nueva Montaña -tan apocalíptico tras el derrumbamiento- ganas me dan de cubrir el cemento con alfombras orientales y en las columnas a medio derruir, colgar cuadros.

Dos. Las gaviotas en las farolas me traen una tremenda claridad y concisión. He venido para escribir o vivir satisfecho con mi menor intensidad.

Tres. Llevo un tiempo sin escuchar los barcos que me incitan a dejarme arrastrar por completo.

Cuatro. Hoy estoy feliz porque entró a imprenta mi libro de prosas poéticas. En la portada, un niño durmiendo con dos pistolas (conmovedoramente perfecto) defendiendo su infancia. Se la mostré a un buen amigo, el aforista Elías Moro, le comenté que la había hecho Federico Granell. Le encantó todo, inclusive el título carveriano.

Cinco. El camión de la basura aparta de nosotros cada guante, cada mascarilla fea, vulgar, pasiva. También las hay en el fondo del mar. Ante eso, uno no puede sentirse ni positivo ni fuerte, solo vulnerable.

Se encuentra uno en un cuaderno de notas, estos versos escritos hace años. ¿Los he hecho desdoblándome? ¿Siendo al mismo tiempo dos? ¿Son mías estas operaciones mentales? Acaso estos estados del alma sean míos, pero los leo como ajenos, con el hábito de vivir las cortezas de mis multitudes. Se titula “Con entera satisfacción” y dice así: Tiene el libro / Iluminaciones de Arthur Rimbaud / en las manos, / perfumes en frascos tan finos y alargados / que con un soplo puedes volcarlos. / Lleva un puñal en el cinto / con su risa libertina y loca. / Harás cola durante horas para hablar con ella / con entera satisfacción. / Cogerás trenes de vía estrecha / en frías mañanas de invierno con nieve / por cruzar a toda prisa / la alfombra china y besarla. / En la sangrienta llanura de Gengis Kan / en la que cayeron muchos soldados, / puedes tener con ella / conversaciones largas como algas. / Lleva un hermoso día en los ojos, / las flores de la muerte como Baudelaire, / entre los dedos, / si la abandonas. / Ella deambula por la tupida telaraña cultural / de W. B. Yeats. / Está dispuesta a dormir / en bancos, metros, cementerios si es conmigo.

Me gusta hablar y luego – si he de ser sincero – con los brazos cruzados, observar y esperar tranquilamente. Hablar, hablar sin los arrebatos de la discusión a sabiendas de que un secreto no debe extenderse ante los ojos añorantes.

Salgo a la terraza y mi alma es una orquesta oculta, no sé que instrumentos hace rechinar sin dirección. Me creo eco y nostalgia, y amo los vientos altos en los árboles.

El niño que soy, por las noches, solo quiere volver con buenas noticias. No quiere que le irrite nada de lo que le dicen. Hay periodistas que se muestran disciplentes. El niño hace caso a su padre para no tener la cabeza como una olla a presión, y se concentra en sus estanterías bien abastecidas de libros. El niño va a una zona de creación leyendo: “En el número 3 de la Kirchplatz, frente a la iglesia de San Martín en Messkirch, una placa recuerda que en aquella casa de la pequeña ciudad vecina al joven Danubio vivía, de niño, Heidegger”. Cierro el libro nada rocoso y busco en mi imaginación, de forma deliberada, la casa de Heidegger. ¿Por qué no la he encontrado ya y por qué es tan misteriosa? Quiero entrar en la casa y ser un fisgón y un entrometido. Viajo casi siempre con mi imaginación para aumentar, con impaciencia nerviosa, mis rutinas con encanto. Estoy acostumbrado a hacer nuevos amigos literarios y dejarlos acurrucados ante la mesa del desayuno. Antes de ponerme a teletrabajar, le tocó el turno -ayer sin pensármelo dos veces, lo compré en Studio- a Claudio Magris y El Danubio. ¿Cuánto tiempo durará esta nueva amistad? Al abrirlo una vez más y dejar al niño sofisticado, me encuentro con este párrafo atiborrado de verdad, y lo leo como si me atañera realmente: “Resulta agradable que el viaje tenga una arquitectura y que sea posible aportar a ella alguna piedra, aunque el viajero parezca menos alguien que los desmonta y los deshace, como el varón von R. del que cuenta Hoffmann que viajaba por el mundo coleccionando panoramas”. Es un libro que en su día inauguró un nuevo género a medio camino entre la novela que nos hace respirar un poco de aire fresco, el ensayo que examina todo cuidadosamente, el diario que nos habla de personas que ha conocido o la crónica viajera que intenta extender las carpetas de apuntes sobre la superficie del papel para trasladar plicas, cuadernos, folletos y catálogos a hojas escritas a máquina. Es la suya una escritura que vive y respira. Lo que me atrajo en un principio de Magris fue su estela de perfume fuerte.

Dudas para esta cuarentena: 1) Dudas con el estómago vacío; 2) Dudas que se equivocan cada vez que abren la boca; 3) La duda es una baraja esparcida por el coche, coger solo las cartas que estén boca arriba y leer el destino; 4) Dudas: palabras que nos electrizan; 5) Hay iluminados desprotegidos por la riqueza de sus temores; 6) Para tener dudas se necesita algo que pueda ser fácilmente aplastado; 7) La duda es rápida como una flecha avanzando directamente hacia el objetivo; 8) Una duda empieza donde se hunde el mito; 9) Hay que hacerle frente a la duda como un guerrero; 10) Sigue saltando, duda, saldremos de casa y pasearemos; 11) En la duda nos metemos en un lío descomunal; 12) La duda se cree superior a nosotros en todo; 13) Voz interior. Atiendo a mis dudas. Horas muy ricas; 14) La duda existe en un estancamiento íntimo entre pensar y sentir; 15) Hace mucho tiempo que no dudo por lo que mis cejas no se agitan suavemente, como las antenas de insectos desconfiados; 16) Como a veces digo y después me contradigo, las mejores dudas son las que tienen una lógica de impulso; 17) Detrás de cada duda hay una ideología en silencio y taciturnidad; 18) Hojeo el cuaderno de notas y me encuentro: “Traspasar todas las dudas sin creer en las alucinaciones ni en la irritación del nervio óptico”.

Soleado lunes. Bajo por la calle Lope de Vega, compro el periódico y todo discurre bien por la superficie de mi vida. Un hombre, mientras camino, echa a andar hacia atrás para observar el Centro Botín, como un cangrejo cualquiera. Su mirada tiene cierta viveza. Nos miramos como unos Apolos de la expresión. Posteriormente, una docena de manifestantes que tienen fuerzas para rebelarse contra este absurdo.

Soy una persona que no interrumpe lo que medita. Este confinamiento nos hace tener los ojos cerrados sobre el sueño ausente. “Si lo reflejo en futuras películas, no me gustaría hacerlo de una forma directa, sino de una manera metafórica, como en La invasión de los ladrones de cuerpos de Don Siegel”, afirma Hirokazu Koreeda. Sonrío al leer al ganador hace dos años, de la Palma de Oro en Cannes, que se encuentra en su Tokio natal, viendo cine clásico con su hija, para evitar lo que hay por detrás de los cristales fríos. Hirokazu Koreeda: un director que no guarda en un almacén sus obras mejores. Hirokazu Koreeda: hace cosas y los demás lo notan.

Grillos que están emocionados, pues viven la emoción. Grillos que no se llevan nada con excepción de lo puesto. Grillos que son demasiado llamativos. Grillos caminando despacio sobre la grava hasta la escalerilla. Grillos que retroceden y se dirigen hacia la salida del aparcamiento. Grillos que ríen entre dientes, en el pabellón de huéspedes. Grillo de Cara Triste dice: “Llevo un traje oscuro y parezco bien domado”. Grillos con ideas de aquí y de allá. Grillos que no podrían estar más felices y que dan miles de gracias. Te aseguro que hay grillos que luchan a brazo partido con el poder que nos gobierna. ¡Grillo Asombroso, pasa, pasa, aunque tu estado normal sea el pánico perpetuo! Grillos rogando que se produzca el milagro. Grillos que dicen que Dios habita entre nosotros. Grillos como Caballeros Andantes que resucitan cuando llega el momento. Grillos que estallan como una estrella muerta. Grillos rodeados por seres conocidos y vulgares. Grillos en una celda marcada. Grillos bajando por la carretera que acabamos de subir. Grillos con luz propia, como rezando por todos los seres vivos. Grillos que creen en el tiempo que tienen: el tiempo del poema.

Las cosas que dábamos por sentadas, ahora están -sin habernos dado cuenta- en el escaparate de una tienda de placeres sencillos. Todo lo que nos rodea cobra una dimensión distinta a la que estaba acostumbrada la gente corriente.