Opinión

Superioridad moral

TRIBUNA

Jesús Carasa Moreno | Viernes 05 de junio de 2020

Penetro en campo minado.

A los viejos nos hace gracia ver como, los más jóvenes, se asombran ante formas de proceder que les parecen novedosas. Piensan que, de pronto, el ser humano se comporta de forma distinta a como se habia comportado antes. Son los nuevos tiempos, dicen los que, en su arrogancia, creen que toda la historia del ser humano ha sido simple preparación de los tiempos que a ellos les ha tocado vivir. Nosotros, desde la altura de nuestra edad, podemos ver que sigue siendo más de lo mismo. Y si, además de ser viejos, hemos leído algo, tenemos claro que el pobre ser humano se repite desde que lo es. Es una especie tan previsible como las demás y el que se sorprende de su comportamiento es que, todavía, es demasiado joven.

El caos en el que nace y dentro del que tiene que decidir su comportamiento, es insoportable para él. Durante siglos, le ha servido de alivio el nacer dentro de una sociedad con una religión impuesta como patrón y guía de su comportamiento, con premios y castigos disuasorios y con el púlpito como recordatorio y aclaratorio de toda eventualidad.

Pero esa situación ha saltado por los aires, las religiones han sido cuestionadas, han perdido su prestigio y cada vez cuentan con menos adeptos. Como consecuencia, es problema de cada uno calmar esa terrible angustia que produce vivir sin que su vida tenga un sentido, una orientación.

Y como dijo alguien, el hombre, cuando deja de creer en Dios, es capaz de creer en cualquier cosa. Y así lo tenemos enganchado a cualquiera de las infinitas “religiones” que infinitos “profetas” le proponen, pues hay muchos, demasiados, que no se conforman con vivir de acuerdo con sus creencias sino que necesitan que los demás les sigan. Y aquellos, que buscan, desesperadamente, dar un sentido a sus vidas encuentran, en estos abrevaderos, ideas o consignas, a cuya defensa se entregan, para calmar la sed de su angustia vital.

Y así les vemos entregar su vida y sus afanes, en defensa, con la misma pasión, de mil banderas que otros les ponen de moda y que van de lo importante a lo ridículo: El cambio climático, el veganismo, la inmigración, el feminismo, el antimachismo, la elección de sexo, la eutanasia, los animales, la alimentacion ecológica, la antivacuna, el nacionalismo, la polución, la pobreza, el antifranquismo, etc….y hasta la defensa de los derechos de la hermana cebolla o de las hermanas gallinas oprimidas por el embite machista del gallo.

Y lo hacen, no como sería deseable, empleando talento, preparación y trabajo, en el arreglo de estos eventuales problemas, sino empujando a otros para que los solucionen, promoviendo o participando en infinitas manifestaciones de protesta o adhesión que llevan incorporado el espectáculo: Perfomances de todo tipo, televisión, música, desnudos, disfraces, pintadas, destrozos, violencia, etc… y selfies, muchos selfies, que tanto juego darán, en las redes sociales, escenario en el que la sociedad entera pretende tener su dosis de protagonismo, a todas horas.

Pero la cosa que asombra, como mas chocante, es la pretensión, por parte de muchos, de que pertenecer a esas células o estar encerrados en esas burbujas, les aporta una superioridad moral que, los demás, no sabemos de donde procede ni les vemos justificación objetiva alguna, pero que ellos se atribuyen con la autoridad del que ha sido señalado por el dedo de lo alto.

Y se permiten tratar, a los que no están alli, con profunda conmiseración, manifiestandose con la arrogancia y el sectarismo del fanático que cree que el que no se convierta a su fé ha de ser eliminado.

Claro. ¿Qué puede haber más atractivo que pertenecer al grupo de los elegidos sin tener que exhibir mérito, ni realizar esfuerzo alguno, excepto militar en él?

Y así, amigos, logran la paz interior estos locuelos…. a costa de la nuestra. ¡Venga ya!