Opinión

La mentalidad autoritaria

Enrique Aguilar | Miércoles 20 de agosto de 2008
Un mal que afecta enormemente el desempeño de un régimen democrático es el autoritarismo prevaleciente en algunos funcionarios, para quienes dicho régimen parece reducirse a un hecho electoral independiente, por tanto, de sus condiciones de ejercicio.

La difusión de este mal no es síntoma, necesariamente, de la falta de instituciones sino del escaso o nulo respeto que ellas infunden. La primacía de la Constitución, la división de poderes, el gobierno de la ley, gozan en este caso de una existencia apenas formal. En la práctica, sin embargo, sólo se cumple lo que el mandamás de turno quiere, sin que nada se interponga entre su decisión y sus pasivos destinatarios.
De ordinario, quien revela esta mentalidad se rodea de incondicionales, eufemismo con que la obsecuencia se disfraza de lealtad. El mérito le molesta, en proporción acorde a su proximidad. No concibe que alguien pueda hacerle sombra y la opinión disidente le resulta una manifestación de apostasía, cuando no de traición.

Este supuesto servidor público se lleva el mundo por delante. No repara en modales ni gestos, vive alzando la voz (para que todos se percaten de su presencia) y menosprecia completamente a su adversario. Confunde la obediencia con la sumisión. No le hacen mella las críticas, confía ciegamente en su suerte, hasta que un día...

Hasta que un día la razón y el sentido común terminan por imponerse, revocando lo que pudo el azar o una mayoría circunstancial. Al prever el derrumbe, los obsecuentes comienzan a apartarse y se convierten, de la noche a la mañana, en los primeros detractores. Nuestro funcionario, fascista inconsciente (como lo llamaría Adorno), se enfrenta al cabo con su propia realidad y a lo mejor, sólo a lo mejor, una puerta se abre a los buenos procedimientos y a una democracia por fin respetuosa de las instituciones.

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