Norberto Alcover | Miércoles 20 de agosto de 2008
Es evidente que el pontífice de mayor entidad intelectual y moral del siglo XX católico, ha sido el hamletiano Papa Montini, cada vez más recordado por sus excelentes textos tanto religiosos como referidos a la sociedad civil. Precisamente hace pocos días, se cumplían 30 años de su muerte, tras un pontificado saturado de los tormentos propiciados por la modernidad rampante, pero también de los éxtasis que le produjeron tantas adhesiones inquebrantables desde tantos puntos del planeta. Consumó el Vaticano II, se lanzó al vacío con la Humanae Vitae, alcanzó el cénit de la grandeza papal con la Ecclesiam Suam, pero sobre todo nos dejó un testamento imperecedero para el mundo de los medios de comunicación en su documento pontificio Communio et Progressio. Se hace preciso recordar el texto.
Moviéndose en el filo de la navaja y recogiendo tanto la tradición eclesial como los nuevos aires democráticos que, defiende la libertad de opinión tanto en la sociedad civil como en el cuerpo eclesial, situándose en la dinámica de un momento histórico en que el comunismo comenzaba a hacer aguas pero además el Vaticano II urgía a la Iglesia Católica a abrir sus puertas a una libre opinión pública interna. El texto es diáfano, clarificador, hasta permanecer en nuestros días como la referencia más consistente en materia siempre debatida y, siempre también, abordada desde el poder con enorme reticencia.
Es el momento de recordar a este gran pontífice, sobre cuyo legado permanecemos todavía hoy y al que tanto aprecia Benedicto XVI. Pero sobre todo, el mundo de los medios de comunicación debería tenerlo siempre presente para trabajar con seriedad y valentía en la información y en la opinión de una verdad que, sin lugar a dudas, nos hace más libres por más evangélicamente democráticos.
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