Esta afirmación se encuentra en las solemnes Declaraciones de Derechos Humanos de la Revolución Francesa y de la ONU en 1948. Y es repetida constantemente por todo el mundo. Y sin embargo se trata del más patente ejemplo de confusión entre sentimientos psíquicos y pensamientos racionales.
Si he quedado encerrado en el ascensor y por fin me abren la puerta, siento la enorme alegría de sentirme de nuevo libre para ir donde quiero. Lo mismo le ocurre al animal que se libera de una trampa. Todo eso son sentimientos que compartimos con los animales superiores. Está en el nivel de lo psicológico. No tiene sentido usar la palabra valor cuando hablamos de emociones o meras reacciones de la psique.
Aquí nos atenemos a la previa definición de valor como lo que debe ser sea o no sea. Sentirme alegre por liberarme del encierro del ascensor no es una obligación, que deba ser y aún no sea. Es un hecho que ya es. Lo mismo le ocurre al animal cuando escapa de la trampa. No hay que confundir sentimientos con valores, si por valor entendemos correcta y rigurosamente algo que concierne sólo a los humanos.
Abandonemos, pues, el terreno de lo psicológico y ascendamos al nivel de lo racional. Entonces lo primero es distinguir entre libertad positiva y libertad negativa.
Libertad positiva es la capacidad de hacer el bien o el mal. Empieza con el primero de los operadores lógicos, el afirmador-negador. Nos capacita para tener un tenedor en la mano y decir esto es un tenedor, y también para decir esto es un zapato. Decir la verdad o la falsedad. La verdad es el primero de los valores éticos. La verdad debe ser, tenemos la obligación de ser veraces. Y la falsedad es el antivalor que debe no ser.
Un perro con sus ladridos sólo expresaría esto es un tenedor, para seguir con el ejemplo. Sólo puede decir la verdad. No puede mentir. Aunque lo exacto es enfatizar que carece del afirmador-negador. Carece del lenguaje. No llega nunca al nivel de lo racional. Permanece siempre en el nivel inferior de lo psicológico. Actúa guiado por el instinto. Sólo ladra amistoso para su amo y amenazador para un extraño. No puede ladrar al revés.
Aristóteles usaba la palabra psique (anima en latín) sin distinguir claramente entre ambos niveles, lo psicológico que compartimos con algunos animales y lo racional donde se sitúa el leguaje. Y todavía hoy estamos pagando las consecuencias, cada vez que alguien repite el incorrecto lugar común la libertad es un valor. Se entiende la libertad en sentido positivo.
Libertad negativa, en cambio, es hacer el bien o el mal de una manera u otra, con tales o cuales medios, en tales o cuales circunstancias. Yo puedo hacer el bien o el mal en la calle. Si me secuestran, ya no podré hacer el bien o el mal en la calle, pero podré hacerlo en la habitación donde me han encerrado. Puedo agredir a mis secuestradores o controlar mis impulsos violentos. Si me atan de pies y manos a una silla, ya no podré agredirles con puñetazos y patadas, pero podré insultarles. Si me tapan la boca con un pañuelo, podré mirarles con odio. Si me tapan los ojos, podré maldecirles en mi interior o perdonarles. En resumen, aunque físicamente no pudiera hacer más que una sola cosa, siempre podría hacerla para bien o para mal.
La libertad positiva no admite grados, es un todo o nada. Sólo quitándome la vida me la pueden arrebatar. Es lo que me define como persona. Poseer el primer operador lógico equivale a ser libre en sentido positivo.
En cambio, la libertad negativa admite grados. El abanico de posibilidades abierto a mi elección puede estar de hecho más o menos cerrado. Por supuesto, lo deseable es que esté abierto del todo. Pero aunque estuviera casi cerrado y mi libertad negativa fuera reducida al mínimo, mi libertad positiva seguiría intacta.
Quizá esta breve consideración baste para comprender qué es libertad positiva y qué es libertad negativa, y el porqué de la precedencia conceptual de la primera sobre la segunda. El problema está en que el vulgo desconoce la noción de libertad positiva. Sólo piensa en la negativa, que es la noción subordinada y secundaria de libertad. Sólo a ella aluden las dos solemnes Declaraciones de Derechos Humanos.
En rigor, hay nombres gramaticales adecuados para la libertad positiva, como voluntad, libre albedrío, o real gana en castizo. Pero no han alcanzado la aceptación masiva de la palabra libertad, entendida vulgarmente en sentido negativo. Por eso, es preferible emplear los adjetivos positivo y negativo, que además tienen la ventaja de poner de relieve el orden de importancia entre ambos conceptos.
Así pues, ni la libertad positiva es un valor, ni la negativa lo es. Lo primero ya está arriba suficientemente explicado. Lo segundo requiere alguna reflexión suplementaria.
Si los que están a mi alrededor vivieran todos y cada uno de los valores, yo tendría automáticamente toda la libertad negativa a que puedo aspirar. La que me conceden los valores mismos. Si todos a mi alrededor viviesen el valor de la justicia, por ejemplo, yo no podría quejarme de encontrar barreras injustas que limitan abusivamente mi libertad negativa.
Por tanto, en la libertad negativa el deber-ser de los valores recae sobre la conciencia de quienes me rodean, no sobre la mía. Yo no tengo la obligación de ser libre negativamente. Son ellos los que tienen la obligación de no restringir mi libertad negativa violando los valores y por eso mismo imponiéndome limitaciones antivaliosas. O sea, tampoco la libertad negativa es propiamente un valor, sino el hecho de que los que me rodean vivan más o menos los valores.
Este detalle es algo sutil. Por eso es comprensible la tan extendida patraña la libertad es un valor. Se desconoce la prioridad conceptual de la libertad positiva. Y entonces es casi inevitable que el ignorante vea la libertad negativa como algo en sí mismo valioso. El desconocimiento de la noción previa de libertad positiva les lleva en la práctica a confundir sentimientos con valores.
Así pues, lo exacto es concebir la libertad positiva como el ente que tiene delante el arco de los valores y la misión de realizarlos. Y ese ente ya es. No está en la situación de deber-ser y no ser aún. O más exactamente, la persona, a la vez inteligencia pensante y libertad positiva, es el sujeto ante el cual se despliega como objeto el entero arco valioso. Los valores constituyen el fin objetivo que da a la vida humana su exacto sentido. Estamos en este mundo para vivirlos. Y sólo para eso.
En conclusión, la libertad no es un valor, ni en sentido positivo ni en sentido negativo.
¡Viva la libertad! es un grito equivocado. Ya vive. Ya somos libres del todo en sentido positivo, y más o menos libres en sentido negativo. Lo correcto sería ¡Vivan los valores!