Opinión

Ánimas o Vampiros

TRIBUNA

Víctor Ochoa | Miércoles 10 de junio de 2020

En un templo de ojos dorados y vientre de oscuridad

reposan los horizontes del firmamento y el mar.

Dos vidas y no una vividas en un solo ser

dos caminos, dos trajes

el uno hecho a medida y el otro mentira a la vez.

Arriba los cánticos y las flores, las piras y las cenizas

o la tierra y las lombrices, qué más da.

Abajo los renacidos, los que no pudieron descansar, los barridos a las alfombras

y los tapados junto al olvido, junto a todos los demás.

Estoy de pie en la arena de una playa, frente a una gruta gigantesca que como un ojo sin párpados se abre dejando a mi espalda un mar azul.

He llegado en sueños o serpenteando por la ladera entre árboles desde el templo superior, pero ya no se oyen ni los pájaros, ni los murmullos de la arboleda, ni siquiera el chapoteo de las olas en la roca negra por la que salté a la cala. Son mis pies quienes me trajeron y mis manos se preocuparon únicamente de no resbalar.

En esa gruta siento la presencia de infinidad de pequeños seres agrupados en una manta o medusa, como en la piel de una garganta que exhala eternidad. Cierro los ojos y camino hacia el interior sin hacer el menor ruido al tiempo que el olor se hace más intenso. Pierdo el sol a la espalda y cuando más o menos he andado lo suficiente para situarme bajo la gran cúpula interior levanto los brazos en cruz y abro los ojos desde el suelo. La arena se confunde con las manchas de heces y más adentro con las tinieblas y al alzar más el rostro, el batir de alas cercano y los chillidos se hace tan ensordecedor que me asusto. Bajo la vista de nuevo y permanezco inmóvil hasta que poco a poco el torbellino de boomerangs que ha creado mi presencia se vuelve a apaciguar. Los miro de reojo y son murciélagos, miles, millones tal vez, con cara de personas y un poco de las manos y los pies de cada una, arropadas de gris como frailes voladores y tan apretujados e inquietos al retornar a sus oquedades que es difícil entender como llenan hasta el último vestigio de piedra sin hacerse daño aunque discutan sin cesar y sin llegar a ningún acuerdo. Y cuando trato de reconocer a alguno, empieza a vibrar y distorsionarse como en los cuadros de Bacon y ya nada se puede hacer. Se diría que he entrado en el mundo de los muertos vivos, pero no en el cielo, purgatorio o el infierno de Dante, tan ordenado él, porque aquí están como en el caos real pero a lo bestia, sin religiones ni castas, ni tuneados por el dinero o el poder, sino amparados por los recuerdos que dejaron en vida y cuando se haga de noche saldrán en tropel a sobrevolar un mar de plata o puede que su propia tempestad.

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