Viajes

Almagro, tal y como Cervantes describió La Mancha

el descanso y buen comer

Jueves 21 de agosto de 2008
A 23 kilómetros de Ciudad Real se sitúa el pueblo con más encanto y riqueza cultural de la provincia, sin desmerecer la arquitectura e historia de Villanueva de los Infantes. Almagro, Ciudad Conjunto Histórico-Artístico desde 1972 y candidato a Ciudad Patrimonio de la Humanidad, recoge en sus calles, fachadas y palacios el legado de varios siglos de capitalidad de la Orden de Calatrava –institución militar y religiosa-, escenarios que antaño ocuparon nobles, frailes, compañías de teatro o estudiantes universitarios. A su desarrollo económico contribuyeron familias de comerciantes, ganaderos y terratenientes, que se instalaron al amparo de la Orden de Calatrava. El mejor reflejo de este desarrollo queda constatado a través de la construcción de los diferentes palacios y casas señoriales, que pueden contemplarse en las diferentes calles que conforman el casco histórico.

Toda visita que se precie debe comenzar por la Plaza Mayor, una de las más bellas y visitadas de España. Sus soportales y sus comercios de artesanía y productos de la Mancha son sólo una pequeña parte de su atractivo. Tras una de sus puertas esconde el Corral de Comedias, único en el mundo que permanece activo tal y como cuando fue concebido. Pequeño, coqueto y con todos sus elementos intactos, destaca por una belleza que protagoniza el almagre y la propia imaginación, ya que entrar en el patio de butacas es retrotraerse al siglo XV, e imaginar el bullicio previo a una función, a los nobles y comerciantes en los palcos y el anfiteatro y la representación de los grandes clásicos, aunque esto último no haya cambiado. Almagro celebra cada mes de julio su Festival Internacional de Teatro Clásico, que en 2008 ha cumplido 31 ediciones. Consolidado y prestigioso, el certamen acoge a las más destacadas compañías nacionales e internacionales y convierte sus teatros, palacios, conventos, patios y calles en escenarios.

Almagro es también ciudad de conventos y palacios. Los siglos XVI y XVII fueron diversas las órdenes religiosas que se instalaron en la localidad. El XVII y XVIII mantendrá su esplendor gracias a las diferentes familias que forman la aristocracia local. El palacio barroco del Conde de Valdeparaíso, ministro de Hacienda de Fernando VI, es un buen ejemplo del buen gusto y grandeza de este célebre personaje. En la imagen se puede apreciar el Palacio de los Fúcares (españolización del apellido alemán Fugger, familia de banqueros que habitó en Almagro).

El encaje es la artesanía gracias a la que han vivido desde la Edad Media numerosas familias almagreñas. El sonido de los bolillos es melodía típica de los patios y las calles en verano. Por fortuna, de abuelas a madres y de madres a hijas, la tradición continúa, y el encaje sigue siendo una de las principales fuentes de ingresos para los almagreños y suvenir obligado para el turista. El resto de productos típicos de la localidad pueden encontrarse en las páginas del Quijote, ya sean de cerámica, o aquellos que, sobre un plato, se pueden degustar.

No hay restaurante en Almagro en el que no figuren los “duelos y quebrantos” en la carta. El manjar, que cita Cervantes en su obra maestra, forma parte de la cocina tradicional manchega. Consistente, la receta fulmina el hambre a base de, por ejemplo, huevo revuelto, chorizo o tocino, todo servido en cazuela de barro. El pisto, las migas y, cómo no, el buen queso manchego y un Valdepeñas completan los principales atractivos culinarios de esta tierra, sin olvidar las famosas berenjenas de Almagro, muy peculiares por su buqué y por los beneficios que su consumo puede reportar para la salud.

El encanto de Almagro reside también en lo oportuno que es conocerlo en cualquier época del año. En verano, el Festival de Teatro llena de magia las calles. El sofocante calor del día se torna en noches apacibles para disfrutar de un agradable paseo por las calles empedradas o de una caña acompañada por una manchega y abundante tapa en una terraza de la Plaza Mayor. En invierno, al calor de una buena chimenea entre cuatro paredes rústicas en uno de los alojamientos de la localidad, degustando platos calientes, respirando tranquilidad en sus calles y fotografiando sus tejados. El invierno huele a fuego, leña, calor y recogimiento.

El dinero no es problema. Aquí podrá encontrar alojamiento y comida sea cual sea la situación de su bolsillo. En un entorno de pueblo con mayúsculas, bajo la majestuosidad de una arquitectura rica –no olvide la cámara fotográfica-, le recomendamos que opte por hospedarse y llenar el estómago sin despegarse un solo centímetro del suelo que pisa, es decir, sin desdeñar envolverse en tiempos pasados. A la vuelta, sentirá haber pasado unos días alejado de la rutina, descansado y con ganas de convertir este destino en escapada de emergencia cada vez que necesite quererse o disfrutar de los suyos en un entorno diferente.

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