Opinión

La guarida y la puerta

TRIBUNA

Víctor Ochoa | Miércoles 24 de junio de 2020

Llevamos horas caminando y atravesando pequeños arroyos bajo la cubierta de selva amazónica con lo que mis deportivas encharcadas dejaron de servirme. Me las quito y las meto en el zurrón. El paso cambia descalzo y aunque las estrechas sendas están descarnadas de vegetación, los pies deben siempre deslizarse por debajo del corte de los machetes para ir apartando los tallos puntiagudos, como lo haría un peine de dedos romos sin membrana, que no es mi caso.

He vuelto con el grupo indígena a las cabeceras del río Ventuari. Tan ilusionado estaba que incluso trataba de ir un poco adelantado, pero repecho tras repecho me fui dejando caer al grueso de la fila y horas más tarde ya era poco menos que el penacho de cola, desbaratado y resoplando.

¡Cómo me sentiría de axfisiado, que cuando tomaron aliento en un claro al borde del río y antes de reemprender la marcha hacia el interior, ya no me quedaba ni un halo de orgullo y decidí que allí me quedaba!. No pareció que mi decisión les afectara en absoluto y prosiguieron la caminata. Algo me dijeron en Ye´cuana, que interpreté como que no me preocupara, pero era tal mi agotamiento que tras beber en un cuenquillo de calabaza agua con polvo de cazabe, me envolví sudando en el chubasquero verde de guardia civil que compré en El Rastro y me quedé inconsciente en el suelo bajo una llovizna constante.

No recuerdo ni que soñara, pero al despertar me sumergí de golpe en lo que era el primer ser desvalido, mitad hombre, mitad animal atemorizado. De la quietud del ocaso surgían los primeros rumores y crujidos y empiezas a visionar al horas antes jaguar hambriento cuyas huellas, según el guía indígena, delataban que perseguía a un báquiro, o las serpientes invisibles entre hojarasca que te iban señalando para que no las pisaras, o la enorme oruga urticante sobre una hoja que te apartan del hombro en el último momento, o la araña mono, o peor aún, si ante la ocurrencia de vadear por la ribera, en las pirañas o el babo.

Estoy completamente solo y el pánico se acrecienta en la inmensidad verde que desde la avioneta cubría el horizonte de lado a lado. Allí donde ellos se mueven como un transeúnte neoyorquino sobre la gran manzana, tú estás perdido y abandonado a tu suerte. No hay pequeñas grutas tipo Robinsón Crusoe, como aquellas de la costa almeriense donde te acurrucabas unos días , aunque la aparición de un perro hambriento a contraluz al amanecer se asemejara a un Annubis diabólico por un instante, ni tampoco es la inmensa estepa de hierba como en la película Dersu-Uzala con la que apelmazarse bajo la noche helada, ni ves un árbol grandioso y suave tipo tarzán por el que trepar para acomodarte , ni puedes hacer la cabaña de casa como cuando jugabas con sillas y mantas para quedarte agazapado, no , tan solo tienes y padeces de una febril urgencia por hacerte una guarida antes de que sea demasiado tarde.

El temor a la naturaleza es sencillo y cortante. Frenético y luego paralizante. Restriego un trozo de suelo para evitar hormigas, escorpiones, ciempiés, arañas y empiezo a rodearlo de ramas que cierro por arriba, aquí y allá, hasta convertirlo en un huevo-cáscara trenzado, supuestamente impenetrable en derredor para un animal grande y que contenga al hombre- tortuga u hombre-escarabajo hasta que amanezca. Envuelto en nylon, traspirando y sosteniendo el machete con ambas manos frente a mi rostro, si en medio de las noche algo merodea o se acercara, pegaría tal alarido que seguro que hasta yo me asusto y eso le haría huir desconcertado.

Si la Naturaleza, en nuestro devenir nos devaluó el instinto a medida que evolucionábamos, seguro que nos ha compensado con el revívido arquetipo de nuestros ancestros para estos casos. Y este inconsciente colectivo (Jung) es clara imagen de que el hombre cognitivo de hace más de 70.000 años no bajaba ya de los árboles y que desde hacía milenios también se había desprendido de la gruta a sus espaldas y que era diurno. Ese ser que solo o en grupo familiar exploraba enfrentándose a la naturaleza dio nacimiento a la primera arquitectura, tirando de cuanto pudiera tener a mano y donde el elemento fundamental de la guarida es la trampilla, la tapa, la puerta, se llame como se llame, por donde se entra y se sale y que nos mantiene a resguardo descansando cerrada mientras duran las tinieblas y el peligro. Sentida desde las entrañas, la puerta es el primer y más importante elemento de la arquitectura primigenia y cuando esta naturaleza impera, incluso milenios más tarde, cáscara y puerta reaparecen en la choza del ermitaño, el iglú de hielo o la cápsula de amerizaje de una nave espacial frente al universo.

La arquitectura primigenia persiste hasta que el grupo o tribu coexiste con otras tribus o entra en competencia con ellas, porque el factor humano no es predecible en sus comportamientos y capacidades, no es uno más de la naturaleza y sus reglas son argucias de buenas y malas artes. La guarida y su puerta, pueden ser entonces no cobijo sino una trampa. Se inicia la arquitectura humana.

VICTOR OCHOA
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Mola Mola. Proyecto de cápsula de recogimiento. 2019