Opinión

V centenario de “La Noche Triste”

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 25 de junio de 2020

La lluviosa noche del 30 de junio de 1520, Hernán Cortés y sus hombres abandonaron subrepticiamente Tenochtitlán cuajados de oro, en las peores condiciones posibles para salir airosos y apostando audaces a la niebla, la oscuridad, la nocturnidad, al amparo de la tenebrosidad, húmeda, típica del verano en esas tierras, como hasta hoy. Y aquella fuga acabó en masacre. ‘Desbarate’ la llama aludiendo a López de Gómara, el profesor Rojas Ferrer de la Universidad de Murcia. El saldo fue abatir dos terceras partes del ejército cortesiano.

El V centenario de esa carnicería conocida como “La Noche Triste” se cumple en estos días ya próximos y merece una reflexión a guisa del derribo de monumentos existentes; que otros, como el inexistente de Hernán Cortés en México, no hay forma de que sean demolidos. Eso sí, el nombre de Cortés está asignado a muchos sitios, desde un mar, hasta el espacio entre los volcanes del Anáhuac. No le fue mal, después de todo, hay que reconocerlo. Acaso sea el más nombrado.

A diferencia de 2019, donde se expuso más el inicio del encuentro de dos mundos –inclusive, con el abrazo de los descendientes de Moctezuma y Cortés en el sitio preciso donde se encontraron sus antepasados, cinco siglos antes– 2020 ha sido omiso con la epopeya de la Conquista de México. Desde luego que las circunstancias no ayudan. Ya veremos si el año venidero se puede poner sobre la mesa el V centenario de la conquista de México, acaecida en 1521.

Cortés ingresó a Tenochtitlán –los cimientos del Cielo– en noviembre de 1519. Se enseñoreó con ella, agasajado y hospedado por Moctezuma, –que mantuvo a raya a su pueblo facilitando que no atacara a los españoles– y a quien entregó mucho oro, colmando su genuina codicia de encontrarlo y la de sus hombres. Conforme pasaron los meses, las élites mexicas recelaron cada vez más. Unas propusieron matarlos, otras propusieron dejarlos ir obsequiados para que no retornaran. Cortés abandonó la metrópoli para enfrentarse a Pánfilo de Narváez, que venía por su cabeza cual forajido, al no poseer los permisos del rey –“qué pánfilo eres” es una expresión que proviene de tal derrota al natural de Navalmanzano– y en su ausencia, Pedro de Alvarado al frente, sintiéndose amenazado, se cargó a los celebrantes del Templo Mayor –el centro del universo– exacerbando a los mexicas que terminaron sitiando a los españoles guarecidos en los palacios de Axayácatl. A tales recintos pudo reingresar Cortés a su regreso– reforzado con las tropas de Narváez, a las que prometió el oro y el moro– dejándolo entrar, mas no pensaban permitirle salir vivo. Desencadenado el repudió mexica agotando su paciencia contra el obsequioso Moctezuma, y los ultrajes a sus dioses, el Tlatoani fue removido y muriendo el monarca un día antes –¿a manos de Cortés o de Alvarado? ¿o por una pedrada mexica recibida?– ello enardeció más los ánimos y expuso a Cortés ya sin su protector. Era el momento de huir. Y aprisa.

Cortés intentó escapar dos veces y constató que no lo conseguiría. Apostó todo a una última oportunidad. El 30 de junio, de noche, sigilosos bajo la lluvia cuyo estrépito disimularía el roce de metales y el relincho de caballos, por la calzada de Tlacopan, hoy la Calzada México-Tacuba denominada así por sus extremos, enfilaron tres contingentes sorteando puentes improvisados, pues les destruyeron los existentes. A la vanguardia iba Cortés, en la retaguardia, Alvarado. En medio, el quinto real, que se perdió, hundido en el fango. Puentes que deberían de soportar personas, armaduras, cargamentos, caballos y a todos cuajados de metales preciosos, pese a que Cortés advirtió llevarse solo lo indispensable de lo mucho obtenido del Tlatoani. La avaricia rompe el saco, ya se sabe.

Fueron descubiertos en su escabullida y atacados ferozmente desde canoas apostadas en el lago de Texcoco. Los guerreros mexicas fueron implacables en su acometimiento. Los puentes frágiles vencidos por el peso, quebraron arrastrando a los soldados cortesianos portando el oro y cuya carga propició que zozobraran, de no soltarlo, junto con los aliados tlaxcaltecas. Otros fueron alcanzados, matándolos allí mismo y tantos más capturados y sacrificados en el Templo Mayor. Unos cronistas narran que de inmediato, otros que hasta septiembre. Cortés al rendir Tenochtitlán en agosto de 1521, comprobó tal con los cráneos de los españoles caídos. Afirman que reconoció a algunos de sus subalternos.

Luego, a salvo, Cortés, dice la tradición, pasó a Popotla, donde al pie de un sabino de pantano –ahuehuete o ciprés de Moctezuma, como se conoce en México– lloró su perdición y por su gente. De allí el remoquete de “La Noche Triste”. Hay quien ningunea el término: ¿triste para quién? Pues sí, para los conquistadores. Hoy se discute también si el árbol pervive en Popotla, muy venido a menos, si bien identificado y vallado. Otros lo sitúan pasando Tacuba –cosa que yo considero probable, pues el señor de Tacuba habría cerrado el paso a Cortés como aliado de Tenochtitlán que era– así que ni tiempo tendría para resollar ni mucho menos. Algunos suponen el ejemplar existente hasta Totoltepec, varios kilómetros más adelante. A esta degollina sobrevivieron La Malinche y Pedro de Alvarado, junto con familiares de Moctezuma que, antes de morir, a Cortés encomendó que los cuidará, así como también otros personajes ligados al afamado metelinense.

Los mexicas persiguieron a Cortés por siete días más, escapándoseles luego de la batalla de Otumba, con lo cual no obstante que le dieron caña, sellaron para sí mismos su inimaginable sentencia que les dictaría el adelantado.Logrando alcanzar el señorío de Tlaxcala, bordeando el Valle de México, abandonándolo en sentido contrario a por donde ingresó a él, pasando cerca de Tepotzotlán, el extremeño fue rehecho, apertrechado por los aliados tlaxcaltecas, rearmó sus tropas y emprendió la conquista de Tenochtitlán en la primavera siguiente.

Cortés pudo haberse retraído y marchado a Cuba. Y acaso haber retornado a España. Con todo lo que ello implicara. Se negó. Decidió proseguir. Ese ímpetu, esa fuerza, esa venganza, acaso, no suele ser muy estudiada. Lo considero importante porque tal determinación frente a su propio desastre, dibuja la entereza del sujeto, perfila su carácter, define y coloca frente sí al aventurero metido a conquistador. Extrae su quintaesencia con la que pasó a la Historia. Sobrevivió y ¿no tenía de otra? Es posible y siguió adelante. Fue a todas. El resultado catastrófico de La Noche Triste es crucial porque abatido Cortés, no lo fue permanentemente. Respingó su naturaleza estratega y salió avante.

Hay en los muros de Popotla poemas y arengas exaltando aquella victoria mexica, aquella noche alegre para ellos. Son de hechura relativamente reciente. Agresivos, reivindicadores. Muy aparte de exaltar una victoria frente a los expedicionarios españoles de hace cinco siglos. Y aun con el resultado final.

En todo caso, este episodio se engarza con la gesta de la Conquista de México, el hito que hasta Vivaldi inmortalizó en su ópera Motezuma (1733). Aún hoy puede uno imaginar el drama que supuso aquella escapatoria casi fallida. Y…aguarde… ¿qué fue del tesoro aquel? Se han extraído cositas, pero nunca el monto total desconocido. Se ha inculpado incluso a alguien por haber señalado que lo hubo, encontrado al excavarse la Línea 2 del metro de la capital mexicana, que corre por aquella otrora calzada de Tlacopan; y Cortés preguntó a Cuauhtémoc al capturarlo, por el resto, respondiendo aquel que no había más, que todo se hundió en aquella noche. Lo demás son conjeturas, suposiciones, sospechas, corazonadas. Cortés y Bernal Díaz del Castillo aseguran que en su mayor parte se perdió en la huida, diciendo así que no se lo quedaron. Vaya usted a saber.