Opinión

Desfigurar el porvenir

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Jueves 25 de junio de 2020

La semana pasada varios centenares de jóvenes saquearon el centro de Stuttgart, la policía había pedido documentación a un joven de raza blanca. Así lo narra algún periódico, señalando – algo que no era común – el color de piel del individuo que sirvió de excusa a la barbarie. Parece necesario reseñar que era de “raza blanca”, quizás para hacer ver que la barahúnda no estaba motivada por cuestiones de raza; para lo que parece requerirse que el sujeto que ofrece ocasión sea negro. En efecto, el racismo es un velo tras el que se oculta un fenómeno nuevo y de otra dimensión. Grupos de todo el mundo han ofendido efigies de otro tiempo, han lanzado al río o derribado estatuas de Colón, de los Reyes Católicos o del mismo Alejandro Magno, pero también de Fray Junípero, de Cervantes, o de Inmanuel Kant… y, como era de esperar, del agitador, iconoclasta y comerciante de esclavos Voltaire: luz de las Luces.

Hacia fines del año pasado se produjeron – en la escala estaba la novedad – movimientos violentos en toda Francia, y se hablaba de cerca de 5.000 policías heridos en estas batallas en los últimos seis meses. Tiempo atrás, también en Francia, Nick Conrad – basándose en su experiencia personal como negro, decía, asociando el color y la persona – declamaba por el asesinato de niños blancos. Se entendería que esos actos masivos y violentos tuvieran lugar entre nosotros, dado que, según Ian Gibson, el fascismo corre por las venas de millones de españoles, no sé si por las venas de los que contemplan el espectáculo o por las venas de los que lo protagonizan. Porque por el planeta lo que parece correr es – se nos dice – el antifascismo. Así las cosas, lo cierto es que costará distinguirlos.

Me parece constatar el incremento de una violencia de naturaleza crecientemente inarticulada y sin fundamento político. Una violencia de orden metapolítico, acaso antropológico. Es el mundo en que una pareja puede devolver al hijo que adoptaron una vez que descubren su autismo, lo llamativo en el caso es que parece tratarse de gente muy admirada, si es la admiración lo que define a los millones de pánfilos que te hacen “influencer”. La miseria humana es constitutiva, como su honesta maravilla, lo que parece nuevo es el número y la aparente ausencia de fundamento más allá del placer de la agresión y la fruición de la embestida anónima y brutal. Décadas de una educación invertebrada pero bien financiada por los señores de la globalización, siglos de relativismo legitimador de cualquier gesto o actitud y de promoción del consumo universal y conspicuo, años de resentimiento difundido por toda una sociedad educada en la autoestima y condenada a la insignificancia. Los más jóvenes no heredarán otra cosa que un vacío sin centro ni periferia, un desierto interminable donde habitaron las culturas. Tenemos el erial planetario en nombre de la humanidad global. Se están deshaciendo de una herencia que juzgan como tal inaceptable. Quieren acabar con el padre – no en vano proceden al grito del anti-patriarcalismo – en la figura de toda autoridad y en la forma de todo pasado. Se quieren inocentes y al derribar estatuas del pasado quieren expiar la culpa, al borrar el rostro de sus ancestros quieren renovar el propio. Harán nuevamente un mundo nuevo, pero – una vez más – a partir de la nada, porque repugnan su propia sustancia. En efecto, las muchedumbres de jóvenes sin mácula no son iconoclastas, por el contrario, suelen rendir culto a logos, iconos y marcas, siempre que carezcan del índice amonestador y conmemorativo de las viejas estatuas y se reduzcan a índices comerciales. Su iconodulia es banal e intrascendente y su mundo nuevo ha de ser un infinito vacío con hilo musical y ocio eterno. Se aproxima el gran botellón, la rave inacabable, la gran marcha a través de la sucia civilización para demoler hasta el último bloque de su despreciable muralla. Ignorantes, verán entonces que el muro cumplía una función vital, elemental, sagrada. Dice Chesterton que no hay que derribar una barrera sin saber por qué se ha puesto. Pero estas muchedumbres no se han preguntado nada, odian el pasado de la civilización: blanca, occidental, cristiana. Acaso busquen alternativas, veremos entonces lo que hallan. Se erigirán estatuas a la parte silenciada: brujas, herejes, esclavos y acaso añadan amas de casa… todas esas minorías que les han propuesto, sin que se den cuenta, los que verdaderamente mandan. Minorías que sustituyen a la vieja clase media occidental, como señalaba Cristophe Guilluy. Y minorías sin sustancia porque tras ellas no hay realidad, sino plástica movilidad, identidades transfronterizas, fluido magma. ¿Cómo podría ser de otro modo si se definen porque rechazan? Ni varón, ni blanco, ni heterosexual… no al manojo de deplorables – como los calificó la gran Madama Clinton –. A esa cesta de deplorables habría que añadir a los viejos, porque los viejos están muy próximos a la rigidez de las estatuas.