Opinión

Un país con el corazón muerto

MIRADA ESCOLÁSTICA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 26 de junio de 2020

A medida que se van conociendo más datos sobre los modos de morir de los 45.000 españoles, al menos, que se ha llevado por delante del Covid19, más infame nos parece la sociedad española que nos ha tocado vivir. Porque no sólo el gobierno socialcomunista que nos pilota ha tenido un comportamiento impresentable, sino también muchos gobiernos autónomos y municipales de todos los colores políticos, y muchas instituciones privadas. Una responsabilidad criminal tiñe las más recónditas entrañas de la sociedad española actual. Por mucho que queramos maccarthyzar a todos los políticos gobernantes, estos impresentables, desgraciadamente, no han sido los únicos responsables del desastre, por mucho que le pese a cierta derecha. ¡Ya quisiéramos! Después de esto uno ama a España por los padres y los abuelos, por la España generosa de un pasado grande y glorioso, y no por mis contemporáneos, que no parecemos ser hijos de nuestros padres y abuelos por el nuevo carácter moral con que impregnamos la España actual. Recuerdo haber leído en la novela Una Vida, del gran Ítalo Svevo que la chusma mezquina suele ser venenosamente democrática a la hora de endosar su propia responsabilidad y faltas nauseabundas a la autoridad. El problema es que a medida que va llegando información sobre las terribles decisiones, técnicas, políticas, y empresariales, que se han tomado durante la pandemia llega uno a la escalofriante conclusión de que la España de hoy tiene exactamente el gobierno que se merece, con un nuevo Kerenski al frente, inconsciente, aniquilando la monarquía parlamentaria y abriendo el poder a un neobolchevismo narcotraficante, dirigido desde el apparatchick bolivariano. Kerenski, también muy egocéntrico, era despreciado por todos los rusos que consiguieron escapar como él del comunismo a los EEUU, y sólo podía ir a merendar a la casa de Teresa Fiodorovna, que sabía hacer unos pequeños bocadillos riquísimos que le había enseñado la emperatriz. Nuestro Kerenski también puede acabar en el exilio en el mundo libre, esto es, en la putrefacta civilización burguesa, si los comunistas ultiman su asalto al poder, y quizás no tenga a una Teresa Fiodorovna que le dé conversación ni vodka. “¿Qué ha hecho usted muy importante, naughty boy, sino mandar a la muerte a nuestro querido zar?”

Hay lugares en España en donde al anciano enfermo por el coronavirus se le ha dejado morir abandonado, como un perro sarnoso, sin ningún esfuerzo terapéutico por salvarle la vida. Y los hombres hacemos el mal circunscribiéndonos al ámbito en el que nos es posible hacerlo; el mal de todos es infinitamente más grande y aterrador que el que es capaz de generar cualquier gobierno, por muy tiránico que pueda ser. Ha sido evidente, por lo menos a mis ojos, una indiferencia casi patológica hacia el sufrimiento humano y la muerte durante tres meses. ¿O cómo hay que llamar a esos sanitarios, número pequeño pero interesante, que obtuvieron oportunas bajas cuando el fragor del combate era más acérrimo? ¿O también eso es culpa de los políticos? Y no confundamos el miedo propio con el dolor solidario. El mal no se mide sólo contando cadáveres, sino también con el abandono de los agonizantes. Y cuando el mal reina es mejor aparentar ser malo. El error de España ahora, en la nueva normalidad, es imaginar que el bien moral de su interior puede simplemente ser ignorado sin consecuencias, que nos olvidamos y ya está. Pero quebrantar gravemente las normas morales el destino lo castiga con tormentos mayores que la cárcel, como el total abatimiento moral de la Nación. Durante años nuestros líderes políticos y sociales, pero también nosotros, viviremos sobre el potro de tortura de nuestra conciencia. Contra esta postración moral que nos puede acarrear el desvelamiento gradual de la verdad convendría que tanto las Administraciones como sobre todo la sociedad a través de sus organizaciones glorifique de algún modo a aquellas personas que se comportaron de modo heroico durante la pandemia. Que sea aquel pequeño número de justos bíblico quien salve a todos de la justa cólera de nuestros Manes.

Por otro lado, cuando un régimen no es aún una tiranía perfecta, sino que aún quedan restos de libertad, umbrae libertatis, la responsabilidad criminal de los gobernantes contaminará con sus miasmas de inmoralidad a los particulares, de suerte que en el Mundo Clásico existían leyes para que quedasen manchados de impureza todos aquellos que convivían con criminales. La responsabilidad criminal del poder contamina la ciudad. El crimen del poder tiene siempre la virtud de seleccionar a los colaboradores del gobierno, que son siempre los malos, los viciosos y los serviles ( ádikoi, akrateîs y andrapodôdeis ), según el propio Hierón en el famoso diálogo de Jenofonte, que tiene al poeta Simónides como el otro miembro del mismo.

Es indudablemente noble sentirse solidario con los millones y millones de personas que acabaron en la esclavitud hace siglos; algunas no hace tanto, como los que todavía eran esclavos en Mauritania hace menos de cuarenta años. Pero hace sólo un mes era un imperativo moral ser activamente solidario con las personas mayores afectadas por el Covid19. Y ni España ni los españoles lo hemos sido con un mínimo de decoro. La insensibilidad metálica, leninista, del inhumano líder comunista, para quien es palmario que los viejos ya no tienen ningún lugar en el paraíso comunista, no ha estado nada lejos ni dísona de la sensibilidad última desplegada por los españoles, cuya piel del alma ya tiene la dureza de nuestro sabroso ganado de pie bisulco. España se merece el paraíso comunista.