Opinión

Salvemos el flamenco

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 28 de junio de 2020

El próximo 2 de julio se cumplen 28 años de la muerte de José Monge Cruz, “Camarón de la Isla”, uno de los grandes cantaores del siglo pasado, que renovó el flamenco y simbolizó, junto a otros como Lole y Manuel, una época del cante. El año pasado se celebraba el 40º aniversario de su disco más revolucionario, “La leyenda del tiempo”. Debería ser un día de conmemoración para todos los flamencos y, en general, para los amantes de la cultura. A fin de cuentas, eso es el “cante grande”, “cante jondo” o, en suma, eso que damos en llamar hoy por hoy “flamenco”. No son lo mismo, pero están en ese campo de la creación popular que, expresada en el toque, el cante y el baile, surge del mestizaje cultural que se da en Andalucía a partir de la llegada de los gitanos a España en el siglo XV. Como recordaba Lorca en su célebre conferencia “El cante jondo (primitivo canto andaluz)”, “los hechos históricos a que se refiere Falla, de enorme desproporción y que tanto han influido en los cantos, son tres: la adopción por la Iglesia española del canto litúrgico, la invasión sarracena y la llegada a España de numerosas bandas de gitanos”. En las tonás, las formas más antiguas de cante de las que se tiene noticia, palpita, pues, una parte de la historia de España.

Durante mucho tiempo, se miró al cante jondo con desprecio. Se atribuía a las clases populares y, dentro de ellas, a los últimos de los últimos, a los más despreciados: los gitanos. Ahí está la monumental “Memoria del flamenco”, de Félix Grande, para recordar ese sufrimiento que subyace a las raíces del cante. Sólo a partir de los estudios de Machado y Álvarez, “Demófilo”, el padre de los grandes poetas Antonio y Manuel, así como de otros estudiosos del arte y la cultura de Andalucía se comenzó a valorar la belleza del flamenco. Como cuenta Manuel Bernal Romero, el concurso de cante jondo celebrado en Granada los días 13 y 14 de junio de 1922 marcó “un antes y un después en la concepción del flamenco”. De la mano de los poetas del 27, se le dio al flamenco el reconocimiento que por derecho propio merecía.

Hoy es uno de los grandes embajadores de España. El toque, el cante y el baile han llevado el nombre de nuestro país por todo el mundo. Han llenado teatros. Han ganado premios. Han difundido nuestra cultura por todos los continentes y han alumbrado, como representa el cante del propio Camarón, algunos de los momentos más luminosos del arte contemporáneo.

Pero las consecuencias del COVID-19 amenazan al flamenco. Se han cancelado o pospuesto festivales, conciertos y giras. Las academias han suspendido su actividad y no todas han podido continuar enseñando a través de internet o a distancia. Los tablaos y las salas de concierto agonizan. Casa Patas, el célebre tablao madrileño, ha anunciado el cierre después de 32 años de ser un referente del arte en la capital de España. Federico Escudero, presidente de la Asociación Nacional de Tablaos Flamencos de España (ANTFES), ha declarado que “como no nos ayuden, los tablaos flamencos desaparecen”. En Barcelona, corre peligro el Tablao de Carmen, nombrado en honor de la famosa Carmen Amaya. La ANTFES denuncia que el flamenco está en “peligro de extinción” y clama por un “plan nacional de ayuda” que incluya extender los planes de desempleo parcial para los empleados hasta el 31 de diciembre, así como subvenciones para compensar la falta de turistas. A medida que la temporada avanza, la situación se hace cada vez más desesperada.

El flamenco sufre ahora los golpes de una crisis completamente ajena al sector y en la que ninguno de los creadores y empresarios ha tenido participación alguna. No depende de ellos que haya turistas ni fijan ellos las normas sobre aforos ni ninguna de las demás circunstancias que amenazan al sector. Parece difícil encontrar razones contra las ayudas el flamenco y abundan, en cambio, los argumentos a favor. Uno podría invocar ahora los más utilitarios -los puestos de trabajo en peligro, los ingresos que el flamenco genera, su función en la construcción de la Marca España en todo el mundo- y todos ellos son legítimos y valiosos, pero creo que hay más razones para ayudar al flamenco -es decir, a quienes lo crean, lo mantienen y lo difunden- en este tiempo de adversidad.

El flamenco, de algún modo, es España con todas sus contradicciones, sus tragedias y su grandeza. Ha nacido aquí, aquí ha crecido y, desde aquí, se ha hecho universal. Dice algo de nosotros como pueblo y de la condición humana que compartimos con nuestros semejantes. En el dolor, la pena y la soledad de los cantes más oscuros -estoy pensando en la debla, por ejemplo- y en la alegría chispeante de la bulería late la humanidad que nos une a todos. Ayudando al flamenco no rescatamos sólo una industria cultural -y eso es muchísimo- sino una forma de creación sin la que el mundo sería más pobre y más gris. Al salvarlo a él, nos salvamos también nosotros.