TRIBUNA
Emilio Arnao | Martes 30 de junio de 2020
Anoche en la madrugada o, mejor, en la madrugada de anoche, vi Citizen Kane. Este silencio de la noche en horas entradas -con pausas para echarme un pitillo y echarle un ojazo a la luna, que ahora sí que la veo, pues que gracias a la Covid-19 este cielo de mi barrio que antes semejaba un cuadro de Turner o un no sé qué de Caravaggio, lleno va de estrellas y como de una música de Debussy- es mi silencio, mi esponja caldosa y cálamo y… ¡Pero, oxtre cristo, que torna a enmarranarse la celeste bóveda, pues, en cuantito hemos dado vía libre al automovilismo esta Isla del Perejil desde donde escribo, humos y gases lacrimógenos y cabras por doquier nos adoran!
La vi por recomendación de un amigo que mejor amigo es que otros que señalan serlo, pues, dicen los que lo conocen mejor que yo que algo hay en su calcañal de ciudadano kane o can o gato o libre. Pero, a la viceversa. Este Sancho amigo mío, cuyo nombre omito por ser ejemplo de virtudes y coherente con sus hazañas pacifistas subraya a esa última palabra tan enigmática de la película: Rosebud. ¿A qué me refiero?
Lo explico con más o menos lo que sintió Pablo Neruda cuando siendo cónsul por Chile en Birmania, Singapur o Batavia -confieso que he vivido- decidió darle a los versos surgiendo el que para mí es uno de los mejores libros de poemas que jamás haya leído: Residencia en la Tierra, esto es, más cerca de la sangre que de la tinta.
Digo que mi amigo Sancho, madrileño y de Malasaña, por ir dando pistas, es que es el otro ciudadano independiente que va por ahí calcinando a estas nuevas historias actuales de los nuevos Charles Foster Kane, que no era otro que la biografía real del magnate del periodismo y su corrupción genital y genocida que aquel William Randolph Hearst. Muchos Randolph Hearst, enmascarizados en este protomoderno personaje que es Charles F. Kane, están por aquí, por allá, delante de ti, lectora que acaso esto leas, cual gelatinosos hacedores de la desinformación, de las compras de obras de arte -el arte de la política, claro-, de la imposición, como manos de santos, sobre tantas conciencias que para ellos no son tales, sino meros objetos, vajillas que cotizan en las bolsas internacionales, palacios artificiales, catálogos y más catálogos en esta nueva Xanadu que sigue siendo el poder como jabonadura para penetrar en esa lascivia que conduce al control de todo pensamiento -el pensar continúa en venta- con el objetivo único y palurdo de poseerlo todo, de poseerse a sí mismos, en definitiva, de ser ellos solos utilizando todo este flashback de estos tiempos siglo XXI.
Sin embargo, ayer creo que supe -tampoco es novedoso- lo que realmente quiso hacernos entender Orson Wells con aquella palabra, Rosebud: Sí, creo que sí, se trata del arrepentimiento no ya en el último suspiro, sino cuando tanta opulencia al final acaba yéndose, cual trineo arrojado contra el horno, al más profundísimo vacío de todo sótano.
Y es que todos estos kanes tuvieron y tienen todo lo que quisieron y quieren y todo lo perdieron y continuarán perdiéndolo. Todo mal -lean a Nietzsche- acaricia el bien desde el mismo momento en que algo se ha perdido para siempre, digamos que la nieve -la bola de nieve-, la infancia como lo que pudo ser y no fue, y el trineo, de nuevo, el trineo, metáfora de todos estos nuevos ciudadanos kanes que se arrojan por las ventiscas del mundo incendiándolo todo hasta que el fuego les provoca la visión, cual Pablos de Tarsos: la visión de un mundo en el que pudieron ser felices a partir de la sencillez, de lo útilmente ético o, sencillamente, de ese niño que nunca quiso ser hombre.
Quizá o tal vez -tampoco me hagan mucho caso- estaría chachipiruli el ir apostando por esta necesidad de comenzar el derribo de fronteras, de envestirse cual detective privado Jerry Thompson, periodista que investiga sobre la vida privada de Kane, por ir averiguando en dónde esconden el gato al agua, esto es, allá donde haya chupatintas que le bailen el can-can a cualquier dirigente de emporios, de imperios, de improperios o de falsos proverbios.
Que, como compatriotos que somos, hemos de escuchar y vigilar, a pesar de este falso mundo que nos muestran los asesores de los anuncios de publicidad, por recordar a cada momento aquellas frases ingeniadas por Wells: “sólo hay una persona que puede decidir lo que voy a hacer, y soy yo mismo”, “si no hubiese sido tan rico, habría llegado a ser un gran hombre”, “parece que sólo puedes tomar una decisión Charles, y parece que ya la han tomado por ti”, “la vejez es la única enfermedad de la que uno no espera jamás curarse”, “hay dos tipos de personas: las que consiguen lo que quieren y las que no se atreven a conseguir lo que quieren”, “no es tan difícil hacer dinero cuando es sólo hacer dinero lo que se pretende”, y así hasta que cae la bola de cristal con nieve y se oye la palabra Rosebud.
Nuestro ciudadano ético y cívico está entre nosotros, lo que pasa es que pasa por invisible, pero estar está y además se le espera. Charlamos de todo aquel que diga la palabra libre, libre como aquella Esta Tierra, canción de Cecilia.
En llegando al final, anudemos este vestuario nuestro entre la ideología y la ternura en beneficio de los pueblos en un internacionalismo de sierras, costas, orientes y occidentes. Por eso, cual Orson Wells, vayámonos por ahí, siquiera en fila india, sosteniendo lo que ya muchos grandes economistas y filósofos de los de siempre y ahora van argumentando, esto es, que la inmigración no debe considerarse como un mal para el ejercicio nacional de todas las naciones -ante todo de las de raza blanquita de las mal llamadas primermundistas-; en todo caso, como una necesidad que ya está aquí para quedarse y para gestar ese inmenso animalario y naturaleza que es la humanidad entera. España no sería lo que es sin el aporte de la inmigración, arengó una vez mi amigo Sanchico -cuyo nombre ya digo callo por no meterle en un brete-, ante colectivos latinos, rumanos y africanos, con la intención de hacer comprender que todos somos inmigrantes de nosotros mismos, como el mismísimo ciudadano Kane. De ahí esta maesecoral urgencia que hemos de considerar como una especial normalización de la sensibilidad por todo arte foráneo que es únicamente expresión cultural y alquimia del ser humano adorando esos tantísimos olores que impregnan la riqueza global.
Esta pigmentación será -téngalo por seguro- el motor del crecimiento real en progresividad de una economía escrita golpe a golpe, verso a verso, azote tras azote, cual lienzo goyesco. Y es que es que este azote actualísimo nos vuelve a reconducir a estos tantísimos Xanadus que quedan por ahí cual victorias pétreas mas infelices y yermas. Así nos lo escribió Pablo Neruda en su Residencia en la Tierra:
Trabajo frío
Dime, del tiempo, resonando
en tu esfera parcial y dulce,
no oyes acaso el sordo gemido?
No sientes de lenta manera,
en trabajo trémulo y ávido,
la insistente noche que vuelve?
Secas sales y sangre aéreas,
atropellado correr ríos,
temblando el testigo constata.
Aumento oscuro de paredes,
crecimiento brusco de puertas,
delirante población de estímulos,
circulaciones implacables.
Alrededor, de infinito modo,
en propaganda interminable,
de hocico armado y definido,
el espacio hierve y se puebla.
No oyes la constante victoria,
en la carrera de los seres,
del tiempo, lento como el fuego,
seguro y espeso y hercúleo,
acumulando su volumen
y añadiendo su triste hebra?
Como una planta perpetua, aumenta
su delgado y pálido hilo,
mojado de gotas que caen
sin sonido, en la soledad.