Enrique Arnaldo | Jueves 21 de agosto de 2008
A la temprana edad de siete años, el que llegara a ser gran dramaturgo británico George Bernard Shaw -quien ya apuntaba maneras- confesó que en tal momento debía abandonar su educación a fin de ingresar en la escuela. Desde entonces, que ha llovido bastante, se han incrementado considerablemente los cursos escolares, lasa asignaturas troncales y las enseñanzas complementarias y optativas. La educación está aún más lejana de lo que nunca estuvo. Más bien parece que asistimos al impero de la mala e incluso pésima educación. Y no me estoy refiriendo a los modales o comportamientos sociales sino a la ausencia no sólo de los mínimos conocimientos (de ortografía, de geografía, de historia, de vocabulario o de construcción correcta de las frases, etc...) sino el más mínimo interés por aprender y obtenerlos.
El Estado del bienestar ha sido capaz de garantizar la universalidad de acceso a la escuela y, por tanto, de que todas las personas tuvieran un minimun de conocimientos. Ha ido incluso más allá y ha dado enormes facilidades para permitir la entrada en los niveles no obligatorios de la enseñanza y también en la propia Universidad, que ha situado en los lugares más próximos al domicilio de los estudiantes y de sus familias. Tantísima cantidad de medios humanos y materiales, tantos recursos públicos, y, sin embargo, los réditos resultan tan magros. La educación continúa siendo una asignatura pendiente en nuestra sociedad.
El titulismo o la titulitis gobiernan. Se emiten o se otorgan graciablemente los títulos sin denuedo. Al final el título es lo que cuenta. El esfuerzo se concentra en su obtención, como elemento habilitador para la vida laboral o profesional. Las Administraciones o las empresas visan esos títulos, y comprueban su suficiencia, complementados por conocimientos de informática y de idiomas. Pero no preguntan más. La educación les resulta indiferente. Igual llegan a pensar que cuanto más justitos resulten en su nivel de educación será mejor por cuanto serán más dúctiles y manejables.
Quizás hay algo que todavía acrecienta más el pesimismo. Y es que a la mayor parte de la gente le da exactamente igual. La educación es una cursilada propia de antiguos, de pesados y engreídos. Por tanto, nada mejor que dejar de leer libros (salvo best-seller incluidos en la lista de los más vendidos), o que abandonar el mínimo de cuidado al hablar (pues resulta remilgado y te pueden tachar de gallina clueca). Lo fetén, lo realmente culto es la televisión que ahorma mentes, actitudes y comportamientos. Capta de tal modo la atención la caja tonta -y su derivados- que elimina, que borra, el espíritu crítico. Nos convierte en consumidores sin criterio. La educación es algo bien diferente. Es cierto que la educación es un derecho, pero es asimismo un deber y no sólo un deber personal, íntimo, sino también institucional por cuanto el progreso de la sociedad se asienta sobre el hormigón cimentador de la educación de quienes la forman.
La caída en picado del nivel educativo (que no de títulos y másters) de nuestro país, y de los de nuestro entorno, encierra un enorme peligro, quizás mayor que el de cualesquiera crisis económica o medioambiental. Las encuestas hechas públicas hace unos meses, y desmentidas con la boca pequeña por el Ministerio de Educación, sobre la bajísima formación de nuestros jóvenes deberían hacer reflexionar a los responsables políticos. Es estupendo que sepan inglés o informática, es muy discutible que requieran estudiar la famosa “Educación para la Ciudadanía” impuesta por razones políticas, pero lo que es imprescindible es que de verdad aprendan. Parece un discurso de abueletes repetidores del “todo tiempo pasado fue mejor”. Igual nos estamos volviendo viejos o incluso elitistas o hasta conservadores, pero el deslizamiento por el tobogán acuático del desinterés, del pasotismo, de la incultura es premonitorio de los mayores males.
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