José Lasaga | Jueves 21 de agosto de 2008
Decían los viejos racionalistas que toda negación es una determinación, queriendo significar que el adverbio de negación, el “no”, tiene que ir necesariamente referido a algo que está ya “puesto”, y que, lógicamente, se convierte en la materia de la negación. Siempre negamos algo concreto -entiéndase: cuando la negación tiene algún sentido- y eso que negamos queda al mismo tiempo afirmado, puesto, enmarcado y enraizado en el acto de la negación. Podríamos decir entonces que la negación es siempre deudora, en cierto modo “prisionera”, de la “cosa” que rechaza. El lema que sirve a la tradición para definir al demonio judeo-cristiano, “non serviam”, ejemplifica contundentemente esta dependencia y como parasitismo de la negación frente al momento auroral, creador, de la afirmación, cuya ideal imagen es la afirmación de todas las afirmaciones, el “fiat” que hizo ser al mundo y contra la que el diablo se rebeló con su negación. ¡Pobre diablo!
Pero hay otra negación que no es dialéctica, lógica o lingüística, sino vital. Freud la identificó con un poderoso -aunque pobre y basto- mecanismo de defensa del yo frente a las reclamaciones excesivas de nuestro inconsciente. Y no tenemos que comulgar necesariamente con la teoría psicoanalítica para conceder que el gran médico vienés acertó plenamente. La negación es el procedimiento psicológico mediante el cual decidimos no enterarnos de la realidad, huir de su lado feo, ignorar aquello que nos preocupa o nos amenaza. Sería de una eficacia maravillosa si no fuera porque la realidad es tozuda y encima le importa un adarme nuestros cálculos.
Y de ahí viene su peligro, que la emparenta nada menos que con el mal metafísico. La negación es temible porque abre agujeros de olvido en nuestro pasado, reexpidiendo, como un cartero malintencionado, cosas que nos pasaron o de las que fuimos testigos, a domicilios desconocidos, haciendo de nuestro propio pasado un desierto del que sólo poseyéramos un mapa mudo de contornos imprecisos. La negación es temible porque no deja rostros, nombres, olores, formas, canciones, luces, abrazos, libros, pistas, en suma, para reconstruir lo vivido. La negación, en el límite de su poder, aspira a ser nada. Reparen en la paradoja: ser no algo, sino nada.
Pero este es el punto en que la lógica y la dialéctica nos salvan de esa peligrosa inclinación “metafísica”, a la que nuestro genial Unamuno, -que siempre pensaba haciendo que su yo contemplara los problemas colgado, muy arriba, desde un hilo que pendía directamente de la eternidad- llamaba nadismo. Y, salvados del nadismo, al recordar que toda negación es determinación y que, por tanto, la afirmación termina triunfando, reconozcamos que esto es un artículo para un periódico y que, en justicia, es menester terminar con una nota edificante, de utilidad pública. Si quieren un ejemplo de negación vital, observen como los medios de comunicación tratan determinados hechos, declaraciones o decisiones de sus políticos afines. Así que en política, como en la vida no queda más remedio que reconocerle eficacia a la negación y tentarse la ropa.
TEMAS RELACIONADOS: