DESDE ULTRAMAR
Marcos Marín Amezcua | Jueves 02 de julio de 2020
Distintos acontecimientos nos ocupan y merecen nuestra atención en la última semana. Sobre todo a falta de otro que apenas está por suceder y que ameritará un mejor análisis cuando acontezca. Enmarcado en el T-Mec, que va sin pena ni gloria.
En efecto, no hay que comer ansias ni adelantar supuestos. El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, aún no viaja a Washington a una visita de estado con Trump, que se verificará el 8 de julio. Un encuentro que merece aguardarse a su desarrollo para analizarlo como es debido. Lo que sí es claro es que nos ahorrará la ridiculez priista de inmiscuirse en la política yanqui de la manera tan inapropiada y torpe como lo hiciera el PRI (des) gobernando, en 2016. La estrambótica frase de “responsabilidad global” del priista Peña Nieto, que fue irresponsabilidad total avergonzándonos a amplios sectores que repudiamos su sexenio, trayendo al candidato Trump a México, fue algo inaudito, absurdo y innecesariamente idiota. Esta vez es un encuentro entre jefes de Estado. ¿Qué uno pronto, hoy aún no, será candidato presidencial? Ese es problema local. Ese no es asunto del presidente mexicano y lo ha expresado oportunamente. En todo caso la reunión es acertada. Ambos países comparten frontera y problemas.
Mientras sucede, Washington nos deja curiosidades. Tres. La primera: así como en México un grupo ultra y antidemocrático denominado FRENA, se entretiene elucubrando en plena pandemia – trasnochado, pide que López Obrador, elegido en las urnas, se marche, así, sin más, así nomás– en EE.UU. su congreso nacional debate en convertir al distrito federal de Columbia (D.C.), donde se asienta la capital estadounidense, en el estado 51 de la Unión americana. Bueno, es un viejo anhelo que no deja de tener tintes folklóricos. Denominarlo en consecuencia, como Washington Douglass Commonwealth al D.C. ya es algo muy barroco, por juntar al esclavista padre de la patria de allá, con el activista antiesclavista Frederick Douglass. Cosas más raras pasan por esos pagos.
Segunda. Por lo demás, ser el estado 51 matará folklorismos casposos, empezando por el de ciertos mexicanos que siempre han añorado la anexión de México a EE.UU., encandilados con ese país. Pero no son los únicos. Un sector en Puerto Rico clama desde el primer día de 1899 y aún antes, por la anexión y alcanzar a ser hoy por hoy el estado 51. Alguna vez he leído a la oposición británica decir que su país se comportaba como el estado 51, cual tapete después del 11 de septiembre y encima, hasta los irlandeses en cierta ocasión han dicho que les encantaría ser el estado 51, pues ya hay demasiados compatriotas suyos en Nueva York. Pues qué chasco para todos ellos. La estrella 51 se la podría prender D.C. –di ci, como dicen algunos afectados mexicanos, que les duele la boca para expresarlo en español– y que desacomodada le pondrán al cantón de su bandera. Después de casi dos siglos, habiendo ya conseguido la fórmula exacta para que las estrellitas quedaran alineadas de manera armónica. Regresarán al desbarajuste. Irredentos. Y esta vez no por culpa de Trump.
Tercera. Lo que no es sencillo saber es si eso será más importante que las revelaciones de John Bolton, el exasesor de seguridad nacional recordado por sostener mentiras tales como las armas de destrucción masiva en Iraq y apoyar la consiguiente guerra de despojo de su petróleo. En su reciente libro intitulado The Room Where It Happened (La habitación donde ocurrió) –el que Trump intentó impedir que se publicara– revela que el presidente yanqui sí quería quedarse con Venezuela. Invadirla sería cool. Por supuesto llevando democracy y sosteniendo otras zaradanjas justificadoras –incluido el títere de Guaidó– sí, pero de pasada agenciándosela. Punto. Ya lo sabíamos, solo que estamos corroborándolo. Desde México muchos lo tenemos claro hace lustros: la región no necesita una guerra de invasión y deploramos que sean otros y no los venezolanos, los que decidan su futuro. Hace unas semanas el majadero secretario de estado yanqui volvía a decir que Maduro debe de irse. ¿Y quién es Pompeo para decirlo y decidirlo? A callar.
Es para celebrarse que se trunque ese plan, como se puede truncar la tarea del embajador yanqui en México, Christopher Landau, quien llegó muy saludador y muy sonriente piropeando todo lo mexicano que se le ponía enfrente en plan embaucador, para prontito descubrirse que convocó a reuniones de embajadores extranjeros en México para discutir la política energética del actual gobierno mexicano, asunto que no es de su competencia; y hacer una y otra vez, declaraciones descalificadoras de cualquier acción en materia de política de inversiones extranjeras del gobierno López Obrador. El diplomático estadounidense empieza a ser insolente y tonto en grado superlativo. Se desdice, acusando a la prensa mexicana de tergiversar sus acciones y palabras. Boberías. Lamentablemente para él, sus declaraciones atrabancadas, quedan y la tradición de dos siglos de predecesores metiches y conspiradores, no le ayudan. Nos lo vendieron como alguien que hablaba perfecto español, pero dado que no controla su expresión y se escuda en que cree decir una cosa y escupe otra, sus torpezas recurrentes evidencian que requiere de un curso remedial urgente de reaprendizaje del idioma, pues va metiendo las cuatro cada vez más seguido cuando abre la boca. Da alipori cuando acusa a otros de sus dislates, evadiéndose. Pobrecito.
Desde su país algunos académicos dicen preocuparse por México, aludiendo a no convencerles los métodos de conteo o el informativo de la pandemia utilizado por el gobierno mexicano. En efecto, México ve incrementarse los contagios, pero también una población indolente e irresponsable, a la cual se ha informado puntual de la gravedad y como si nada. Eso ya no es culpa de un gobierno. Nadie intelectualmente honesto puede sostenerlo, culpándolo. Aunque es extraño que los yanquis lo hagan, porque su país no es precisamente la muestra de ejemplo en veracidad y prevención de esta tragedia. Teniendo tanto qué medir en su patria, miran al vecino. Facetos. Y admírese usted de los encandilados que aquí les dan juego prestándole oídos a ilustres desconocidos.
En esa tesitura, quienes tampoco pierden el tiempo aprovechando esta pandemia, no solo son los chinos –acusados de sacar raja económica a río revuelto– sino los israelíes. En plena crisis, con juicios de corrupción encima, el premier israelí Netanyahu anuncia la anexión a la mala, del 30% de Cisjordania. Sin más. Un error táctico, acaso un mal cálculo político, pero no distractor. Sabe lo que hace. Va buscando un detonador para un alza de popularidad. Después de todo, ha llevado a su país a un callejón sin salida en la rivalidad palestino-israelí. Él ha durado demasiado y la última la reelección la ganó por los pelos. La anexión no lo troca en un gran político, después de todo, que ha encajonado a la clase política de su país, incapacitándola para construir un mejor liderazgo dentro de sus filas o las ajenas; que lo derrote en las elecciones y desde luego, el arrebato amenaza con desencadenar una nueva crisis regional. Es una brutalidad proseguir en ese proyecto anexionista. Total, ya se ha borrado el nombre Palestina de algunos buscadores, pero su memoria no será tan sencillo. Al final EE.UU. no lo permitió.
En tanto, mientras a algún desaprensivo se le ocurre el infortunio de alzarle una estatua al impresentable israelí, quizá nunca haga falta derribarla si por fortuna no la erigieran. Como no hacía falta la grosera agresión a la efigie de Cervantes y a San Junípero Serra en California. Siniestrar la primera es una idiotez absoluta y un insulto a los hispanohablantes en una región que habló primero español y lo preserva, pese al inglés. Y la acometida contra la de Serra es una invectiva a la inteligencia…al sujeto que abrió en definitiva la Alta California a Occidente y que antes provenía de Querétaro, en el centro de México, donde consolidó un sistema de misiones que hasta hoy son apreciadísimas, encabezando una incansable tarea catequizadora y colonizadora. Derribarla es de una ignorancia ofensiva y de malandros malnacidos. Es un atentado repudiable por insensato y violento.