Hacía un día muy hermoso, de esos que bañan de sol el jardín al mediodía y donde las cosas parecen vibrar sin apenas hacer ruido. Algo tal vez idílico que no puede durar demasiado pero que hay que absorber profundamente por si acaso. Una casa grande un tanto destartalada donde se habían plantado toda clase de árboles con ese afán de mezclar lo sensato y propio del lugar con lo exótico de los recuerdos e imágenes de los viajes. Adelfas gigantes en forma de copete que se habían transformado desde arbustos adolescentes llenándose de flores, en especial las blancas; palmeras que crecen despacio y que ansían convertirse en gigantes como las de los indianos; uñas de gato que me traje del sur para tapizar, imparables, las calvas del césped; también nísperos, bambús, sauces, limonero, naranjo, moreras,... y como aún pretendemos que una casa sea parte de un arca con selva y playa, hay que sumarle un montón de chihuahuas, gatos, peces y tortugas en el estanque y lo que no pusimos pero que se viene por su cuenta, como son las avecillas, ardillas, palomas, cacatúas argentinas y las todo poderosas urracas al borde de la piscina sin inmutarse y graznando.
Pero una ausencia cortaba ese retablo como una guillotina y era el no sentir a los niños. Se habían quedado a dormir varios amiguitos de esa década de entre 5 y 15 años, que no suelen compartir ni tiempo ni siquiera vistazos, pero que ahora no atestaban la cocina, ni se despanzurraban en las salas, ni parecían desaguar la piscina, ni arrojar ingenios tremebundos desde la terraza, ni pelearse entre ellos.
Los encontré a todos apiñados en el suelo, en un recodo junto a la escalera, que no tiene ni nombre ni apellidos, algunos todavía en pijama, formando un corrillo, riendo y murmurando en tres dimensiones que aglutinaban a esos vaqueros e indios con los integrantes de una secta infantil que ya estuviese germinando en total armonía sin razón y sin lenguaje.
¿Pero por qué estáis aquí con el día que hace y…?
Alguno levantó la cabeza y mirándome incrédulo pero con total convicción de lo que respondía al tarado adulto y en nombre de todos, dijo.
- Porque aquí es donde mejor llega la WIFI- y siguieron a lo suyo con sus teléfonos y sus tablet.
Resulta ahora que después de cien o doscientos mil años volvemos a la guarida ficticia que no necesita una portezuela como en origen, ni ventanas, ni estancias, ni nada de nada y donde el único miedo que les atenaza es el de quedarse sin WIFI.
¿Sería este corrillo a mis pies el germen de un ritual ininteligible al que se van sumando los jóvenes como debía ocurrir con los perseguidos y plañideras de las catacumbas ante los atónitos romanos, ya que sin notar mi presencia pueden seguir en éxtasis durante horas y horas obedeciendo a las voces provenientes del más allá?
Con el confinamiento te quedas como digo yo confitado, porque el primer vocablo no hace justicia al vacío lleno de angustias en el que realmente sientes que tu personalidad se estuviese cocinando o caramelizando, a resultas de lo cual también hay cambios radicales en el envase de tu casa, tu barrio y tu ciudad, poniéndonos a prueba con más difícil serenidad de la que manteníamos en un velatorio o de la que es capaz una religiosa en su celda de clausura.
Esta situación será para la mayoría pasajera y trataran de recuperar lo que tenían o aproximarse, sin embargo lo de la WIFI es una corriente aún más generalizada y profunda que va a soterrar desde muy pronto y desde bien abajo todas las reglas de la convivencia y la arquitectura que hoy son norma, dejando sin sentido las tradiciones que arrastrábamos en la generación que pasa, la mía, y la de todo aquello que no se de por enterado. Puede que tenga un doble sentido, ésta y su contraria o como queramos llamarla, lo que está muy bien ilustrado en la película Oblivion (Joseph kosinski 2013), donde un ser humano semivirtual del futuro se sumerge en arrebato imparable en la choza campestre del típico americano, que no sería sino la miniatura o réplica de mi casa, para encontrarse a sí mismo y dar sentido a su memoria. Su vida está en la ficción y la fascinación tecnológica, pero su alma en una arroyo de cuento con libros y chimenea.
Estos niños, portadores de la nueva humanidad, dejan obsoleto nuestro concepto de casa, donde hasta ahora nos cobijamos.
¿Cómo será su casa?