La conmoción, de Eva Mir, Alfredo Sanzol y Victoria Szpunberg
Director de escena: Alfredo Sanzol
Intérpretes: Javier Hernández, Natalia Hernández, Jesús Noguero, Fermanda Orazi y Camila Viyuela
Lugar de representación: La Ventana del CDN (en streaming)
Por Rafael Fuentes
Se trata de un conjunto de piezas engarzadas por el tema común de la más voraz crisis sanitaria actual, bajo la rúbrica unitaria de La pira. El pasado viernes 26 de junio se emitió en directo la primera entrega de La pira, compuesta por tres piezas breves agrupadas por el asunto -y título- de La conmoción. Estos tres dramas de La conmoción se mantendrán streaming y podrán verse de forma gratuita a través de la Red -aunque desde aquí solicitamos tanto al CDN como al Ministerio de Cultura que se mantengan en línea todo el verano, al menos hasta que se reabran los recintos del CDN con el fin de que los espectadores tengan la oportunidad de apreciar de manera unitaria una obra concebida de un modo tan multifacético. Importante es tomar nota de que hoy viernes 3 de julio se retransmitirán en directo las piezas agrupadas bajo el título común de La distancia -esa que es literalmente física, con el propósito de evitar el contagio, y a la vez figurada y profundamente simbólica de las grietas, brechas, quieras que vivimos hoy-, a partir de textos de Andrea Jiménez, Noemí Rodríguez, Pau Miró y Juan Mayorga. Gran expectación este viernes 3, a las 20:00 h. desde el Teatro Valle-Inclán de Madrid, ante tan arriesgado, insólito y prometedor estreno. Las expectativas tras el confinamiento y los desafíos tras la pandemia ocuparán el tercer montaje del 10 de julio con otras tantas piezas breves vinculadas al último título: La incertidumbre.
El primer acierto radica, sin duda, en la denominación común de esta sucesión dramas unidos en un solo espectáculo: La pira. En “la pira” encontramos ancestrales ecos míticos que se remontan hasta los orígenes de la Humanidad, con sus vertientes tanto de castigo y expiación colectivos como de purificación y esperanza. Los cientos de miles de cuerpos sin vida hacinados durante el azote de una plaga -aquellos espantosos flagelos del cólera o de la peste-, solían ser las teas que iluminaban la noche de las ciudades, tal como la Íliada inmortalizó en nuestros temores: “sin pausa ardían densas las piras de cadáveres”. Las piras de fuego usadas en las ordalías o para abrasar a las víctimas de sacrificios, la hoguera empleada para quemar los cuerpos de los difuntos. Y, sin duda, en la actual pandemia el fuego ha sido discreta pero profusamente utilizado, con aparente rigor tecnológico, para borrar los vestigios de los condenados a una muerte prematura. Y de forma simultánea, esa hoguera terrible posee, sin embargo, también, atávicas resonancias de esperanzas e ilusiones de los seres humanos atribulados, en otros ritos del fuego que nos aproximan a la fecundidad y el renacer de los rayos solares y la liberación en el corazón de los hombres de miedos y aflicciones. Esta tradición purificadora ha llegado hasta nuestros días a través, por ejemplo, de festividades como la Noche de San Juan. De manera tácita, el montaje de La pira evoca un ineludible sustrato de terror al recordar esos cientos de miles de cuerpos sin vida de la actual pandemia consumidos por el fuego de los crematorios. Pero es voluntad de los autores que prevalezca esa otra vertiente de la hoguera que es la renovación espiritual y el renacer tras la postración. Se han prohibido este año las fogatas de la Noche de San Juan, por razones sanitarias. La pira trata de sustituirlos -estrenada en una noche de finales de junio- siendo la versión escénica de las hogueras rituales. Una trilogía sobre el coronavirus con una vocación liberadora, purificadora, catártica frente al miedo y el dolor, tal como sucedió siempre desde los orígenes mismos del arte escénico. No en vano, el CDN ha bautizado esta singular producción como “streamings catárticos”.
Este timbre coloquial de quien habla a unos amigos próximos, está reforzado en este caso por la ruptura de la cuarta pared. Lo normal es que esto se hubiera hecho dirigiéndose de forma natural y directa al público, creando la ilusión de una tertulia improvisada. Pero, como es obvio, no hay ningún público físico al que interpelar. Así que la cuarta pared se rompe más bien con una mirada constante del actor hacia la cámara, que a su vez se mueve a través de los pasillos, un tanto laberínticos, de las plantas altas del María Guerrero que Mikel recorre. Parece evidente que la constatación de actos y pesadillas terribles o triviales, nivelados bajo una ola de muerte, se superponen como cascotes tras un derribo porque las ideas aún siguen destruidas por los efectos de la conmoción, tal como el propio Mikel reconoce.
Jesús Noguero nos comunica sin estridencias impostadas, con una naturalidad llena de matices, esa percepción subjetiva de una debacle que va dejando un reguero de muertos. Esa rememoración -más que reflexión- se va abriendo gradualmente, peldaño a peldaño, a una trabazón que no da significado a lo que sucede sino que ofrece un motivo de esperanza ante el sufrimiento. Su deambular ha desembocado en el patio de butacas del teatro y después en el escenario. En ese itinerario -simbólico- nos cuenta cómo diversos artistas han comenzado a grabar obras en sus casas para subirlas a la Red. La creatividad no ha muerto. Mikel, al comenzar a escribir estas memorias, por fin, ha podido llorar por primera vez. En la creación, pues, radica, la verdadera terapia. El duelo y la catarsis empiezan ahí. Se trata de la primera fogata terapéutica de esta Noche de San Juan teatral. Solo un primer paso. Pues Mikel al pisar el escenario, expresa su determinación de no volverse a bajar de él, aguardando a un público que pueda aplaudir o abrazarse sin tasa. Las tablas de la escena se llenan de limpiadoras con mascarilla que pasan sus mopas para que el espacio quede libre y limpio, y la acción se pueda reanudar. La imaginación creadora es el remedio para que el teatro -junto al gran teatro del mundo-, reanude su marcha, recobrando sus pulmones y su voz.
Ya en esta primera pieza se esboza un desafío técnico que con toda probabilidad irá cobrando con el tiempo poco a poco más relevancia. Lo habitual es grabar las funciones con una o dos cámaras estáticas, y dejar así constancia de un arte por esencia efímero. De este modo suele hacerlo el Centro de Documentación Teatral. Un recuerdo inestimable. Pero a la vez un método arqueológico, tan primitivo como rudimentario. El streaming ha llegado al teatro para quedarse, y plantea el problema de una fusión de lenguajes artísticos de gran interés. Uno: el trabajo escénico. Pero la intención dramatúrgica no puede atraparse con una cámara inmóvil. Se necesita utilizar creativamente la gramática de las imágenes grabadas. Esa dialéctica entre representación directa y el lenguaje de las imágenes captadas por la cámara abre un campo de investigación y creatividad interesantísimo y aún por explotar.
En el caso de Mikel y la conmoción se ha resuelto con un pausado trávelin acompañando el paseo del actor, junto a una mirada del protagonista a la lente de la cámara rompiendo la cuarta pared, y planos neutros con algún plano contrapicado ocasional, y un contracampo al fondo, con imágenes de la entrada a Urgencias de un hospital. Suficiente para un soliloquio relativamente corto. Ya la luz y el sonido teatrales no se adecúan, por momentos, a las exigencias impuestas por la presencia de una cámara. ¿Cómo se debería afrontar un montaje más complejo, con múltiples actores, acciones paralelas y presencia de público? En las siguientes piezas, los autores han incrustrado advertencias al espectador explicando lo que debería ver o sentir. Claro síntoma de su gran inseguridad ante este reto artístico. Se trata de un territorio todavía por investigar, campo de innovación y reflexión.
La pieza siguiente de esta primera entrega de la trilogía La pira, es Eva y la conmoción. Su planteamiento se inscribiría en una visión de la pandemia desde una perspectiva de género. Inevitablemente recuerda al ya célebre reportaje de una periodista italiana en el momento más letal de la plaga, que resumía: “Parece que los hombres son los que más mueren, pero las mujeres son las que más sufren”. Un tributo inexcusable a la corrección política. La protagonista es una inmigrante argentina llamada Eva S.- por Evita Perón-, que ha sido estafada por los consejos bancarios de una Eva V. española, de modo que en la semana más dura de muertes y contagios -lo escuchamos en la omnipresente voz del epidemiólogo Fernando Simón-, los números rojos de su cuenta bancaria caen en una deuda vertiginosa a la vez que el Banco permanece cerrado a cal y canto y su servicio on line se mantiene paralizado. Estamos en el polo opuesto d la naturalidad intrahistórica de la tragedia en Mikel y la conmoción. La segunda pieza se desarrolla dentro de un costumbrismo melodramático pautado por conocidas consignas políticas. Cuando la inmigrante Eva S. logra contactar con la autóctona Eva V. descubrirá que esta última no es insensible, sino víctima de otra catástrofe: la violencia de género. La pandemia actúa como un decorado circunstancial. Los sufrimientos de ambas facilitan la fraternidad femenina, atormentada por la inmigración, los malos tratos, el patriarcado, el abuso de los banqueros, las patrañas de la Iglesia y la indiferencia del Dios cristiano.
Mucho más creativa es la tercera obra Marta y la conmoción, en la que la protagonista corre sin sentido mientras se escucha un diálogo de Forrest Gum cuando cruza por segunda vez el Mississippi. ¿Por qué corres? ¿Por la paz mundial? ¿Por la gente sin hogar? ¿Lo hace por los derechos de la mujer? ¿Por el medio ambiente? ¿Por los animales? ¿Contra las armas nucleares? Pero el “tonto” de Forrest no lo hace por ninguna consigna: “¡Solo tenía ganas de correr!”. Marta se suma a esa carrera alocada en un pronto sin mucho sentido, en plena noche. La conmoción por la pandemia adopta en su caso la forma de un choque alegórico con la bicicleta de un repartidor de Glovo, que además de dejarla conmocionada en el suelo deteniendo su carrera gratuita le apremia asimismo a hacer una meditación, por supuesto alucinada, dadas las circunstancias, pero no por eso superflua o disparatada sino inteligente en su extravío. La conmoción física tras el encontronazo encarna, pues, la conmoción colectiva de una sociedad que se ve obligada a dejar de hacer las cosas por rutina. Jugoso diálogo entre la atropellada y el repartidor, con un habla coloquial lleno de viveza, ingenioso, sorprendente, que abre paso a cavilaciones pasmosas que llevan a ver todo, en esa noche eterna, desde una nueva perspectiva insólita. “Y si no hay un mañana. No quiero que el Apocalipsis me pille haciendo un bizcocho”. Lo que antes queríamos, empezamos a no desearlo: “Nos imponemos lo que queremos, y lo que queremos es otra cosa”. La conmoción nos impele a tomar conciencia de nuestra anterior muerte en vida: “Todos estamos más muertos que los muertos, y nos ponemos a contabilizar muertos para creernos más vivos que ellos”. Sin perder la naturalidad del diálogo, es aquí donde el montaje de La conmoción comienza de verdad a reflexionar. O mucho mejor, a hacernos reflexionar más allá de los estereotipos Excelente teatralidad plenamente lograda.