Opinión

Medida por medida

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 03 de julio de 2020

La lectura de Nuestra Cultura, ¿qué ha sido de ella?, del pensador británico con residencia en Francia, Theodore Dalrymple, pseudónimo de Anthony Daniels ( 1949 ), me ha hecho recordar en uno de sus capítulos la controvertida comedia de William Shakespeare, Measure for measure, a la que Coleridge denominó “la más penosa obra de Shakespeare”, y que “quizás sea lo único pésimo de su sublime trabajo”. Es que la tolerancia con la bragueta siempre ha tenido esforzados perseguidores entre las buenas gentes, sobre todos los hijos de los vicarios. Y es que en cuestiones de sexo Shakespeare se coloca aquí, en esta obra, entre el rigorismo moral despiadado, esto es, un totalitarismo demoníaco utópico fariseo ( Ángelo ), y el fundamentalismo libertario que permite el triunfo alegre de la pura animalidad sobre la civilización humana ( el cínico Lucio ). Shakespeare nos lleva a la proporción, a reconocer las limitaciones que nos impone nuestra frágil naturaleza y, al mismo tiempo, a no abandonar el esfuerzo por controlarnos. Ni el rigorismo moral ideológico, que puede convertir al hombre en un ser infeliz, frío y despiadado, ni la bestialidad de los instintos primarios que pueden animalizarnos. E incluso entre los dos males Shakespeare prefiere la alegre animalidad, ajena a doctrinarismos insalubres.

Es el caso que en la obra el Duque de Viena, tras 19 años de gobierno, se da cuenta de que las leyes protectoras de la moral han estado aletargadas y tan descuidadas que “Liberty plucks Justice by the nose, the baby beats the nurse, and quite athwart goes all decorum” (“la licencia hace mofa y escarnio de la justicia; el niño de pecho golpea a su nodriza y se pierde toda noción de decoro”). Contra esta situación el Duque simula hacer un viaje a Polonia, cuando en realidad se queda en Viena en un monasterio, y deja a Ángelo, hipócrita demoníaco, como el encargado de empezar a meter en cintura a los vieneses. Inmediatamente Ángelo, hombre aparentemente frío con la sangre de horchata, de maligna inteligencia e hipócrita redomado, aplica una ley adormecida a sangre y fuego, y con ella condena a muerte, como castigo ejemplar, a Claudio, por haber dejado embarazada, antes del matrimonio, a la mujer que ama, Julieta. Su amigo Lucio, un cínico cuyo cinismo lo va a ahorcar, va al convento en donde la hermana de Claudio, Isabel, está a punto de ordenarse clarisa informándole de la razón que hay para la ejecución terrible de su hermano: “Por una acción que a ser yo su juez le valdría gratitud en vez de castigo; tener un niño de su buena amiga”. Es la voz moderada del propio Shakespeare. Y la anima para que vaya a pedir clemencia al propio Ángelo. Ante la inminencia de la ejecución Isabel intenta demostrar al terrible y satánico Ángelo, con magníficos y donosos argumentos, la sinrazón de la muerte de su hermano, y lo que consigue es que la sangre de horchata del ministro se vuelva sangre de verdad, y se enamore demoníacamente de Isabel.

Mientras tanto, Escalo, lugarteniente de Ángelo, ordena derribar todos los burdeles de Viena, contra lo que el gracioso Bufón sostiene que si se decapita a todos los jóvenes que visitan los burdeles, también el de su amiga, la Sra. Overdone, Viena se quedará sin cabezas masculinas en sólo diez años.

Isabel vuelve a pedir clemencia para su hermano, y entonces el pérfido puritano Ángelo le confiesa que la desea, y que su hermano puede escapar del verdugo si se entrega a él. Entonces Isabel, siempre muy aguda, hace comprender al inquisidor la monstruosa contradicción moral que está sosteniendo: “Mi hermano amaba a Julieta, y me decís que es preciso que muera por eso”. Pero el malvado Ángelo no se detiene ante la lógica de la verdad y la moralidad, y le vuelve a proponer que se deje corromper. Isabel lo tiene claro: “es preferible que muera mi hermano en vez de morir yo eternamente por salvarle”. Y acto seguido le amenaza con que toda Viena se va a enterar de su perfidia. Entonces Ángelo pronunciará una frase digna de Pablo Iglesias: “my false o´erweighs your true” (“Mis mentiras tendrán más crédito que tus verdades”).

Marcha a la cárcel Isabel para contarle a Claudio la propuesta ignominiosa del ministro, y el Duque, disfrazado de fraile la escucha. El miedo a la muerte hace que Claudio vea en la prostitución de su hermana una posibilidad plausible para salvar la vida. Al fin y al cabo Isabel aceptaría sólo coaccionada, sería una especie de violación que dejaría a la víctima sin pecado alguno. Su hermana se niega horrorizada; no se puede jamás ceder ante el mal. Ángelo “es simplemente un demonio; si sacaran de su corazón todo el fango que lo llena, nos parecería un abismo tan profundo como el infierno”. Enfadada con su hermano, Isabel se tropieza con el Duque, que disfrazado de monje, como confesor del ministro corrompido, le dice a Isabel que la proposición deshonesta de Ángelo era sólo un simulacro del valido para probar la pureza de ella. Tras ver cómo llevan a la cárcel a los mercaderes de la prostitución, el Duque hace una reflexión ante Codo interesante: “¡Plegue al cielo que fuésemos todos lo que algunos quisieran parecer y tan exentos de vicios y tan virtuosos como parecemos”.

La casualidad hace que el Duque, disfrazado de humilde fraile, se encuentre por la calle con Lucio, quizás trasunto del propio Shakespeare y paradójicamente el único condenado a muerte de verdad en esta comedia, quien sin saber quién es le informa de que Ángelo se está extralimitando, que con los pecados de la carne hay que tener cierta indulgencia, y sospecha que la política criminal de Ángelo se puede deber a que en realidad sea “un autómata impotente”, “un ministro eunuco que despoblará las provincias a fuerza de continencia”.

Pensando en la malignidad hipócrita de su valido, el Duque hace magníficas reflexiones sobre todos aquellos políticos que podríamos llamar justicieros y demagogos: “Si su propia conducta responde del rigor de sus juicios, nada habrá que reprocharle; pero si llega a sucumbir, se ha condenado él mismo”(…)”Quien deba empuñar la cuchilla del cielo debe ser tan santo como severo”(…) “Hay que ponderar el castigo ajeno con el peso de las propias faltas. ¡Pero ay de aquél cuya cruel cuchilla mata por un delito a que le arrastra su propia inclinación!”

Lo que parecía una tragedia sobre la hipocresía de la autoridad moral del poder estalla en una comedia de enredo en el IV Acto. El Duque disfrazado urde con Isabel una graciosa trampa para engañar al desvergonzado ministro quien, por cierto, ya había seducido a una mujer, Mariana, con la que el malvado no se desposó al perder las riquezas el padre de ésta. El verdugo engaña también al siniestro Ángelo entregándole la cabeza de un pirata que murió de enfermedad en la prisión, en vez de la del condenado Claudio, que cuenta con la protección del Duque. Como en todas las comedias shakesperianas la ironía es frecuente. Se le hace a un alcahuete ayudante del verdugo, y cuando se entera Abhorson, el verdugo, que su compañero trabajaba de criado en un burdel, clama al preboste: “¡Alcahuete, señor! Desacreditará nuestro oficio.” Mientras, el Duque nos sigue diciendo pensamientos de moral política: “Were he mealed with that which he corrects, then were he tyrannous” ( “Si está manchado con el vicio que castiga, entonces será un tirano”).

Toda la endiablada trama se resuelve en el último acto, como buena comedia de enredo que es. Claudio sale vivo para casarse por fin con Julieta. Isabel se casará con el propio Duque. El malvado Ángelo, después de desvelarse toda su maldad, será obligado a casarse con Mariana, siendo sólo el amor de ésta la razón de que no pierda la cabeza. Por otro lado, “el crimen de Ángelo no fue más allá del deseo, y abortó antes de ser ejecutado. Los pensamientos no están sujetos a la ley”. El único en morir es el enigmático Lucio, quien muere no por libertino, sino por mostrarse cínico y sin esperanza ante el poder.

Shakespeare, en fin, nos plantea en esta obra una idea audaz, que está mucho más allá de la interpretación de Theodore Dalrymple; se trata de una idea del hombre moderna, no sagrada pero profundamente católica, una antropología que concilia las necesidades “animales” del hombre con las “sociales”. El hombre aristotélico es un animal social o de ciudad, en donde el sustantivo no tiene menos peso que el adjetivo, un sintagma en que los dos términos hay que armonizar y no enfrentar. Sin duda Shakespeare nos pone sobre escena esta realidad descarnada y auténtica del hombre, que debemos aceptar siempre con espíritu clemente, liberal y siempre realista. Una idea profundamente católica, además.