Sigo, aunque no lo haga con el detenimiento, casi profesional, que dedico al Reino Unido, los avatares de la política francesa. Pienso que el entendimiento de esta debe trascender sus acontecimientos superficiales, que en este momento pueden ser las recientes elecciones municipales, que han obligado al presidente Macron a provocar una crisis de gobierno ,sustituyendo al primer ministro Edouard Philippe por Jean Castex, esto es, un exponente de la vieja política por un tecnócrata moderado y flexible, y tratar de ir al fondo. El fondo debe consistir en encontrar alguna explicación a lo que podríamos llamar le malaise français, como sentimiento de malestar o disgusto bien arraigado en la sociedad y la política en nuestro país vecino.
La existencia de este disgusto francés, aunque acotado al sistema político, ya se traslucía en algunos trabajos en la sociología o la teoría constitucional como es el caso de Pierre Rosanvallon, cuando hablaba de la crisis de la representación en un conocido libro. Aunque el historiador y sociólogo argumentaba en términos generales y pensaba en soluciones asimismo universales, sin duda alguna se estaba refiriendo a Francia: la crisis del sistema representativo pedía una revisión de la relación entre electores y parlamento en la que eran una pieza fundamental los partidos políticos, proponiendo un complemento de la democracia averiada consistente en instituciones de racionalidad e imparcialidad, en referencia a la justicia constitucional o las administraciones profesionales e independientes. Rosanvallon pensaba, de otro lado, que la salida de la crisis demandaba un nuevo tipo de gobierno menos autoritario y más cercano.
A la problemática de la crisis del sistema político se dedica un interesante análisis en el último número del NYRB que pasa revista a diversos episodios de la reacción francesa ante la epidemia del Covid 19 (Rachel Donadio, The New Review of Books,23 de Julio, que confirma, por lo demás, algunas apreciaciones que había formulado el historiador francés Pierre Nicolás Bavarez en un lúcido artículo en El Pais, “La Degradación francesa”,recientemente) . La primera constatación es que la malaise continúa y no ha disminuido. Sigue siendo indefinida, pero los franceses permanecen insatisfechos cuando contemplan su imagen real con la que les gustaría ver. “Hay un choque explosivo entre la teoría y la práctica, lo ideal y lo real”. Se ven como una nación modélica que no se corresponde con su situación presente.
El tratamiento de la pandemia no ha sido catastrófico, pero ha resultado mediocre: así reconocimiento tardío, que explica la celebración de elecciones municipales en la fecha tan avanzada del 15 de marzo, cifras bastante altas de fallecidos hasta ahora, alrededor de 30000, equívocos sobre el uso de mascarillas, la disposición con carencias de respiradores…En un país en el que la fe en el Estado es fundamental, resulta que el sector publico sanitario no ha funcionado con la eficiencia que se esperaba, ni el sistema de salud ha respondido a su pretendida solvencia. Las ventajas de la organización unitaria y homogénea, o sea el centralismo, no han aparecido en la crisis y la capacidad de protección de la sanidad publica a la sociedad ha sido discutida. Si se añade la percepción de que se ha podido generar una actuación limitadora de las libertades, patente en la creación estatal de la app stopCovid, alertando a la gente si han estado cerca de alguien que ha dado positivo, generando incluso una cierta infantilización de los ciudadanos ante el paternalismo sanitario, la decepción es inevitable.
De modo que quizás ha tomado cuerpo una constatación obvia. Si los italianos, dice Donadio con ironía, se han podido sorprender descubriendo en la pandemia que tenían más estado del que pensaban, los franceses han descubierto con disgusto que su estado ha fallado, y especialmente su sistema de salud, que creían era el mejor del mundo, no ha resultado tan robusto como pensaban. Sin duda lo que ha molestado más a la psique nacional es el contraste con la gestión alemana de la crisis sanitaria que se ha cobrado un tercio de las victimas mortales de Francia, ha impuesto menos restricciones a los ciudadanos y negocios y que espera perder en su PIB un 6 por cien frente al descenso, entre 10 o 13 puntos, que caerá en Francia.
Difícilmente el Presidente Macron evitará ser el damnificado de la crisis, pues él encarna el Estado y puede convertirse, por ello, en el blanco del descontento, el desengaño o la confusión de los ciudadanos que lo pueden considerar su victima propiciatoria, estando por ver que su arrogancia, imperatividad y falta de empatía le capaciten para capear el temporal.
Posiblemente la oposición a Macron no se juegue en las instituciones, donde la oposición se mostrará inoperante, sino en las calles. Hay varios frentes abiertos: las protestas de los chalecos amarillos, la resistencia a reformar las pensiones, la enemiga sindical a la racionalización del sector público. Añádase, en la estela de la muerte de George Floyd y la movilización Black Lives Matter , el caso Adama, que denuncia, en un supuesto no suficientemente esclarecido, la brutalidad de la policía francesa especialmente contra la gente de color. Muchos pensarán en solapar los movimientos de los chalecos amarillos y la Justicia para Adama manifestándose de modo conjunto contra un supuesto estado represivo y elitista que responde con fiereza inhumana a las protestas.
El Presidente Macron no dispone de mucho margen: no puede malquistarse a la policía, que garantiza la observancia de los mandatos sanitarios y contiene las revueltas, ni puede cambiar la orientación general de su manejo del pluralismo racial francés, cayendo en el comunitarismo, justo lo opuesto a su idea del universalismo. Tampoco, ha dicho en su último discurso, retirará estatuas, aunque haya prometido “repasar nuestra historia, especialmente en relación con África”.