“Ninguna cosa me da más horror que el espejo en que me miro: cuanto más fielmente me representa, más fieramente me espanta” Este dicho de don Francisco de Quevedo suena a música celestial; ahora bien, cuando Pedro Sánchez pide a los españoles "no tener miedo" y "salir a la calle" para "reactivar la economía" es cuando la literatura pierde su gran predicamento y se abre el lado oscuro del espejo en el que se mira el presidente del gobierno cuyo reflejo es también el nuestro.
A mí no me da ningún miedo formar parte de la especie humana, más que otra cosa porque no me veo en la necesidad de seguir creyendo ni en el hombre del saco ni en el actual gobierno; tampoco soy de mucho espejo porque me tengo muy visto, de manera que entro, salgo, convivo e incluso mantengo la buena costumbre de consumir productos españoles de los que benefician a nuestro comercio de barrio para reactivar la economía, la de verdad. Ahora bien, una cosa es no tener miedo y otra muy distinta es escuchar a don Pedro decir que no lo tengamos. Eso me da pavor. Cuando el susodicho sale a los medios y nos brinda la faena, una de dos, o en el ruedo no hay nada que embista o es una de sus famosas mentiras.
A mi edad lo de aspirar a ser un héroe es poco menos que un ardid para contentar a mis nietos y que éstos no se llamen a engaño con frívolos personajes de ficción que lejos de ejercer en razones lo que hacen es intimidar con mentiras. Son los inductores del miedo utilizando el nuevo orden verbal para alimentar el temor a escala de Richter y con ello modelar el pensamiento de la población hasta convertirla en auténticos semovientes. Considero que es mejor eliminar de nuestro entorno lo que no conviene escuchar y dedicarse a vivir en orden a lo que acontece. ¿Y qué es lo que acontece? –se preguntarán ustedes, pues una secuencia tan preocupante como finamente diseñada por quienes persiguen el ideal de llevarnos a la miseria y a la destrucción de todo aquello que hasta ahora representaba un estado de pervivencia más o menos controlada bajo el seudónimo del estado del bienestar, también conocido como democracia; o sea, libertad bien entendida y mejor administrada.
La hoja de ruta está marcada desde hace tiempo por quienes nos han hecho prisioneros de un nuevo sistema mundial basado en el engaño y en la doble moral. Basta tomar la referencia del colapso sanitario y económico para darnos cuenta del ensayo producido a base de aislamiento, control de masas, repetición de mensajes tenebrosos o manipulación emocional. Y digo ensayo porque el estreno de la gran obra holística que se cierne sobre la humanidad va a depender mucho de nosotros el poder evitarlo, suficiente con echar mano de la libertad de orden, el auspicio de nuestra Carta Magna que lo respalda y el de una justicia independiente y valerosa.
Comprendo que nos acaban de abrir la jaula y ahora sea más importante una cerveza bien fría; lo entiendo porque yo mismo me he vendido a un refrescante y generoso tinto de verano para sentirme por dentro, pero lo que acontece lo es por fuera y mucho me temo que vaya más lejos de la arenga patriótica impartida por don Pedro tras calificar de "titánico" el esfuerzo que ha hecho la sociedad española para "tener controlada la pandemia" y mostrarse "orgulloso" de un país que ha demostrado "disciplina, resistencia y moral de victoria". También se ha referido a los rebrotes que se están produciendo pero les ha restado trascendencia. Algo muy de la casa.
Por eso me da miedo que el reflejo del espejo en el que se mira un gobierno reverbere en mentiras causando espanto, y en eso me siento identificado con el ilustre Quevedo por su loable aserto. Todo esto me parece una total desvergüenza cuando de sobra es conocido el devenir de una desastrosa gestión que no solo se ha llevado por delante un número indeterminado de personas, sino que esa misma sociedad española a la que tanto gozo y orgullo engendra en don Pedro aún desconozca la cifra real de fallecidos victimas del COVID-19. Entonces que alguien me explique cuál es la razón del porqué silencian de manera tan impune el total de muertos acaecidos. ¿Quizás porque les importamos la nada más absoluta?
Vean ustedes y juzguen la nula importancia que se nos dispensa cuando en la misa funeral celebrada por las víctimas del coronavirus este último lunes en la catedral de la Almudena, la única representación del Gobierno estuvo en la figura de la vicepresidenta Carmen Calvo, es decir, ni Pedro, ni Pablo, ni nadie en delegación de Podemos. Ni tan siquiera la TVE, como saben cadena pública al servicio del contribuyente, se ha dignado en retransmitir un acto de interés general para todos los españoles, por cierto, los mismos que venimos dando ejemplo de cautividad, sacrificio y moral de victoria, a decir de don Pedro. Está claro que los muertos, los vivos y los asimilados somos moneda de cambio para otros fines cuyo resultado se antoja cada vez menos fiable. Es lo que tiene el mirarse al espejo por su lado más oscuro, pero hay a quienes su narcisismo patológico les obliga a excusar lo que no le interesa ver, ya saben, “Espejito, espejito ¿quién es el más bello y mentiroso del reino? Pues eso.