Opinión

La creación

TRIBUNA

José María Méndez | Jueves 09 de julio de 2020

Llamemos csCOSMOS a la inmensa fórmula consistente que sea el correlato lógico de cuanto existe en nuestro mundo. Obviamente está fuera de nuestro alcance intelectual. Pero sabemos que se trata de una fórmula consistente. A todas y cada una de las realidades de nuestro cosmos le corresponde una consistencia parcial. Y la conjunción de todas esas consistencias parciales es otra consistencia. Precisamente la csCOSMOS.

Todos los sofisticados cálculos matemáticos que han resultado verdaderos al aplicarse a nuestro mundo están incluidos en esa csCOSMOS. Esta inmensa fórmula comprende todas las propiedades de individuos (predicados monádicos) y todas las relaciones entre individuos (predicados diádicos, triádicos, etc.) que existan entre todos los individuos que integran nuestro mundo. Los cálculos matemáticos son siempre relaciones entre individuos.

También pude decirse lo mismo de la teoría de la evolución de Darwin hasta la psique de los animales superiores. Excluido el salto hasta el espíritu humano, esa teoría puede haber arañado algo de la piel, de la csCOSMOS, por así decir.

Según lo anterior, lo más apropiado sería atribuir la autoría de la fórmula csCOSMOS al Logos divino. Esto parece contradecir la tradición cristiana, que considera a Dios Padre como único autor de la Creación.

Pero la vieja distinción entre esencia y existencia, que debemos a Avicena, nos saca de apuros. La esencia de un centauro está bien clara: cabeza y torso como un hombre y el resto del cuerpo como un caballo. Sólo falta la existencia. En realidad, la triple correspondencia entre LOGOS y ESSE no es sino la distinción de Avicena mejorada a la luz de la lógica moderna.

Esta distinción hace compatible asignar la esencia, o la autoría de la fórmula csCOSMOS, al Logos o Dios Hijo, y su paso de la nada a la existencia al Ipsum Esse o Dios Padre.

Por otra parte, en la misma inmensa fórmula csCOSMOS brilla también la Belleza en sí como origen de todo lo que hay de bello en el mundo, tal como indicado en el artículo de 05/07/20. De modo paralelo, podemos asignar la esencia de la belleza del cosmos al Ipsum Pulcrhum, y su existencia al Ipsum Esse.

Así pues, en vez de oponernos a la tradición cristiana, más bien la enriquecemos al proponer que la creación es obra de la entera Trinidad. Pero de acuerdo con la tradición, Dios Padre sigue reteniendo el poder último de dar el ser a algo, traerlo desde la nada a la existencia, pronunciar la palabra decisiva fiat.

Otro tema aquí pertinente es comprender que la creación no altera la triple correspondencia originaria. Que una consistencia pase de ser posible a ente actual no hace desaparecer la posibilidad como tal. Más bien la reafirma. Si algo existe de hecho, es obvio que su posibilidad de existir sigue intacta.

Lo que se altera es la posibilidad opuesta mientras la creación dure. Si en nuestro mundo se realiza la modesta consistencia lógica si llueve, entonces el suelo se moja (P→ Q), no puede existir a la vez otro mundo en que -(P→ Q) sea una realidad. Todos los mundos existentes están conectados por la misma y única lógica, y se produciría una contradicción. Más bien cabe razonar aquí como antes. Si -(P→Q) no existe de hecho, su posibilidad de no ser queda reafirmada.

Consideremos ahora el segundo escenario de la Creación, el paso desde la materia inerte a la vida. Pues el primer escenario fue el Big Bang, bien descrito por los físicos y conocido por todos.

Se estima que las probabilidades en contra para que exista una bacteria unicelular son 1040.000. Compárese ese exponente con el de los 1080 protones que se estima existen en el cosmos. El salto desde la materia inerte a la viva es tan enorme y descomunal, que a los científicos les parece un milagro inaceptable, y los teólogos han postulado un segundo acto creador.

La distinción entre hardware y software es muy reciente. Pero no es menos iluminante que la que debemos a Avicena. El hardware, cuando surgió la vida en nuestra Tierra, fueron todos los requeridos ingredientes físico-químicos, que ya estaban presentes y disponibles. El software fue el programa informático incluido en la csCOSMOS en el momento del Big Bang. Hizo coincidir, hace ahora aproximadamente 3.500 millones de años y en nuestro pequeño planeta Tierra, las 1040.000 circunstancias favorables exigidas para que de la materia inerte surgiera la chispa de la vida.

No hace falta un segundo acto creador, como han supuesto algunos teólogos. Ni tampoco se trata de un milagro fuera de las leyes de la naturaleza. Los científicos no tienen de qué escandalizarse. Pero deben aceptar que sus mentes son demasiado débiles para resolver un sistema de 1040.000 ecuaciones de variable compleja con exactamente las mismas 1040.000 incógnitas. Sabemos que este problema tiene solución matemática. Pero sabemos también que su solución está muy por encima de la limitada inteligencia humana.

Simplemente, el programa informático, que rige todo lo que ocurrió en el cosmos desde el Big Bang hasta la aparición de la vida en la Tierra, estaba bien hecho. Esta es una afirmación menos fuerte que el principio antrópico que propuso Freeman Dyson. Nos contentamos con una versión más modesta: la materia inerte sabía que venía la vida en la Tierra. O más exactamente, se comportó como si lo supiera.

Muy distinta es la situación en el tercer escenario de la Creación, cuando saltamos desde la vida, que ha logrado ya alcanzar la psique de los mamíferos superiores, hasta el espíritu humano, el ente poseedor de una mente pensante y volente. Precisamente, lo que es inaceptable de la evolución darwiniana.

Los operadores lógicos, que usan los materialistas al exponer su doctrina, se encargan de declararla falsa. El salto desde la vida, dotada ya de la psique propia de los simios más evolucionados, hasta el ser humano dotado de racionalidad y libertad positiva no es explicable por el anterior software del Big Bang.

Lo racional y libre en el hombre, su espíritu, es literalmente divino. No se trata de que Dios da, sino de que Dios se da. No es como regalar algo externo a nuestro ser, sino entregar lo más íntimo de nosotros mismos. La Biblia es totalmente certera en la expresión hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza (Gen. 1, 26). Hay que entenderla de modo literal. El ente que posee los operadores lógicos se hace divino en el preciso y exacto sentido de la frase del Génesis.

Eso explica que cada persona humana sea única e irrepetible en la historia universal. No hay otro yo en el mundo, dice Don Quijote. Este íntimo sentimiento es un hecho que cada uno de nosotros experimenta en su conciencia. En nuestro artículo de 13/02/20 recordamos la expresiva y curiosa anécdota de Unamuno al respecto.

Cada cuerpo humano tiene un ADN único y unas huellas dactilares únicas. En el software del Big Bang estaban ya incluidos todos los ADN y todas las huellas dactilares de todos y cada uno de los cuerpos humanos nacidos y por nacer. Todos fueron programados de un solo golpe, digamos que fabricados en serie en el momento del Big Bang.

Pero ahora nos referimos a una unicidad más profunda. No se trata de la unicidad del cuerpo humano, sino de la propia del espíritu. Lo espiritual en el hombre es creados por Dios con un acto creador nuevo, uno a uno, y cuando nacen. Son obra de artesanía, por así decir. Están al margen del Big Bang. Así ocurrió con el mono y la mona que se convirtieron en Adán y Eva al recibir un espíritu. Así sigue ocurriendo en nuestros días.

Por tanto, en este tercer escenario de la Creación hay que postular no uno, sino múltiples actos creadores. La creación no ha terminado. Sigue activa en nuestro tiempo. Tiene lugar una nueva creación cuando un niño nace y llega a ser persona provista de los operadores lógicos.

Desde el surgimiento de la vida hace unos 3.500 millones de años hasta la aparición de los primeros seres humanos en Africa oriental hace unos 2.000 millones de años transcurrió un enormemente largo proceso evolutivo. Pasaron 1.500 millones de años desde la primera célula en la Tierra hasta que el primer simio se convirtió en homo sapiens. Pero todo eso puede incluirse en el software del Big Bang.

En cambio, un software previo es incompatible con la libertad positiva del homo sapiens. Más bien diremos que cada ser humano libre se da sí mismo su propio software. Dios sólo proporciona el cuerpo y la capacidad de manejar los operadores lógicos, el hardware. Precisamente porque Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, lo hizo libre, en el tremendo sentido positivo de este adjetivo, dueño de su destino eterno.

El flamante homo sapiens no podría al principio emitir con su garganta más que los 2 o 3 sonidos diferentes que ahora observamos en un gorila o un chimpancé. Por tanto, la parte material o semántica de su lenguaje consistiría fundamentalmente en gestos. Todos los humanos hablarían el mismo lenguaje gestual. Pasó muchísimo tiempo desde el primer homo sapiens hasta que los canales hipoglosales fueran suficientemente anchos para emitir los aproximadamente 30 fonemas de los lenguajes actuales. El episodio de la Torre de Babel describe precisamente el tránsito desde un lenguaje gestual único a la multitud de lenguajes fónicos.

Aunque las cifras son sólo vagas aproximaciones, se estima que el homo sapiens surgió hace 2 millones de años, y el episodio de la Torre de Babel ocurrió hace 100.000 años. Hubo pues un larguísimo período de evolución, nada menos que de 1,9 millones de años, desde que los primeros simios recibieron los operadores lógicos hasta la aparición de los lenguajes fónicos.

Esa evolución fisiológica hasta nuestro aparato fonador actual sería explicable por el materialismo darwiniano, compatible con el software de la csCOSMOS. Igualmente el aspecto externo del cuerpo humano fue evolucionando en la prehistoria, como atestigua la variedad de restos fósiles que se consideran humanos. También todo eso entra dentro de la teoría de Darwin, o del software de la csCOSMOS.

Lo que no explica el evolucionismo es por qué los operadores lógicos no evolucionaron. Fueron siempre los mismos desde el primer homo sapiens, tanto en el lenguaje gestual de los comienzos, como en los lenguajes fónicos que vinieron después, y hasta en los que nosotros usamos ahora. Gracias precisamente a que la lógica no evoluciona, pudo Darwin proponer su famosa teoría en un inglés inteligible para nosotros hoy día, casi 150 años después de su publicación.

Así pues, los operadores lógicos no pueden ser el resultado de la evolución de la materia o la vida. Hay que razonar justo al revés. La materia y la vida sólo se perfeccionan en su organización interna gracias a que existe el absoluto de unos previos operadores lógicos que no evolucionan. Son ahora los mismos que estaban presentes en la inmensa fórmula lógica csCOSMOS en el momento del Big Bang.

Dicho de otra manera. El espíritu pensante y volente del homo sapiens es el regalo de sí mismo que Dios hace a cada ser humano. Es un misterio impenetrable cómo y cuándo un cigoto humano recibe ese supremo y divino don. Sólo podemos comprobar el milagro cuando el niño pronuncia sus primeras palabras. Incluso antes. Varias veces he hecho la experiencia de preguntar a un niño incapaz todavía de hablar ¿tienes ojos?, ¿tienes nariz?, ¿tienes boca? Y el niño ha puesto sus manitas en el lugar indicado. Señal clara de que entendía. Poseía ya los operadores lógicos.

¿Cómo Dios puede crear, y seguir creando, uno a uno y a su debido tiempo, por así decir, todos los espíritus humanos? Los que ya murieron, los que vivimos ahora, y los que vendrán después. A primera vista eso nos parece mucho. Pero el número de seres humanos es del orden 109, miles de millones. Muy poca cosa para quien ha demostrado ser capaz de operar con magnitudes de orden 1040.000.