Siempre he admirado el pensamiento de Pierre Beaumarchais que abre el gran diario francés Le Figaro: “Sin la libertad de crítica, no existe un verdadero elogio”. La ruina moral de las dictaduras se resume en esa frase.
Aparte de la función esencial de informar, el periodismo tiene una segunda función capital: el ejercicio del contrapoder, es decir, elogiar al poder cuando el poder acierta, criticar al poder cuando el poder se equivoca, denunciar al poder cuando el poder abusa. Y no solo se trata del poder político, también del poder económico, del poder religioso, del poder sindical, del poder universitario, del poder deportivo…
Si no hay libertad de crítica, no existe el verdadero elogio. Este pensamiento profundo y sagaz significa también: sin la libertad de elogio no existe una verdadera crítica.
La gestión de Pedro Sánchez ha sido objeto de un rechazo generalizado. Los medios de comunicación independientes, entre ellos El Imparcial, han criticado de forma tenaz la política sanchista. Pero esa crítica carecería de valor si no existiera la liberad de elogiar a Pedro Sánchez cuando Pedro Sánchez acierta.
El acto de Estado en recuerdo de las víctimas de la Covid-19 fue un inmenso acierto. Como ni Pedro Sánchez ni muchos de sus colaboradores son católicos organizaron un acto laico, que no masónico. Y lo hicieron con austeridad, con mesura y con emoción. El Rey Felipe VI hizo bien en presidir el acontecimiento. Negar el elogio a Pedro Sánchez significaría fragilizar la crítica que con tanta razón se le ha hecho a lo largo de los últimos meses. El sectarismo no puede presidir el ejercicio del periodismo, si no la objetividad. Pedro Sánchez se merece el aplauso por su acto de Estado en recuerdo de las víctimas de la Covid-19. Y a mi manera de ver no hay que regatearle ese aplauso porque la reacción sectaria ante el éxito desarticula la crítica que el sanchismo se merece por tantos errores cometidos.