ORIENT EXPRESS
Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 19 de julio de 2020
Anteayer unos cien autodenominados “activistas” asaltaron la estatua de Colón en Madrid. Por supuesto, esto no tiene nada que ver con la lucha contra el racismo, el colonialismo ni los genocidios pasados ni presentes. Se trata de una acción propagandística en la línea de las que vienen sufriendo los Estados Unidos y otros países desde hace meses.
Desde que el Foro de São Paulo hizo de las políticas de la identidad, el rencor y el resentimiento uno de los ejes de la izquierda americana, acciones así han proliferado gracias al apoyo de Estados como la Venezuela de Chávez y Maduro, la Cuba de los Castro y otras tiranías. Por ejemplo, el 12 de octubre de 2004, activistas chavistas derribaron la estatua del descubridor que se alzaba en el caraqueño Paseo Colón, en las inmediaciones de la Plaza Venezuela, no sin que antes un grupo heteróclito de colectivos chavistas juzgasen al marino por “genocidio”. Al monumento caído, lo bañaron en pintura roja y lo arrastraron hasta el teatro Teresa Carreño, el mayor de Venezuela, donde lo colgaron por los pies a la vista del público. En 2008 al paseo le cambiaron el nombre a la vía urbana. Pasó a llamarse Paseo de la Resistencia Indígena.
Huelga decir que estas acciones tienen poco de justicia y mucho de propaganda política.
En efecto, el odio a Occidente, que se viene enseñando desde hace años en el contexto de los estudios sociales y culturales, no sólo se ha extendido por ciertas universidades, sino que ha impregnado buena parte de las industrias culturales desde el cine hasta el sector editorial. Existe todo un subgénero artístico de “denuncia” de pretendidos agravios del pasado que sirve como coartada para ocultar e incluso legitimar agravios reales del presente. So pretexto de que “las vidas negras importan”, que es algo que nadie en su sano juicio cuestiona, se silencian, por ejemplo, las agresiones antisemitas porque los judíos serían beneficiarios del pretendido “privilegio blanco” (otra necedad de esta guerra cultural que atravesamos) y, por lo tanto, no tienen derecho a la visibilidad de su sufrimiento ni al castigo de sus agresores.
Es un error intentar debatir sobre la Historia con quienes no quieren dialogar, sino imponer un relato de izquierdas que, invocando el pasado, intenta imponer un modelo social, económico y político en el presente. Esto no es un debate universitario, sino una guerra cultural para definir las categorías sobre las cuales los debates mismos se construyen.
La ofensiva desatada contra la civilización occidental -su historia, sus símbolos, sus fundamentos mismos- se extiende desde los monumentos hasta lo que comemos. Ahí tienen las campañas contra chocolates Lacasa para que cambien el nombre a los Conguitos. No se trata, pues, de dialogar con argumentos, sino de aceptar o no que determinados colectivos pueden imponer estigmas y etiquetas -racista, colonialista, xenófobo, etc.- no ya sobre personas, sino sobre una civilización entera.
Por eso, no hay que ceder un milímetro en la defensa de Occidente.
Si asaltan una estatua de Colón, debemos repararla y construir más. Frente a los ataques, sólo cabe la afirmación sin complejos. Pongamos, pues, una plaza de Colón, un parque de Colón y una estatua de Colón bien grande en cada ciudad y cada pueblo de España y de América.
Nada de arrodillarse. Nada de pedir perdón más veces. Nada de aceptar revisionismos inspirados por el rencor, el resentimiento y el odio. Estos grupos no buscan la justicia ni la verdad, sino que libran una guerra política en el plano cultural. Por eso, no aplican a otras civilizaciones el rasero que aplican a Occidente. El único objetivo es culpar a nuestra civilización –los “blancos”, los “europeos”, los “ricos”, los “privilegiados”- de todos los males que aquejan hoy al mundo. Por lo tanto, no tiene mucho sentido intentar convencer mediante argumentos -al menos, ahora mismo, no- sino que hay que poner pie en pared y plantar cara. Así que basta ya de ceder.
Ni un paso atrás.