Opinión

Juan Marsé: el último novelista

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 20 de julio de 2020
Nadie se acuerda de los escritores hasta que llega su funeral, y esto le ha pasado un poco al genial Juan Marsé, que nos acaba de dejar a los 87 años por una insuficiencia renal. El director general de Asuntos Religiosos, Luis Apostúa, llegó a hacer un viaje en avión a Nueva York leyendo La muchacha de las bragas de oro, que había sido galardonado con el Planeta aquel año, lejano ya, de 1978. Alfonso Grosso, con Los invitados, quedaba como finalista.

Marsé se formó de manera autodidacta leyendo tebeos de aventuras y yendo a los cines de barrio. Fue un obrero escritor y así lo vieron desde el principio en el grupo de Seix Barral, cuando envió al Premio Biblioteca Breve el manuscrito de Encerrados con un solo juguete: Carlos, Gil de Biedma, Ferrater, Castellet, los Goytisolo y demás compañía de la burguesía de izquierdas. La cosa es que Marsé recibió una beca y un contrato como “candidat à garçon de laboratoire” en el estudio de Jacques Monod, en París. Allí entró en contacto con el PCE y El Ruedo Ibérico, militancia que siguió a su regreso con el PSUC, hasta 1967.

Jaime Gil de Biedma fue desde el principio el gran aliado de lo que el poeta llamaba el representante del proletariado militante y catalanista. En Marsé se aglutinan las Barcelonas de posguerra del Guinardó, La Salud y Gracia, relatos de personajes que van y vienen como en una gran pantalla de cine, que viniendo de un cinéfilo es lo más normal. Fue un escritor de montaje, plano y contraplano, primerísimo primer plano, picados y contrapicados, con sus prolepsis y analepsis propias del celuloide, tan sugerentes como subrepticias. Marsé es “hustoniano” porque su poética es de perdedores que sobreviven en la contraépica urbana, tal es el caso de “El fantasma del cine Roxy” (1985), cuento al que Serrat puso música dos años después en “Los fantasmas del Roxy”, haciendo plural lo que el genial escritor vio en singular.

Con Encerrados con un solo juguete (1960), Marsé inicia esa querencia por el pasado, en concreto por la Guerra Civil y sus ambiguos efectos sobre la psique de sus protagonistas, Andrés y Tina, condenados a vagar por calles y tugurios sin sentido ninguno. En Esta cara de la luna (1962), un periodista del papel cuché, Miguel Dot, también concatena madrugadas en la mustiedumbre de camas desconocidas y bares de alterne, entre universitarios epatantes, diletantes y pequeñoburgueses. Con Últimas tardes con Teresa (1966), nuestro escritor, desencantado de la política, hace trizas el binomio utópico del obrero progresista y el universitario comunista con Reyes, el “Pijoaparte”, “el melancólico embustero, el tenebroso hijo del barrio”, que seduce a la joven burguesita Teresa Serrat, lectora de Blas de Otero y aficionada a ¡Viva Zapata! de Elia Kazan, y acaso más progresista que su desalmado donjuán de postureo.

En La oscura historia de la prima Montse (1970) relata las querencias y amoríos de la protagonista, una redentora que visita las cárceles para sentirse útil, mientras el presidiario Manuel Reyes le hace el lío entre rejas. Su primo, Paco Bodegas, el narrador, tiene un romance a su vez con la hermana de la gentil Montse, Nuria, exponente de aquellos jóvenes de la Gauche Divine, tan soberbia como superficial, casada con un catequista bipolar que, tras militar en el antifranquismo, se hace del Opus. Con Si te dicen que caí (1973), novela sobre la inmediata posguerra, Marsé perfila definitivamente su universo de la memoria de la España bélica, franquista y de la Falange –de cuyo himno toma la letra para el título–. La muchacha de las bragas de oro (1978), con su anciano protagonista, Luys Forest, que inicia unas memorias desmemoriadas, taumatúrgicas o falaces; y Un día volveré (1983), que forma díptico con Si te dicen que caí, en la que el anarquista Jan Julivert, como el Shane de Raíces profundas, sirve de referente al joven Néstor, sigue por la senda antibelicista tan suya: “Todas las banderas han sido tan bañadas de sangre y de mierda que ya es hora de acabar con ellas”.

Y cambia de etapa a partir de Ronda del Guinardó (1984), que recoge una jornada, la del 8 de septiembre de 1945, con la victoria de los aliados y la proyección de El embrujo de Shangai (1941), de Joseph Von Sternberg, que deja fascinada a una generación, que ha de convivir con policías que son muertos vivientes y falsos violadores. Retoma después con el leit motiv de la película con Gene Tierney la contraépica de aquella barriada en El embrujo de Shangai (1993), con un supuesto capitán, Kim, de incierto pasado aventurero en el Lejano Oriente, cuyo hijo Daniel trata de conocer, más allá de la impostura. El amante bilingüe (1990), ataque frontal a la corrupción del pujolismo, une a las evoluciones del “Pijoaparte” y Paco Bodegas, que se entregan a la insaciable Norma, una Teresa Serrat descreída y “evolucionada” o involucinada, según se mire, pues es una estricta censora y vigilanta de la imposición del catalán. Y con Rabos de lagartija (2000), Marsé inaugura el siglo XXI con esta historia coral de culpa y hermanamiento frente a un exterior desquiciado, en el que la piedad constituye el único signo de humanidad de los seres marginales que lo habitan, David, su madre la pelirroja y el policía Galván.

El catedrático José Carlos Mainer escribió de él que “tiene la intuición natural de la historia [… y] ha sabido reconocer siempre al enemigo, sea bajo las especies de la burguesía especuladora del franquismo o bajo las untuosas formas del pujolismo posterior, que ha venido a sucederle en el poder”, el mismo que sentará en los próximos días en el banquillo el juez de la Audiencia Nacional José de la Mata. Por supuesto, Marsé nunca aceptó la corrupción institucional de la Generalitat ni, por extensión, del Ejecutivo o de los popes de la cultura. Nunca olvidaremos cuando, arrojando piedras sobre su propio tejado, dimitió del jurado de la LIV Edición de los Premios Planeta el 17 de octubre de 2005. Sobre las novelas presentadas, Marsé aseguró que “el nivel es bajo y en algunos tramos subterráneo. Alguna novela promete, apunta alto en sus planteamientos, pero se acaba frustrando. El premio no puede quedar desierto, así que nos vemos obligados a votar la menos mala”, declaró en la rueda de prensa delante de los galardonados, Maria de la Pau Janer y Jaime Bayly, quienes siguieron escuchando cómo Marsé explicaba que estaba harto de “novelas insustanciales con premio o sin premio que ocupan tanto espacio mediático en perjuicio de otras con empeños más honestos y ambiciosos, pero que apenas les dejan espacio para respirar”.

Marsé fue la grandeza literaria del país en la Transición, con Francisco Umbral y Vázquez Montalbán: se nos ha ido el último de los grandes de la narrativa, el testigo de excepción de la trastienda de la democracia, cuando al deslumbramiento del oropel, Marsé contestaba con calidad de prosa y sentido común; el mismo que aprendió con las aventis que se contaban los muchachos del barrio. Supongo que pocos nos acordamos de él, porque ahora la memoria ya no va de aquellos muchachos dados a la supervivencia en los barrios paupérrimos de Barcelona; ahora, la literatura va de otra cosa y por eso probablemente se nos haya ido.


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