Opinión

La humanidad pospandémica: entre el ingenio y el deseo

TRIBUNA

Emilio Arnao | Domingo 26 de julio de 2020
Si hay algo que, por encima del bien y del mal, ha de abrirse el día a día de tanta gente que, agotada de este posguerrismo vírico, toca a arrebato en aquestas maitines, lo cual empuja y emociona, es algo. ¿A qué nos referimos? No tengan priesa, que lo procuro anarradar.

Digo, prego, anuncio o denuncio que nunca habrá dos Quevedos, del mismo modo y manera que jamás de los jamases habrá dos Heráclitos o dos Virginias Woolf -cada uno/a con sus cosillas y su puesto en la guarida del lobo-. En que, si aquel hombre -Quevedo- que fue capaz de escribir los versos más conmovedores y terribles de la poesía española, fue y es el mismo hombre de las letrillas satíricas y la escatología anal. Dos hombres, pues en tanto, en uno solo. ¿Por qué sucede esta dualidad jumentada en la unidad? ¡Ah, infames, ágrafos de la gestación del talento¡

Que esta bilis negra y blanca no otra cosa es sino alquimia del ingenio. El profesor José Antonio Marina nos baila este chotis a sus dos manera; por uno, con sus jácaras o humoradas, por otro, con su inteligencia en su facsímil de la antinorma, de la poliglosia. Estamos ante la armonía de la disonancia, que, en constancia, es palabra de reino utópico que dota de realidades múltiples a todo aquello que tenga que ver con lo comunitario, con lo libertario, con lo igualatorio, con, en el caso de la causalidad, la política vista desde los anteojos de la redundancia o la persistencia, lo sagrado o lo combatible por los siempres.

Es como lo dijo Bajtin: Todo gesto tiene un gesto paralelo, el gesto paralelo de la risa.

Y es que la inteligencia ingeniosa escoba constantemente en el fuego como si éste fuese única y divertidamente un espectáculo infinito. En este sentido, intuimos en Francisco de Quevedo y Villegas su variadísima influencia del barroquismo de antes y el del ahora, que son los mismos, mas con el lenguaje algo cambiado. Barroco es originalidad. Originalidad es talento en solidificación con lo ingenioso.

Clarito charca en el tiempo cuando toda mujer u hombre con ingenio se rebela contra una realidad frustrante, aburrida, coactiva. Así lo puso en sabias letras nuestro Séneca: ¿Hasta cuándo las mismas cosas? Me despertaré, me dormiré, tendré apetito, me hartaré, tendré frío, tendré calor. Ninguna cosa tiene fin, sino que todas las cosas se ligan en círculo; huyen, se persiguen; la noche empuja al día, el día a la noche, el estío fina en el otoño, al otoño le acucia la primavera; así que toda cosa pasa para volver. No hago nada nuevo, no veo nada nuevo; en fin de cuentas, esto da náuseas. Muchos son los que piensan que no es aceda la vida, sino superflua.

La inteligente lectora sabrá que nuestro filósofo estoico quizá fue embestido tanto por el hideputa de Nerón que se quedó así, solito y con estas sensaciones de hundimiento moral. Empero, hay ironía en estos senequismos bien leídos.

Acabando. El ingenio merece el elogio, aunque algunos piensan que también su refutación. Allá cada cual con sus estudios y sus premios ensayísticos. Nosotros a lo nuestro. Pasemos ahora del ingenio al deseo por ver las semejanzas o las antonimias.

Spinoza: La esencia del hombre es el deseo. Buen yantar para el desayuno. Pero hemos quedado que, para uno que somos nosotros, el ingenio y el deseo forman parte de la misma arquitectura de la físicopsicología del humano ser en combate, en rescate, en hilaridad portando el estandarte de Fales.

Todo ser humano es un animal con ganas, con prisas lentas, con resistencias varias, es decir, con deseo, con armoniosos y trabajados deseos. Veámoslos.

¿En dónde -creen ustedes- se forjan estas pulsiones tan hacia dentro y baleadas después tan hacia afuera en nosotros? Arrimemos estos últimos retretes tan higiénicos de tal modo: pues que nuestro perrismo cínico -Diógenes de Sínope, digamos- no es otra cosa tal que muy en el fondo sirena, sirenismo o submarinismo, vamos, un animal de fondo - título de obra poética que alguien habrá de molestarse en saber quién la selló, que es que esto es como un programa televisivo a lo saber y ganar-. Animal de pozos plenos de información, evaluación, respuestas y contrarespuestas. Todo agolpado en el mismo centro del vientre, como si el ciudadano de bien fuese la bien parida. Que todas las vidas embrionales buenas son si hay pan de por medio.

¡Visca la morisma, leche cabría¡ Sucede ansí que estos impulsos le vienen a toda esta nada utópica humanidad por bonhomía o sentido de la responsabilidad, aunque algunos pues que no quieren que se sepa. La humanidad pospandemia continúa estando en las primeras posiciones de salida, por merced de este acontecimiento fisicoquímico que es todo enigma, enigma a voces grito, grito que es ingenioso silencio. El vivir es pura biología. De tal biologismo se sustrae en cada uno de sus despertares a las albadas lo que en sánscrito se nombra como tanhâ, esto es, deseo. ¿Pero deseo de qué y para qué?

¡Ay, que todo tiene uno que explicárselo a vuestras mercedes, que de tanto hombres se me han hecho con el tiempo obispos, rediós¡ Les doy la etimología con unos versos de Saint-John Perse, pues nada puntúa mejor en nuestra temperatura cerebral que un poema:

¡Tú cantabas, poder, en nuestras rutas espléndidas¡ / En la delicia de la sal se hallan todas las lanzas del espíritu. / ¡Avivaré con sal las bocas muertas del deseo¡ / A quien no ha bebido, alabando la sed, / el agua de las arenas de un casco / poco crédito le concedo en el comercio de las almas…

Esto es, sal metafóricamente mancomunada con lo deseable o lo deseante, visible o invisiblemente. De tal forma comercia con su biologismo el mundo posvírico. ¿Entra o no entra en el colodrillo ahora? Mas que este proceso, tan sencillo en apariencia, implica una enorme complejidad. La neurología nos escribe, en sus a veces equivocadas revistas internacionales, que el deseo sería algo así como el efecto de una percepción diferencial, la discrepancia entre dos estados, uno de los cuales se ha revelado desagradable o insoportable por comparación consciente o inconsciente con el otro. Les abalanzo con terneza la lectura del siguiente texto: Biología de las pasiones de Jean-Didier Vincent. Pero en leyéndose el Quijote allí todo lo hallarán, créanme.

Somos -estamos, mejor- un oráculo con sorbos de aphrodisia, que es lo que tomaba la mayoría de filósofos griegos para alcanzar su propia enkrateia, esto es, la búsqueda de sí mismos. Mi amado Nietzsche trató todo esto en sus páginas sin que muchos se hayan enterado de por dónde iban sus aforismos, tan denunciados en su tiempo, y ahora aquí es que pasa que todo rediós se ha hecho nietzscheano, todos menos yo, que me he pasado a leer a Mafalda para el bien de mi salud interior.

De modo y manera y con tal esencia que el actual ser humano compone esa cultura del deseo. Entendiendo esta cultura como morada construida para sí mismo con el objetivo agudísimo de no permitir la entrada de determinadas realidades fantasiosas o acanalladas. Y es que la gente de bien vive como lo escribió Hölderlin: poéticamente habita el hombre este mundo.

Todo deseo no es otra cosa que toda fuerza de la naturaleza que aparece en estado de alerta o no cuando se nos dispara la esencia o el dinamismo de esas cosas que creemos deben ser innovadas, ampliadas, apartadas por siempre jamás políticamente de estas mímesis de la rutina. Todo lo rutinario en política es mera pereza o afán de anclarse en este conservadurismo que el macho lleva colgado en su testiculario ancestral. El deseo, entonces, nos sitúa ante una infinitud de libertad y cambio de equipaje.

En fin de los finales, que aquí finiquito esta página de mi impresión pergaminada en artículo de mala opinión. Espero que más menos que más claro haya permeabilizado este choque de nieve a la hora de hacerles trenzar esta idea de las cosas. Y es que prefiero aquello de Epicteto: No nos hacen sufrir las cosas, sino la idea que tenemos de las cosas.

Una es que ya es un hombre afrodisiaco siempre entre el ingenio y el deseo.

Lo escrito aquí, a su vez, ya lo puso en el puchero Rilke:

Lo bello no es más que el comienzo
de lo terrible, que todavía soportamos
y admiramos tanto, porque, sereno, desdeña
destrozarnos.