Opinión

Viajar en el tiempo con Pedro Sánchez

POR LIBRE

Joaquín Vila | Domingo 02 de agosto de 2020
Los viajes al pasado existen desde siempre. Ese anhelo de la Humanidad de escudriñar lo que ocurrió hace siglos, incluso miles de millones de años, cualquiera puede disfrutarlo en estos días de verano. Solo hace falta observar las estrellas. La mayoría de ellas ya han muerto, pero su chorro de luz todavía llega a la Tierra. Puede parecer algo mágico, pero no es más que un hecho físico. Hace una eternidad, aquellos soles estallaron como bombas atómicas o fueron engullidos por un agujero negro. Pero aún parecen existir al viajar su brillo a 300.000 kilómetros por segundo agujereando el Cosmos para deslumbrarnos hoy. En la cima de una montaña o a orillas del mar contemplamos en toda su plenitud el destello de un astro que ya se extinguió.

Más aún; hace unos meses, unos astrónomos pudieron captar las ondas gravitacionales del Big bang, del preciso instante en que se produjo el origen del Universo hace 14.000 millones de años y que Hawking definió con la bellísima metáfora "el Universo en una cáscara de nuez". Pues en aquel segundo, esa cáscara estalló creando la energía y la materia que se adueñó del vacío del Cosmos hasta crear la vida. Ahora el hombre ha podido sentir esa vibración que ha ondulado por el vacío espacial durante todo este tiempo para que lo toquemos con la yema de los dedos. En efecto, los viajes en el tiempo existen. Todavía no podemos ver la imagen de Da Vinci cuando pintó "la última cena" o a Shakespeare escribir su descomunal obra o a Goya retorciéndose de dolor con sus pinturas negras o a los egipcios al construir las pirámides o a Churchill urdiendo el Desembarco de Normandía o al desconocido chimpancé al descolgarse del eslabón perdido para convertirse en el homo sapiens. Pero todo llegará. Como llegará el día en que a través de la teoría de cuerdas, de los bucles del espacio-tiempo, de los Universos paralelos, de los atajos a través de los agujeros negros alguien sea capaz de trasladarse al futuro.

Pero esta maravilla de la ciencia está muy lejos; más aún de la capacidad intelectual de la clase política. Lo que hubiera pagado Pedro Sánchez por saber que el covid-19 no era una simple gripe, sino un virus asesino que se esparcía en silencio por España. Lo que hubiera pagado por comprobar que, en efecto, Pablo Iglesias le iba a dejar insomne por sus rebufos antimonárquicos o por sus ansias de aniquilar la democracia actual. Lo que hubiera pagado por saber que Fernando Simón no era más que un maniquí disfrazado de epidemiólogo. Pero ya es tarde. Ni él ni nadie puede ver el futuro. Aunque un buen político debe predecirlo, debe adelantarse a lo que puede ocurrir si forma un Gobierno con unos comunistas dispuestos a aniquilar la Constitución, la convivencia y la economía con tal de asaltar el poder y perpetuarse. Y es que el futuro de España es más peligroso que la voracidad de un agujero negro, que nos puede aniquilar mientras el presidente del Gobierno se pasea bamboleando sus largas piernas por las alfombras rojas de la Comisión Europea como si nada fuera con él.

No podemos ver el futuro. Pero cuando se escriba con rigor y distancia, la tragedia que se cierne ahora sobre España formará parte de uno de los capítulos más negros de la Historia. Porque nuestra nación se enfrenta a una crisis sanitaria, económica y social sin precedentes con el peor Gobierno posible. Sólo nos queda viajar al pasado a lomos del brillo de las estrellas y acariciar las ondas gravitacionales del Big bang mientras contemplamos una puesta de sol en cualquier playa orientada hacia el oeste. La de la Barrosa en Cádiz, por ejemplo.