Dentro de diez días hará cinco meses del estado de alarma; casi medio año del apocalipsis y el encierro; mil quinientos días de lo bien que lo han/hemos hecho todos, es decir. Porque llevamos oyéndoles hablar desde La Moncloa sobre cómo nos iban a sacar de estas, de las primeras gripes de marzo, y qué bien trabajan los pobrecitos... Aplaudiendo y protestando, enterrando a los muertos y sintiendo como una “telepresencia” entre nosotros. Es más de lo que cualquiera podría soportar, después de hablar y hablar de contagiados, fallecidos y portadores de anticuerpos, como en aquellas míticas películas de serie B, que es en realidad la producción de bajo presupuesto que emiten todas las teles.
El Ministerio de Sanidad ha publicado una estadística sobre el gasto sanitario público de mayo, en la que la Comunidad de Madrid ha quedado a la altura del betún, con una inversión del 3,6% del PIB frente a la media española del 5,5%. Andalucía es la que menos gasta por habitante. Y luego el informe cuenta cosas tiernas de las estrategias preventivas en Salud Pública, como la exigua partida presupuestaria del 2% del gasto sanitario en España. ¡Hay que ver lo preparados que estamos! Ser ministro o consejero de Sanidad, convocar un día a la prensa y hablar del refuerzo de capacidades con ochocientos profesionales de Atención Primaria da mucha soltura y confianza ante las cámaras.
El Ejecutivo y las autonomías, en un último alarde libertario, por quitarse de encima el malestar, el calor y la bronca del personal, nos han dejado que nos vayamos a tomar el Sol a la playa o a donde sea, aunque en Europa nos lo estén poniendo cada vez más difícil para coger un avión. Tampoco se lo han gastado en Madrid, dicen las anabolenas de la oposición, porque Díaz Ayuso pudo prometer y prometió un millar de sanitarios en los centros de salud pública y un refuerzo de un centenar de médicos para los equipos de rastreadores. “El personal era insuficiente, ya que la media española es de un rastreador por cada 12.000 habitantes –siendo la ratio recomendada internacionalmente de uno por cada 5.000– y en Madrid hay uno por cada 47.000”.
Mientras los contagiados crecen exponencialmente, los gobiernos siguen sin tomar medidas, porque están a otra cosa: los pactos, la renovación del Poder Judicial, los Presupuestos Generales del Estado, el Concierto Económico Vasco, el narco gibraltareño y lo que pasa en Waterloo, más estudiado que cuando Bonaparte y Wellington se tomaron las medidas en 1815. Así que a la España hedonista no se le ha chafado de todo el verano de pansexualismo y disyoqueis que escupen fuego y virus a las grupis, a pesar del repunte, porque el nuestro es un país muy vivido y barroco que se quedó en destino turístico, mientras Alemania, Austria, Bélgica, Países Bajos, Bulgaria, Chipre, Croacia, Francia, Finlandia, Luxemburgo o Dinamarca están a la cabeza de los veintiocho en gasto en I+D según el Eurostat.
A algunos nos cuesta trabajo tratar con señores tan sabios y responsables, aunque lo hayan hecho todo tan bien. Si el Gobierno no nos hubiese dado las vacaciones pospandémicas, muchos hubiésemos seguido de encierro de muy buen grado, como los místicos, en noche oscura del alma, soñando con las lejanas libertades de febrero, cuando la boîte no estaba minada y no te servían el vermú con trazas de microgotículas mortales; y uno se podía perder por los galpones de la Gran Vía muy feliz y “rimbaudianamente”, brindando por la eterna adolescencia con la santa bohemia, entre gacetilleros y tramoyistas del María Guerrero. Recordamos el invierno de noches largas, amores cortos y en el que las comparecencias televisuales brillaban –afortunadamente– por su ausencia. Porque el mal francés que perseguía a poetas, calaveras, intemperantes y profanos, al lado de este bacilo que hace a pelo y a pluma, y muerde a ricos y pobres, es como aquellas inofensivas promesas de amor eterno que nos hacíamos cada día, mon coeur, en el Madrid boulevardier.