Opinión

Cien años de Trianón

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Lunes 03 de agosto de 2020

En 2020 se cumplen 100 años de la firma del Tratado de Trianón.

El final de la I Guerra Mundial fue terrible para Hungría. En apenas un mes, el viejo orden de la monarquía danubiana había sido dinamitado por el armisticio de Padua, que imponía el desarme imperial, y los procesos centrífugos de los eslavos del sur, los checos y los eslovacos. Austria proclamó la república el 12 de noviembre de 1918. Hungría lo hizo el 16. El 1 de diciembre nacía el Reino de los Serbios, los Croatas y los Eslovenos, que a partir de 1929 sería el Reino de Yugoslavia. El 24 de diciembre el rey de Rumanía firmaba la incorporación de Transilvania a su país. El intento de república democrática y socialista del conde Károlyi (1875-1955) fue desbaratado por los comunistas de Béla Kun, que terminaron proclamando la República Soviética Húngara (1919), que a su vez fue disuelta tanto por la intervención del ejército rumano como por las tropas al mando del almirante Horthy, que marchó sobre Budapest desde Szeged en noviembre de aquel año. En marzo de 1920, el antiguo marino de la armada imperial asumiría la regencia del Reino de Hungría. El 4 de junio de aquel año los vencedores impusieron el Tratado de Trianón (1920), cuyas consecuencias se prolongan hasta nuestros días.

Tal vez menos conocido que el de Versalles (1919), este tratado toma su nombre del palacio versallesco en que las potencias vencedoras de la I Guerra Mundial impusieron al Reino de Hungría la pérdida del 72% de los territorios de la Corona de San Esteban y del 64% del total de su población, que pasaron a quedar dentro de las fronteras de Rumanía, Checoslovaquia y del Reino de los Serbios, los Croatas y los Eslovenos. De los 325 000 kilómetros cuadrados, quedó reducida a 93 000 y perdió la salida al Mar Adriático que antes tenía a través de Croacia, que llevaba vinculada a Hungría en virtud de la unión personal de ambas coronas en la persona del rey desde el siglo XII en virtud de los acuerdos llamados “pacta conventa” de 1102 suscritos entre el rey Kálmán de Hungría y la nobleza croata. Los vencedores no sólo amputaron a Hungría territorios en que la mayoría de la población no era húngara -el Bürgenland limítrofe con Austria, por ejemplo- sino también zonas del reino donde los húngaros eran mayoría y que pertenecían a la Corona de San Esteban desde la Edad Media, como Transilvania y el Banato.

Así, para satisfacer a los nuevos Estados, se impusieron fronteras que no se correspondían con el “principio de las nacionalidades” del presidente Wilson, sino con la simple voluntad de los vencedores. Checoslovaquia ganó el Danubio como frontera, pero esto supuso separar a cientos de miles de húngaros de sus compatriotas que vivían al otro lado del río. Además de Transilvania, un territorio importantísimo en la historia de Hungría -baste señalar que en Kolozsvár, llamada en rumano Cluj-Napoca y en alemán Klausenburg, nació el rey Matías Corvino (1443-1490), cuya biblioteca llegó a rivalizar con la de Lorenzo de Medici, “El magnífico”- hubo ciudades húngaras conectadas por vías férreas y carreteras como Temesvár, Nagyvárad y Szatmárnémeti que Rumanía ganó (Timisoara, Oradea, Satu Mare) en virtud del tratado. Algo similar sucedió con la frontera yugoslava en las regiones de Bácska y Baranya.

Privada de la mayor parte de su territorio, Hungría pasó de tener un total de 22 millones de habitantes a tener poco más de ocho. Aproximadamente 2 250 000 húngaros, en estimaciones que cita Jean Sellier, pasaron a ser ciudadanos de otros países: un millón y medio en Rumanía, 750 000 en Checoslovaquia y medio millón en el Reino de los Serbios, los Croatas y los Eslovenos. Algunos territorios húngaros amputados por Trianón, como la región de Ungvár, terminaron integrados en la URSS después de los cambios de fronteras posteriores a la II Guerra Mundial. Hoy está en territorio ucraniano.

Las pérdidas no fueron sólo territoriales.

El golpe económico fue terrible. En las regiones amputadas a Hungría, había recursos mineros, ganaderos y agrícolas además de los puertos al Adriático. En el plano militar, el ejército húngaro quedó reducido a 35 000 hombres y se prohibió la fabricación de armamento pesado, carros de combate y aviones. En el aspecto político, la humillación de la derrota y las condiciones del tratado crearon un irredentismo que marcaría toda la política húngara de Entreguerras. El lema “Nem, nem, soha!” (¡no, no, nunca!), inspirado en un poema de Attila Jószef (1905-1937), resume el espíritu de aquella oposición de Hungría a un orden político, económico y militar impuesto en Europa por los vencedores sin tener en cuenta las fronteras históricas ni calibrar las consecuencias del tratado. Toda la vida política de la Hungría de Entreguerras quedó marcada por la herida de Trianón y, sin ella, no se puede comprender la orientación del almirante Horthy (1868-1957) ni sus alianzas con quienes prometiesen revertir las pérdidas de este tratado que ahora cumple 100 años.

A lo largo de la década de los años 20 y 30 empezando por el referéndum sobre Sopron de diciembre de 1921, que permitió que la ciudad y su comarca -atribuidos inicialmente a Austria- volviesen a Hungría, la política exterior húngara intentó que los húngaros de esa diáspora impuesta y artificialmente creada mantuviesen vínculos culturales con Hungría. Por doquier se alzaron monumentos y memoriales que recordaban las pérdidas y reivindicaban la Hungría histórica. En particular, el idioma húngaro fue un referente identitario más allá de las fronteras. Frente a las políticas de homogeneización lingüística, mantener el húngaro significaba mantener una identidad anterior a esas nuevas fronteras y pertenecer a una comunidad cultural transfronteriza.

Han pasado 100 años y tal vez esto nos permita volver la vista atrás para emitir un juicio crítico sobre el Tratado de Trianón. Ningún país y ningún pueblo aceptaría la humillación que los vencedores impusieron a Hungría. Podrían haberse buscado alternativas que no supusieran la postración absoluta de Hungría. Creo que, en este sentido, es algo ingenuo pretender que los húngaros de 1920 y 1930 aceptarían sin más un orden político y económico que pretendía borrar la Hungría histórica de un plumazo.

En efecto, a lo largo del tiempo, la identidad húngara ha sobrevivido al dominio otomano, al imperio austriaco y al internacionalismo comunista, que -en realidad -era un intento de imponer una identidad creada artificialmente. En junio de este año, con ocasión del centenario de la firma del tratado, el presidente Víktor Orbán pronunció un discurso en Sátoraljaújhely, en el noreste del país, donde inauguró un memorial. Orbán afirmó que “estamos felices de construir un futuro común con Eslovaquia, Serbia, Croacia y Eslovenia, que están orgullosas de su identidad nacional. La historia ha brindado a los pueblos de Europa Central la oportunidad, tal vez la última, de abrir una nueva era, de defendernos frente al peligro del Este y del Oeste, y de resurgir juntos”. Mil años de historia no pueden desvanecerse sin más.

En la inmediata posguerra, como recordaba Miguel de Ferdinandy al final de su “Historia de Hungría” (lianza, 1967), el gobierno de Károlyi intentó entenderse con los representantes militares de la “Entente” -Francia, el Reino Unido, Italia- y con los de las “nacionalidades y los futuros estados checoslovaco, rumano, y yugoslavo- para conseguir “una futura convivencia pacífica entre los pueblos de la región del Danubio”. De Ferdinandy cuenta cómo terminó aquello: “el general francés que irrumpió en la frontera búlgara le dio a entender que él, como potencia victoriosa, no veía en el gobierno republicano de Károlyi más que a un enemigo derrotado”.

Quizás esta anécdota sea un buen resumen de las injusticias, las irresponsabilidades y los errores de este tratado que ahora cumple cien años.