Opinión

75 años de una barbarie

EN LA FRONTERA

Rafael Ortega | Domingo 09 de agosto de 2020

Esta semana el mundo ha conmemorado el 75 aniversario de una barbarie: el lanzamiento de la primera bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, con el trágico resultado de 140 mil muertos, para repetir días después la segunda “hazaña” con la destrucción de Nagasaki, con 80 mil muertos.

He calificado de “barbarie” esta hazaña de guerra que muchos dirigentes de entonces justificaron como “necesaria”, para poner fin a la segunda guerra mundial y ahorrar miles de vidas si el conflicto se hubiera prolongado en el tiempo.

Tuve la fortuna de poder acompañar como periodista a San Juan Pablo II en su visita a Hiroshima y Nagasaki los días 24 y 25 de febrero de 1981 y tuve el privilegio de poder ver a un santo llorar ante el monumento que recuerda a las víctimas y de oír sus duras palabras contra los que no quieren la paz. Fueron momentos especialmente emocionantes para todos y que nunca podremos olvidar.

Ahora, el pasado día 6, el Papa FRANCISCO ha querido recordar también su visita a las dos ciudades japonesas y con motivo de este 75 aniversario ha enviado un mensaje muy claro para todos los que quieren obviar “barbaries” de este tipo:” Nunca ha estado más claro que, para que la paz florezca, es necesario que todos los pueblos depongan las armas de guerra, y especialmente las más poderosas y destructivas: las armas nucleares que pueden paralizar y destruir ciudades enteras, países enteros. Repito lo que dije en Hiroshima el año pasado: "El uso de la energía atómica con fines bélicos es inmoral, así como la posesión de armas nucleares es inmoral".

Son palabras que no debemos olvidar y que deben estar siempre presentes en nuestros corazones, sobre todo en estos momentos en los que somos propicios a obviar todo lo que no sea disfrute y diversión. Momentos, en los que otra desgracia, la pandemia del Covid-19, nos debe recordar que ahora mismo sin confianza mutua y sin ayuda difícilmente podemos superar las dificultades.

Ahora los más jóvenes tienen la responsabilidad del futuro y ellos serán los protagonistas para que esa confianza que hoy depositemos en ellos no se tire por la borda, como algunos parece que desean.