Como el tema del emérito don Juan Carlos es y será de largo recorrido entiendo que es de ley no ser menos y me subo al carro de la letra impresa. Hay sitio para todos. Dado que desde el primer día, como si una impetuosa corriente de tinta se saliera de madre, el mundo se ha dedicado a hacer rafting en torno a su figura. Sin tregua alguna para la duda se han vertido sobre él todo tipo de hostilidades ilustrativas tanto en lo concerniente a su vida íntima como en su hacer institucional.
En este país tan cainita existe una parte recalcitrante de la pudibunda intelectualidad que no pierde ocasión para morder la yugular al más pintado. Son los paniaguados que ansían el desmoronamiento de toda figura válida que en épocas de éxito consiguiera sacarnos de la mediocridad. Es igual que la influencia del actor lo sea en lo deportivo, lo cultural o en lo político, en definitiva el acoso y derribo viene de la propia degradación que por sistema lo da esa obscena costumbre tan ligada a nuestro ADN. Suele ser el menosprecio de cortar por lo sano ante el fructífero negocio de vender los trapos sucios; es decir, lo de siempre, la erótica de la envidia frente a la merced de otros que nos hace ser tan diferentes en denominación de origen.
Quizás lo hagamos para encubrir nuestras muchas flaquezas, vicios, codicias e irregulares funciones de tantos gestores de lo público de carne débil y trémula, costumbre ésta tan arraigada como la de cualquier otro presunto es lo que nos convierte en encubridores e incluso en traidores de maña tradición. Y en esas estamos con el Rey emérito don Juan Carlos. Un emérito desposeído de todo mérito porque las sospechas superan a la presunción de inocencia. Una vez más se lapida, se mancilla y se disuelve en cal viva a quienes nos favorecen en triunfos y agrandan la marca España. Si hay razones para juzgarle, hágase. Nadie puede ser inviolable, ahora bien, si la justicia es de fiar y todo queda en inocencia de actos, ¿este país sería capaz en llaneza para reconocer la absolución de cargos? Se me antoja que seguirían los constantes obituarios sobre el monarca.
Si alguien ha tenido una importancia capital en el devenir de la democracia de este país, ese ha sido don Juan Carlos, a quien hay que poner en valor su principal arbitraje para convertirnos en demócratas cuando la dictadura de Franco hubiera sido tan alargada como la de Corea del Norte. No podemos engañarnos, la monarquía es un grano mefítico en el ideario de Pablo Iglesias y su congénere de oficios Pedro Sánchez, que no han hecho ascos al borrado de la figura del monarca en calles, parques, jardines y en cuantos nobles lugares se le homenajea. El afilador de guillotinas ya está en nómina. Es la mística del olvido para unos y a la vez la prosa de la República como estandarte de la revolución y la mecánica del placer para otros.
Mientras el pueblo esté entretenido en presuntos líos de faldas y otros regustos de presumibles deshonras, otros actores de casta en mayor o menor alcurnia, descansan en la antesala del buen vivir, léanse los ERE de Andalucía, la familia Pujol, las presuntas cajas B de nueva hornada y cuantos refractarios de la aversión hacia la honradez se ufanan de sus corruptas conquistas tapando las vergüenzas de sus actos con la impunidad de togas y silencios cómplices.
Sabido es que la vida es un hermoso regalo para determinados personajes y el pueblo, como siempre, asiste perplejo y sin pestañear a los grandes fastos, en espera de que le toque su ración correspondiente de divertimento; por eso, si don Juan Carlos es culpable de delitos, que la justicia sea tan rigurosa como para todo hijo de vecino; pero mientras tanto el espectáculo forma parte de la distracción popular y eso que de momento el rey emérito aún no ha sido imputado; sin embargo el cadalso está engrasado y los verdugos ya visten de Prada.
Si algo ha quedado claro en lo que separa la cordura de la ambición, es la necesidad de romper el sistema del 78, aquél que propició la democracia haciéndolo sin ruidos ni estridencias. Lo otro, lo que algunos pretenden ahora a costa de venganza, es convertir España en un régimen totalitario. En fin, ya sabemos que en este país casi siempre echamos a la persona equivocada mientras otros huyen con nocturnidad y alevosía. De todo esto nos acordaremos cuando ya sea tarde.