Opinión

Los Reyes

TRIBUNA

Boris Cimorra | Miércoles 12 de agosto de 2020

En la historia de la humanidad ha habido muchos reyes. España, Gran Bretaña, Rusia, Francia y otros grandes países no pueden entenderse sin sus monarquías. El destino y el papel que jugaron todos estos monarcas han sido muy diferentes.

Unos fueron decapitados, como María Estuardo, la reina escocesa, o su “tocaya” francesa María Antonieta. Los Zares rusos, como Pablo I o Alejandro II, fueron asesinados, uno por sus rivales en el trono, el otro por los terroristas revolucionarios. Algunos reyes eran unos verdaderos déspotas, como “Iván el Terrible” ruso (su nombre histórico habla por sí solo) o Fernando VII español.

También existieron los reyes “libertadores”, como el ya citado Alejandro II de Rusia, quien abolió la esclavitud en su país, dos años antes de que lo hicieron en la “República” Norteamericana. O su nieto Nicolás II, quien implantó en la Rusia absolutista el sistema parlamentario con libertades políticas y sociales muy avanzadas para su época. A propósito, Nicolás II fue asesinado con toda su familia, incluido el niño de 14 años, Alexey, el futuro heredero del trono. Fueron asesinatos por los comisarios bolcheviques - por la orden expresa de Lenin - que llegaron al poder, precisamente, gracias a las libertades políticas introducidas por el Zar masacrado. ¡Qué trágica ironía de la Providencia!

Aparecían unos monarcas que engrandecieron enormemente sus países con las reformas progresistas o las misiones exploradoras por el mundo. Así fueron el Zar “Pedro El Grande” y su descendiente Catalina II (la Grande), amiga y tertuliana “epistolar” de los grandes ilustrados franceses, como Diderot, Montesquieu y Voltaire.

Y como no, los Reyes Católicos de España, quienes apoyaron moral y materialmente la expedición más importante en la historia de la Humanidad, la de Cristóbal Colón, el “Descubridor” del Nuevo Mundo. O el Rey Felipe II, durante cuyo reinado el sol no se ponía nunca en el territorio del reino, tan grande era el Imperio Español de la época. Sin duda alguna, todos estos reyes, los buenos y no tanto, de una forma más prodigiosa y eficaz que la otra, llevaron a sus países por el camino del progreso y de la modernización.

Evidentemente, yo no he podido conocer “personalmente” a todos los monarcas citados, sólo los conozco por las crónicas históricas. Pero, a un rey, un Gran Rey, sí, he tenido la suerte de conocerlo “personalmente”, incluso, de apretarle la mano. Y fue, curiosamente, en Rusia, en una recepción con motivo de la visita oficial del monarca a la Rusia democrática del Presidente Boris Yltsyn. El rey se llamaba Don Juan Carlos I.

Yo entonces estaba trabajando en Moscú para un importante grupo financiero-industrial español. Fueron los años de unas crecientes relaciones entre España y Rusia que no hace mucho había salido del descalabrado coloso comunista llamado la Unión Soviética. (La primera visita del Rey Juan Carlos a las tierras “rusas” tuvo lugar en los tiempos soviéticos, en vísperas de los cambios que muy pronto iniciaría Gorbachiov, con su política de la “perestroika”. El objetivo de aquel viaje fue impulsar las relaciones diplomáticas y comerciales entre ambos países rotas a consecuencia de la Guerra Civil española y la posguerra franquista).

El que ha leído mis artículos y me conoce un poco, sabe que he nacido en Rusia. Mi padre era un comunista, republicano y toda su vida, incluso, después de la guerra civil, exiliado en la URSS, junto con los líderes comunistas Dolores Ibárruri y José Díaz, él seguía luchando contra la dictadura franquista desde la “Radio Moscú Internacional”. El micrófono era entonces su arma, como fue la pluma, cuando escribía y dirigía en España el periódico comunista “El Mundo Obrero”.

Por otro capricho del Destino, la recepción que había organizado la embajada española con motivo de la visita de Su Majestad había coincidido con la estancia de mis padres en aquel momento en Moscú, y, como todos los españoles que se encontraban en la tierra soviética, ellos fueron invitados a esta recepción.

Cuando hablo de “todos los españoles”, me refiero no sólo a los diplomáticos y representantes de las empresas españolas que trabajaban en Rusia, sino a lo que se quedaba de la bastante numerosa, en su momento, la diáspora de los republicanos españoles, exiliados en la Unión Soviética, como mi padre, después de la Guerra Civil. Muchos de ellos habían regresado ya a España y los que todavía se quedaban querían ver en “vivo” al Rey, que pronto sería el Rey de todos ellos, ya que este último grupo de exiliados españoles estaba tramitando el regreso a su patria la que habían abandonado hace más de 40 años. Muchos de ellos iban a regresar a España con sus mujeres rusas y los hijos que hablaban mejor el ruso que el castellano, pero querían acompañar a sus valientes padres españoles.

Y, finalmente, todos los exiliados que lo han querido – una mayoría absoluta – pudieron regresar a España, gracias a este Rey, al que estaban dando, en aquel instante, un apretón de mano “protocolario”, pero agradeciéndole al monarca, de todo corazón, lo que él hizo, promoviendo las leyes de la Amnistía General y dotando a los que regresaban a España de unas dignas pensiones y viviendas de protección oficial, para que los ex exiliados pudieran establecerse de nuevo en su Patria y recuperar en lo posible el tiempo roto por la guerra fratricida.

Este milagro de la repatriación fue posible, en gran medida, gracias al Rey Juan Carlos I, quien después de la muerte de Franco encabezó el difícil proceso de la democratización y modernización de España, cuyo primer paso fue, precisamente, posibilitar el regreso a España de todos los exiliados españoles de todos los rincones del mundo. También mi padre y mi familia pudimos beneficiarnos de esta generosidad “real” que nos había facilitado el regreso a España. No lo olvidaremos nunca. Por ello mi padre republicano acudió a aquella recepción en Moscú para agradecer al monarca su labor unificadora.

Y ahora, cuando el Rey se ha visto obligado a “exiliarse”, aunque sea por su propia voluntad, yo, en nombre mío y de mi padre republicano le quiero agradecer a Su Majestad por lo que ha hecho para que todos los españoles, monárquicos o no, republicanos o no, pudiéramos vivir en paz y en la concordia durante los últimos cuarenta años.

Majestad, Don Juan Carlos I, le ruego vuelva cuanto antes a “su” España. Estoy seguro de que la mayoría de los españoles sabe valorar la decisiva aportación que ha hecho Usted, como el Jefe del Estado, a la transición de España de una dictadura a una democracia moderna.

Basta ya de que los españoles estuviesen obligados a abandonar su Patria por las persecuciones de cualquier tipo. Y más aún, cuando lo tenga que hacer un Rey con tanto mérito ante la nación española. El Rey de la Transición. Nuestro “Rey Emérito” para siempre.