José María Herrera | Sábado 23 de agosto de 2008
De las muchas representaciones de la Muerte creadas por el arte a lo largo de la Historia, pocas suscitaron al ser conocidas una impresión más grande que la que elaboró el olvidado Camilo de Ferrara en los albores del Barroco. Se trataba, al parecer, de una imagen de pequeño formato, una especie de retrato de camarín, tan atroz y escalofriante que aquellos que luego lamentaron su contemplación lo consideraron sin ningún género de duda copia fidedigna del original.
Aunque el cuadro ya no existe –a mí, desde luego, no me consta-, poseemos dos descripciones precisas que permitirían identificarlo con facilidad. Ambas coinciden en que el artista representó a una espeluznante criatura de forma humana despojada de piel, con toda su osamenta, músculos y nervios, cubierta como un rey con un fastuoso manto dorado. A fin de delatar su equívoca naturaleza, eso que hace que cada uno de nosotros la imagine de forma diferente y que haya desde quien la teme hasta quien la desea, el pintor colocó sobre su descarnada cara una bella máscara y, para aludir a su dominio de las cosas y los seres, la remató con una guirnalda de laurel, igual a la que portaban los césares romanos. Por último, puso en su mano izquierda un cuchillo y una vara de olivo, señal de que vida y muerte están entretejidas y resultan inseparables, y situó a sus espaldas un bordón de peregrino lleno de objetos, entre los cuales destacaban la corona de un rey, la mitra de un obispo, la alianza matrimonial de unos esposos y diversos instrumentos de música. Camilo insinuó con estos elementos que la Muerte, en su eterno peregrinaje por la Tierra, no hace distinciones entre los productos de la naturaleza y los de la sociedad y el arte, obligando a todos a restituir aquello que previamente recibieron.
Mucho más conocida para los aficionados al arte que esta representación es, sin embargo, la fantasía de Brueghel titulada “El triunfo de la Muerte”. Un caballero detrás del cual tiembla una mesa llena de viandas echa mano a la espada mientras un ejército de calaveras arrolla a los hombres que en vano procuran contenerlo. El acontecimiento se produce en un lugar cualquiera de la Tierra porque está ocurriendo al mismo tiempo en todas partes. De hecho advertimos también a lo lejos, en el mar, signos manifiestos de devastación: embarcaciones ardiendo, ejecuciones sumarias, compactos batallones de cadáveres que avanzan sin resistencia. La victoria de la muerte se anuncia mediante una campana que tañen dos esqueletos y dos tambores rítmica y rabiosamente golpeados por otro. Igual de estridente debe ser también el instrumento que toca una de las calaveras que conduce el carro donde son transportados los cráneos de los cadáveres. En medio de la carnicería, no faltan insinuaciones sociales, morales y sexuales con las que Brueghel trata de mostrar que la muerte no hace distingos: igual se lleva a un rey que a un pobre, a un rufián que a un inocente, a una vieja estéril que a una dama hermosa y apetecible. Llama también la atención un personaje ridículo que intenta ocultarse bajo la mesa. Es una artimaña inútil; llegada la hora del último y definitivo baile no hay escondrijo que nos pueda librar de esta “flaca coqueta de aspecto extravagante”, según reza un verso de Baudelaire.
La enseñanza de la pintura de Brueghel es obvia: debemos contar con la muerte, no queda otro remedio. Ello es bueno tanto si se cree en otra vida, y consiguientemente en la salvación o la perdición, como si sólo se cree en ésta. En el primer caso, nos ayuda a obrar con rectitud, de acuerdo con los mandamientos de Dios; en el segundo, a valorar cada momento, pues la conciencia de nuestra sustancial limitación torna infinitamente valioso cualquier instante.
Y, sin embargo, por más que aceptemos la muerte, que comprendamos su aciaga inexorabilidad, su presencia nos sobrecoge siempre, incluso cuando entra de puntillas en la alcoba de un anciano que agoniza tras larga existencia para posar en sus consumidas mejillas un beso hermoso y aliviador. Hay algo atroz en su manera de estrecharnos, algo inevitablemente horrible. Pero el horror, eso que ha hecho que la concibamos como una criatura macabra, un monstruo descarnado y sarcástico, guarda relación sobre todo con las ocasiones en las que, a despecho de cualquier previsión, esgrime su afilada guadaña y se ensaña demencialmente con una multitud sin esperar a que sus miembros agoten el remanente espiritual que les queda, el fondo de vida que aún les resta por vivir ¿Puede haber algo más difícil de comprender, más absurdo e injusto?
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