TRIBUNA
Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 21 de agosto de 2020
A veces uno se siente tan sucio por el mundo del hombre y sus realidades falsas que necesita limpiar la mirada de su corazón volviendo a Fátima, un pequeño lugar de la tierra en el que el luminoso mundo de la divinidad entró en contacto con la realidad del hombre, cuyo destino siempre ha sido una responsabilidad para Dios. El hombre tiene hambre de transcendencia, su alma se reconoce habitante de otro universo, el universo verdadero y definitivo. Desgraciadamente la carrasca en la que “se posó” la Virgen para aparecerse a los tres sensitivos niños de Fátima, dos de ellos ya santos, desapareció en seguida por esa hambre fervorosa de divinidad que tiene el hombre. Comenzaron los fieles por cogerle las hojas, luego las ramas, y hoy apenas se sabe si la Iglesia, contraria a las apariciones en un principio, se quedó con alguna reliquia de aquel árbol tan típico de las tierras de Viriato, en que como humilde ser vivo fue el trono de la resplandeciente Virgen María, el punto de encuentro entre el más allá, el transmundo, y el acá, el cismundo, la puerta que comunicó esos dos mundos. Hoy se nos dice que aquella carrasca de la Cova da Iría estaba en la columna de cristal que en la actualidad contiene la imagen de Nuestra Señora. Ya no queda el árbol, efectivamente, ni tampoco los familiares y vecinos de aquellos tres niños con los que tuvieron la fortuna inmensa de convivir, tres pequeños seres celícolas que pastoreaban sus ovejas en aquellos espacios que convirtieron en suelo sagrado, y que como pequeños instrumentos de Dios triunfaron sobre la Iglesia oficial y el Estado portugués. Bienaventurados aquellos lugareños que entraron en contacto con aquel trocito de cielo que constituía el círculo de los tres pastorcitos de Fátima. Pero nos quedan los ámbitos por los que los niños santos anduvieron, la comarca misteriosa en la que el Ángel de la Paz, o Ángel de Portugal, y la radiante Virgen se les aparecieron.
La lógica humana de los niños les hizo pensar en un principio que las apariciones podían ser sueños, realidades soñadas, pero ellos mismos se dieron cuenta de que no podía ser así, al soñar los tres las mismas cosas e incluso interrelacionarse entre ellos en el mismo sueño. Al principio, el pastorcito Francisco veía las apariciones, pero, a diferencia de su hermana Jacinta y de su prima Lucia, no podía oír los mensajes, ni los del Ángel, ni los de la Virgen. Pero a partir de los concentrados rezos del rosario él también comenzó a oír a la Señora. Aunque se prometieron los tres no decir nada de aquellas portentosas apariciones a nadie, ni tan siquiera a los padres, Jacinta, la pastorcita más joven, pequeña y alegre bailarina siempre, no pudo soportar más un secreto tan enorme para ella sola en su corazón de niña, y se lo comunicó a su madre Olimpia, y ésta a su marido. La gravedad religiosa del hecho llevó a Olimpia a la casa de su cuñada Rosa María, para interrogar a Lucia, y así cotejar con lo dicho por Francisco y Jacinta. En un principio las dos familias vieron como inverosímiles las apariciones y lo contado por los niños fue tomado como una gran desgracia que había caído en sus casas. El padre de Lucia, Antonio Santos, demasiado amigo del Dâo, reveló las apariciones en la taberna de Antonio Guimarâes, y a partir de ese momento no sólo los vecinos de Ajustrel, sino también los de todas las aldeas de la comarca de Fátima se enteraron de lo que contaban aquellos tres niños.
De acuerdo a lo que la Virgen les había anunciado el 13 de mayo en su primera aparición, volvieron a la misma carrasca de la Cova da Iría el 13 de junio, fiesta de San Antonio de Padua, precisamente patrono de Fátima, y objeto de solemnidad religiosa y un gran regocijo festivo. En esa ocasión siguieron a los pastorcitos unos cincuenta vecinos, y aunque estos no vieron ni oyeron a la Virgen, sí se percataron de la nube blanca que iluminó la carrasca, y de las ramas que se inclinaron como soportando el leve peso de alguien. En esta segunda aparición la Santísima Virgen predijo la temprana muerte de Francisco y de Jacinta y su entrada en los cielos con ella; esta revelación hizo que los dos hermanos no contasen ya nada a sus padres para no angustiarles ni atormentarles con la desgracia venidera. Una de las cosas que más nos llama la atención en las apariciones de Fátima es que éstas cayeron como una terrible desgracia de dolor y muerte sobre las familias de los videntes, vistas desde la perspectiva humana, y ello apoya su realidad verdadera. Los discípulos de Cristo están abocados siempre a ser corredentores con Él, hostias agradables a Dios, y ello pasa por el sacrificio personal. Francisco y Jacinta se ataban ásperas cuerdas en la cintura para sufrir por los pecados de los hombres, y así ayudar a redimirlos; no bebían agua en los momentos más duros del verano, apenas comían, y sufrían con santa alegría sus dolores físicos. Aquellos tres pastorcitos constituían el formidable e invencible ejército de Dios.
Es muy revelador el hecho de que la primera creyente que tuvieron los videntes de Fátima fuera una “pecadora”, Luisa Bernardos, madre soltera, cosa terrible en aquel católico y gazmoño Portugal. Efectivamente se decía entre junio y julio de 1917 que sólo creían en las apariciones almas supersticiosas, muchachas de mala vida y locos, como los músicos ambulantes. Hasta el propio cura párroco de Fátima, don Markus, llegó a afirmar que, dado que parecía que los niños decían la verdad, tenía que ser obra del demonio aquellos presuntos milagros. Contra esa aseveración la pequeñita Jacinta replicaba que eso no podía ser, porque el diablo es espantoso y se esconde en el infierno, bajo tierra. Nuestra Señora, por el contrario, es hermosa, viene del cielo y vuelve a subir al cielo. “Además”- añadía su valiente hermano Francisco lleno de convicción -, “nunca he oído decir que un diablo haya recomendado a alguien que rece el rosario”. No obstante, la posibilidad de que fuese el diablo el que pergeñaba aquel asunto entró en el cerebro de Lucia, quien tuvo alguna terrible pesadilla infernal, en la que veía un diablo pasando por ser la Virgen, y a punto estuvo de no acompañar a sus primos a la cita con el Señora el 13 de julio. La cita con la Virgen ese 13 de julio concentró ya a miles de fieles. Los padres de Francisco y Jacinta comenzaron a creer. No así los de Lucia, a la que la madre seguía golpeando inmisericorde con una vara “para que no siguiera con ese cuento”. Y comenzaron las secretas profecías de Fátima: el final de la Primera Guerra Mundial, en la que Portugal estaba perdiendo esos días a más de 10.000 muchachos en el frente de Francia, aportando un Cuerpo Expedicionario de 200.000 hombres, y la aparición siniestra de una Rusia perseguidora de la fe. Al principio, Jacinta y Francisco pensaban que Rusia era el nombre de una señora muy mala. También la Virgen anunciaría el 13 de julio que durante el pontificado de Pío XI estallaría una nueva guerra aún más mortífera que la que iba terminando. Todavía en el mes de julio la Iglesia era hostil a los pastorcitos, y en ello hacía piña con la masonería que atacaba el milagro de la Cova da Iría tanto en la Prensa como en el ámbito de la autoridad política y la Justicia. Es así que don Manuel, cura de Porto de Mos, que había calificado las apariciones como “comedia sacrílega”, y que actuaba sin duda como representante del Patriarca de Lisboa, se puso de acuerdo con Oliveira, el administrador masón de Vila Nova de Ourèm, para raptar a los tres pastorcitos el mismo 13 de agosto, el día de la cita con la Virgen, y encarcelarlos en Ourèm con la intención de destruir las falsas apariciones y sonsacarles mediante la tortura psicológica los mensajes de la Virgen, ambas cosas muy contradictorias. El rapto de los niños no impidió que la Virgen no fuese a la consabida cita ante casi veinte mil personas, que vieron cómo se anunció con un relámpago, el oscurecimiento del sol, y cómo una nube resplandeciente se posó durante unos minutos en la ya casi pelada carrasca por el fervor popular, y luego, cómo volvió a subir al cielo.
Todos los pobres presos de la cárcel de Ourèm sintieron que las horas que habían pasado con los niños fueron un trocito de cielo que el Altísimo les había regalado, y hasta Jacinta los alegró bailando un fandango, y los confortó rezando un rosario. Superado el 13 de agosto ni la Iglesia oficial ni el poder político pudieron ya impedir que las apariciones de Fátima se impusieran ya como una realidad religiosa que la Iglesia católica tenía que aceptar. Los niños, aclamados por miles de fieles que a punto estuvieron de sacarles de la cárcel con violencia, habían vencido a la Iglesia todopoderosa y al estado portugués. Dios, una vez más, había aplastado la soberbia humana a través de la debilidad.