Opinión

Subsidiaridad y prudencia

TRIBUNA

José María Méndez | Sábado 22 de agosto de 2020

Se suele entender la Subsidiaridad como la prioridad de la instancia social más pequeña frente a la más grande en caso de conflicto. Esta manera de entenderla viene de la Encíclica de Pío XI Non abbiamo bisogno contra el totalitarismo intolerable del fascismo en los años 20 del siglo pasado. El lema de Mussolini era todo dentro del estado; nada fuera de estado. La Subsidiaridad defendía entonces a los diversos y variados estamentos de la sociedad civil contra un estado totalitario, agresivo y absorbente de todo lo humano.

Según esto, la prioridad estaría siempre a favor de lo pequeño y en contra de lo grande. La Subsidiaridad tendría un solo sentido.

Lo cual es cierto cuando pensamos en la lucha contra los totalitarismos nazi y fascista, por entonces dominantes, o el todavía peor totalitarismo comunista, que sigue aún vivo en China y otros países. Pero basta recordar las drásticas diferencias entre Etica y Estética, descritas en el artículo anterior (El Imparcial 14/08/20), para comprender que esa visión de la Subsidiaridad con un solo sentido es demasiado estrecha.

De entrada, choca con lo que hemos vivido con la implantación del euro. Los Bancos Centrales de los países miembros no han desaparecido, pero han perdido poder. No pueden emitir la nueva moneda. En cambio, aparece en el horizonte una autoridad más grande que adquiere el poder emisor, el Banco Central Europeo con sede en Frankfurt. Es obvio que se ha dado la preferencia a la autoridad más grande frente a las más pequeñas.

No podíamos esperar otra cosa, si en economía la tendencia de fondo apunta a la globalización. La prioridad ahora está a favor de lo grande, al contrario del sentido que habitualmente se da a la palabra Subsidiaridad.

Así pues, dejando aparte su origen histórico, definamos la Subsidiaridad como el criterio para dirimir contenciosos entre autoridades sociales. Entonces la Subsidiaridad es doble. Volviendo a los cuatro estratos valiosos, la regla sería ésta: en ética y economía la prioridad está a favor de lo grande; en cambio, en estética y religión, la preferencia está a favor de lo pequeño.

En el dibujo de mi artículo “Mediopatraña la sociedad es un valor (El Imparcial 08/08/20) estaba ya indicado de algún modo el doble sentido de la Subsidiaridad. En economía y ética, la zona S es mayor que la zona P. Puede interpretarse esa mayor extensión como la prioridad a favor de las instancias sociales más grandes. En cambio, en estética y religión, la mayor superficie de la zona P respecto a la zona S sugiere que la prioridad está ahora a favor de las instancias más pequeñas, las más cercanas a la persona.

Es lógico que sea así, si lo que domina en ética son la igualdad y la globalización, que enfatizan la mayor importancia de lo general sobre lo particular, y en estética prevalece la diversidad y lo peculiar de cada persona, que se siente más representada por las sociedades más pequeñas y próximas a ella.

Antes pusimos el Banco Central Europeo como ejemplo de lo primero. Si buscamos ahora un ejemplo de la prioridad de lo pequeño frente a lo grande, podemos encontrarlo en algo tan típicamente estético como son las fiestas de una ciudad o pueblo. En caso de conflicto sobre algún aspecto de las fiestas, claramente vemos que la preferencia está ahora a favor del correspondiente Ayuntamiento frente a cualquier autoridad superior.

Podemos concebir entonces la Subsidiaridad como una nueva ley axiológica que abarca los cuatro estratos valiosos. Viene a ser el complemento esperable de la Segunda Ley Axiológica descrita en nuestro artículo de El Imparcial 08/08/20. Allí hicimos notar que el punto medio de la línea inclinada del dibujo coincide con la frontera entre ética y estética. En efecto, el sentido de la Subsidiaridad da un giro de 180 grados justo cuando se cruza la frontera desde el ámbito ético al estético.

En todo caso la Subsidiaridad es algo excepcional y extraordinario. Sólo hay que recurrir a ella en casos especiales, cuando hay conflictos de competencias o de criterios. Lo normal y deseable, al menos en pura teoría, es que no hubiese roces entre las diferentes autoridades sociales. No los habría, si todos los entes sociales implicados cumpliesen con todos los valores. O al menos, ése es el supuesto teórico del que debe partir el axiólogo.

Un ejemplo de estos conflictos que afectan a la Subsidiaridad está precisamente en el candelero en España en estos momentos. El gobierno de Sánchez pretende que los ayuntamientos con superávit presten al estado el dinero que de momento les sobra. Incluso el gobierno prepara una ley ad hoc para conseguirlo.

Si nos atenemos estrictamente a la Subsidiaridad, y sólo a ella, estamos en el ámbito económico. Por tanto, la presunción está en principio a favor del gobierno nacional, que es la autoridad más extensa y grande en este conflicto.

Pero toda ley axiológica es una generalización que se hace bajo el supuesto de que todos los entes sociales concernidos cumplen con todos los valores, especialmente los éticos. Ya lo hemos dicho antes. Y salta a la vista el agudo contraste entre la irresponsable y manirrota manera con que el gobierno de Sánchez gasta el dinero, y la seriedad y ortodoxia contable con que han actuado los ayuntamientos con superavit.

Así pues, corrigiendo nuestro primer diagnóstico, hay que dar sin duda la razón en este conflicto a los ayuntamientos frente al gobierno central.

Pedir dinero prestado es una práctica en principio irreprochable. El que compra una casa a plazos no hace nada inmoral. Respeta la propiedad, pues piensa devolver el importe del préstamo, junto con los intereses.

Pero abusar del crédito suele ser una imprudencia muy peligrosa.

La prudencia, no un valor con materia específica sino una virtud formal. Se trata de una actitud básica que se extiende a todos los valores, especialmente los éticos. La prudencia, consiste en aplicar acertadamente los diversos valores al problema concreto que se tiene delante. Así pues, no hablamos del crédito como tal, cuya bondad económica no se cuestiona, sino de los límites que impone su uso prudencial hic et nunc.

Alguien que tiene unos ingresos mensuales de 1.000 euros puede haber comprado bienes a plazos con la sana idea de pagarlos con ingresos futuros. Pero, si la devolución de sus deudas se lleva 600 euros mensuales, dispone sólo de 400 euros mensuales para sus gastos corrientes. Antes de embarcarse de nuevo en las tentadoras compras a plazos, tiene que preguntarse si podrá cubrir sus necesidades inmediatas con sólo 400 euros al mes. Pues si sigue por ese camino, va directamente a la ruina y la miseria.

Lo menos que puede decirse respecto al uso del crédito es que el valor ético más bajo y fuerte de todos, el Respeto a la naturaleza, sugiere ya ser cautos y prudentes.

Recuerdo un apicultor que me decía: contra lo que se cree, las abejas son muy perezosas; cuando han acumulado suficiente miel para el invierno dejan de trabajar. Se comprende su punto de vista interesado. Preferiría que trabajasen siempre. Pero la conducta de las abejas puede leerse también al revés. Son tan prudentes, que sólo dejan de trabajar cuando tienen asegurado su futuro. Ya Esopo nos propuso la célebre fábula de la cigarra y la hormiga, que tiene la misma moraleja. Y pensando precisamente en los que abusan insensatamente del crédito, la sabiduría popular ha acuñado el dicho pan para hoy y hambre para mañana.

Digamos, pues, que la prudencia en el uso del crédito se inspira en la misma naturaleza. Es ecológica. Y en cambio, el abuso del crédito contamina el mundo no menos que las basuras industriales.

La prudencia en la administración del dinero es la misma para las personas singulares que para los gobiernos o los políticos. Recordemos la no lejana y enorme crisis de octubre 2008, cuando quebró Lehman Brothers a causa de las hipotecas sub prime. Los banqueros fueron insensatos. Y por miedo a perder votos, los partidos políticos fueron también irresponsables. No pararon las imprudencias de la banca, aunque las conocían.

¿Qué decir, entonces, de nuestros políticos de ahora, que han acumulado una deuda del Reino de España cercana al 100% del PIB? La tercera parte de nuestros Presupuestos anuales está ya gastada de antemano, a causa de la necesidad de devolver el capital y los intereses de la enorme deuda acumulada. Con mucha dificultad podremos atender a nuestros gastos más perentorios y ordinarios.

Sin duda la política económica de Zapatero fue catastrófica, como ocurre siempre con los gobiernos socialistas. Los economistas no olvidan el ridículo de su Plan E. Pero también recuerdan que luego fue Rajoy el que hizo pasar la deuda del Reino de España desde el 60% del PIB al 98%. El único político que merezca el calificativo de prudente ha sido Aznar.

No se puede reprochar nada a los que compran bonos del Reino de España, pues piensan que España no entrará en quiebra como Grecia. Y si entra en quiebra, la UE saldrá al rescate, como lo hizo con el país heleno. Ellos sí son prudentes. Pero de lo que ahora hablamos es de la autoridad moral que puede tener el actual gobierno español, endeudado hasta casi el 100% del PIB, para pedir a los ayuntamientos que les presten el superavit que han conseguido gracias a una gestión previsora y sensata.

Volvamos al principio. En pura teoría, la Subsidiaridad está a favor del gobierno de la nación frente a los ayuntamientos. Pero esa prioridad teórica sólo tiene sentido, si previamente tanto el gobierno central como los ayuntamientos han sido prudentes en la gestión del dinero llamado público.

Este dinero pertenece a los ciudadanos y no es propiedad de los irresponsables partidos políticos. Los gestores del dinero público están obligados a ser prudentes en el manejo de lo que no es suyo, sino que les ha sido confiado por la ciudadanía. Los ciudadanos esperan que su dinero sea administrado como lo han hecho los ayuntamientos con superávit, con responsabilidad y sensatez. No como nuestros políticos, de uno y otro bando pero especialmente socialistas, que han convertido al actual gobierno de Sánchez en un parásito o gorrón, obligado a vivir vergonzosamente de limosna. O lo que es peor, en un atracador con el BOE en la mano a guisa de puñal.

Luis XIV escribió una carta a su nieto Felipe V en que afirmaba tout court que el dinero en los bolsillos de los ciudadanos es en realidad propiedad del Rey de Francia. Debéis estar persuadido de que los reyes son señores absolutos, y poseen la disposición plena y entera de los bienes de todos sus súbditos, sean clérigos o seglares.

Sospecho que esta carta ha llegado a conocimiento de Sánchez. Eso explicaría el asalto de la cigarra al dinero de la hormiga.