Opinión

El COVID y la debilidad moral

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 23 de agosto de 2020

Uno de los problemas para la aplicación de las medidas de prevención del COVID19 es que dependen de factores sociales -los usos y costumbres, la distancia, el sentido de la responsabilidad- que durante décadas han sufrido un ataque constante en España. Desde las etapas más tempranas del proceso educativo -tanto el formal como el no formal- la persona es despojada de cualquier sentido de la responsabilidad por sus actos. La primera instancia de legitimación son el deseo -el solo hecho de que alguien quiera algo ya puede servir para justificarlo- y el sentimiento. Basta “sentirse” algo para que quede legitimado. Ante eso, no hay argumento que valga. Bueno, no lo hay hasta que la realidad viene a decir “buenas tardes”.

Eso es lo que nos está sucediendo.

Recuerdo las imágenes de un concierto: uno de los músicos escupía licor sobre los asistentes, que bailaban. He visto los vagones atestados del metro de Madrid. He visto las colas en los intercambiadores para subir a los autobuses interurbanos en las que no se respetaba distancia de seguridad alguna. Nadie vigila si los pasajeros se quitan o se bajan las mascarillas. Mucho menos se han impuesto normas sobre las mascarillas que debían emplearse de modo que cada uno se pone lo que le da la gana. Si uno no quiere llevar mascarilla o siente que no hace falta (“si total, nos conocemos todos”) no pasa nada de nada. Me temo que detenciones como la del vídeo con una señora que vociferaba “habeas corpus” son anecdóticas. Las sanciones son tan bajas y los controles tan escasos que ni siquiera son disuasorias.

Así, resulta que en la España de hoy todos los demás mecanismos de una sociedad para imponer un comportamiento -la censura moral, el reproche social, la sanción jurídica, etc- están desactivados por la corrección política, el victimismo, la sensiblería y otros males de nuestro tiempo. Pruebe usted a recriminar en el metro o en el transporte interurbano de Madrid a quien lleva la mascarilla al cuello y verá cómo, indefectiblemente, alguien dice que “tampoco hay que exagerar”. Desde luego, no basta que sea obligatorio su uso: cualquiera siente que puede hacer lo que quiera y “tampoco hay que pasarse”.

El otro día en un autobús un adolescente se iba jactando de las asignaturas que le habían quedado y de no ponerse la mascarilla, que llevaba bajada hasta la barbilla, porque no le daba la gana y “le daba igual”. Si nadie le ha enseñado, con rigor si es necesario, que todos somos responsables, que tenemos obligaciones y deberes y que vivir en sociedad tiene sus cargas, ¿cómo esperamos que de la noche a la mañana se vuelva cívico?

Por supuesto, queda el recurso a sus sentimientos –“estás poniendo en peligro a otras personas”- pero hoy el egoísmo, disfrazado de libertad o de deseo, ha sustituido al sacrificio y la abnegación. Es un error confiar en la responsabilidad cuando la irresponsabilidad se ha convertido en una virtud asociada a la espontaneidad y un sentido muy torcido de la libertad. En España, hoy, hay que convencer a cada ciudadano de la necesidad de adoptar medidas porque las medidas aprobadas, en general, ni se vigilan, ni se imponen.

En el fondo, lo que se viene destruyendo en España desde hace años es el sentido profundo de comunidad y de convivencia.

En los meses de marzo y abril se abandonó a su suerte a miles de personas mayores. Cientos de miles de nuestros conciudadanos vieron arruinados sus comercios o perdieron el empleo. Millones afrontaron un confinamiento cuyas consecuencias aún no se han podido valorar en toda su extensión. Sin embargo, no parece que todo esto nos haya hecho “mejores” como decían las consignas movidas desde el gobierno durante el estado de alarma. No hemos salido más fuertes, sino más débiles y más empobrecidos moralmente.

Han sido tantas las mentiras que se han difundido y es tal la impunidad de la mala gestión, la incompetencia y la mediocridad que no hay líderes porque no hay nadie con autoridad moral para nada. Ahora mismo, en general, los políticos temen más a las encuestas que a las consecuencias que sus decisiones, sus indecisiones y sus errores tienen sobre los ciudadanos. Tanto tiempo de gobernar a golpe de sondeo nos está pasando factura.

Mientras escribo estas líneas, se multiplican los rebrotes en España a pocas semanas de la vuelta a las clases. Los meses posteriores al confinamiento han servido para detectar que los problemas morales de nuestra sociedad -la irresponsabilidad, el egoísmo, el culto a las apariencias, al “relato” y a la opinión pública- han mermado nuestras capacidades de reaccionar ante la pandemia.

No. No salimos mejores del confinamiento ni todo ha ido bien.

Hoy nuestra debilidad moral es una de nuestras mayores flaquezas.