Opinión

Carta al jaguar

FRACASA MEJOR

Miguel Ángel Gómez | Lunes 24 de agosto de 2020

Querido jaguar: el bosque siempre me ha enseñado todo y ahora tengo idea de lo que estoy haciendo. Me enseñó todo del arte de escribir y de no tener miedo al ridículo. A arreglármelas por mi cuenta. A veces tenía la sensación de que iba a explotar. Mis preferidas eran las habitaciones sombrías antes de acudir a la naturaleza para reparar mis pecados.

Llevo beicon, no necesito un espejo para ver mi aspecto. Aquí, jaguar voraz, no me siento asqueado ni soy un niño rico ni mimado acostumbrado al lujo y los viajes, veo lo que no he visto mil veces y no me falta absolutamente nada. Que no te den ganas de abrir fuego si alguien se pone a aplaudir, voy a cocer patatas en una cacerola, no querrás que te suplique mi corazón solitario. Pasas por la abundante hierba y tu ataque parece que puede comenzar. Sobre esto es sobre lo que quiero escribir y sé por dónde empezar. No será puro disparate.

Quito mi mascarilla de la boca y mis ojos sonrientes se acercan al elegante Whitman. Todo va a cambiar, excepto yo mismo, jaguar, que exteriorizo mis sentimientos. No marchitaron mi esperanza los editores a los que recuerdo vagamente. Sus notas eran breves. Oía risas. Aquí charlé con ciervas atrapadas que llegaron al agotamiento como si hubieran recorrido muchos kilómetros cuesta arriba, y que creían que la felicidad podía durar. Destino Funesto pedía que dejara el lago y volviera al bote antes de enfriarme y agotarme. Una especie de poeta nunca se agota y cuenta lo que tiene que contar con naturalidad como si se lo contara a alguien cercano.

Está nevando, jaguar, no tengo que abrirme paso entre la muchedumbre en un silencio contenido, no hay ningún ruido de puerta que se abra y se cierre, no hay una tierra en ruinas. Sin restricciones, hago lo que quiero. Es todo muy acogedor. La nariz limpia me hace respirar por los alrededores de la literatura. Aquí no recuerdo mi nombre, puede ser Explorador o Brillo. Doy rienda suelta a mi lengua. No tengo el rostro surcado de lágrimas. No necesito cepillo de dientes amarillo ni dormir en los bancos de las plazas. ¿Qué hacía en la ciudad donde la maldad llegaba a un límite atroz? Quisiera escribir cosas para ti en mi sillón de analista hecho con briznas de hierba, jaguar.

Ya no huyo si llueve. La lluvia se desnuda y nos muestra todas sus prendas. Fumemos la pipa de la paz, jaguar, no perderé nunca más ninguna batalla. La luna me invade las sienes, sabe que no me comerás bien comido. ¡Oculto mis miedos! No hay nada peor que mostrar tus miedos a un jaguar de cabeza dura. Mi bolígrafo es mi ametralladora. No llevo cuchilla de afeitar, aunque mi barba hacía que miraran muchos pares de ojos. Si viene una pandilla de hacheros ¡ataca, jaguar, para mostrarme tu aprecio! ¡Se irán al cabo de un par de semanas! ¡Seremos supervivientes en un mundo perdido! Ya no me peino con delicadeza. Escribo. Escribo. Escribo. En los árboles frondosos estoy en pleno dominio de mis facultades.

Nadie me engatusará, ni siquiera tú. Las manecillas del reloj se han parado. Los lobos grandes son mis amigos, jaguar dorado, andamos juntos como vaqueros dando zancadas. Publicamos juntos algunos de nuestros poemas. No reina la confusión ni tengo sensación de vergüenza.