Opinión

Afirmar la cultura de la vida

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 30 de agosto de 2020
La pandemia está sacando a relucir los fundamentos de la cultura de la muerte que viene impregnando nuestra civilización. San Juan Pablo II el Grande la denunció en la encíclica Evangelium Vitae (1995): “si muchos y graves aspectos de la actual problemática social pueden explicar en cierto modo el clima de extendida incertidumbre moral y atenuar a veces en las personas la responsabilidad objetiva, no es menos cierto que estamos frente a una realidad más amplia, que se puede considerar como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera «cultura de muerte». Esta estructura está activamente promovida por fuertes corrientes culturales, económicas y políticas, portadoras de una concepción de la sociedad basada en la eficiencia. Mirando las cosas desde este punto de vista, se puede hablar, en cierto sentido, de una guerra de los poderosos contra los débiles. La vida que exigiría más acogida, amor y cuidado es tenida por inútil, o considerada como un peso insoportable y, por tanto, despreciada de muchos modos. Quien, con su enfermedad, con su minusvalidez o, más simplemente, con su misma presencia pone en discusión el bienestar y el estilo de vida de los más aventajados, tiende a ser visto como un enemigo del que hay que defenderse o a quien eliminar. Se desencadena así una especie de «conjura contra la vida», que afecta no sólo a las personas concretas en sus relaciones individuales, familiares o de grupo, sino que va más allá llegando a perjudicar y alterar, a nivel mundial, las relaciones entre los pueblos y los Estados”.

Debajo de la tragedia de los ancianos abandonados en las residencias y en sus domicilios, debajo de las pruebas suspendidas o canceladas que ya no pueden esperar más, debajo de la deshumanización creciente de nuestra cultura y de la burocratización de las relaciones humanas, incluida la asistencia sanitaria, palpita esa cultura de la muerte.

Por supuesto, no se plantea en esos términos. La España de nuestro tiempo lo soporta todo menos la realidad. Hay que hablar con eufemismos “muerto con COVID”, “muerte digna”, “interrupción voluntaria del embarazo”, etc. Así se evita dar a las cosas el nombre que tienen: “muerto por COVID”, “eutanasia”, “aborto”. Sólo lo que tiene una imagen conmovedora merece compasión y no la tienen los ancianos agonizantes para quienes no hubo respiradores, ni los enfermos a quienes se considera una carga ni el bebé muerto en el vientre de sus madres. Nuestra cultura es pródiga en formas propagandísticas de la muerte -ahí está la pésima película “Mar adentro”, de Alejandro Amenábar- y generosa en argumentos que explican por qué la muerte en sus distintas formas para uno mismo o para otro es un “derecho”.

Ha habido polémica en España porque una comunidad autónoma ha nombrado como responsable de la lucha contra el COVID a un médico miembro del Opus Dei y opuesto a la eutanasia. Yo creo, en cambio, que la polémica debería ser cómo es que no hay más responsables públicos que defiendan la vida y se opongan a esta cultura de la muerte. Lo que a mí me escandaliza es que sigamos con discursos que abandonan a los más débiles -los concebidos no nacidos, los bebés, los mayores, los discapacitados- al mismo tiempo que trata de que nadie se sienta ofendido por el lenguaje o de que todos se indignen por algo que sucede al otro lado del planeta.

Gracias a Ricardo Latorre, sacerdote, doctor en comunicación social y profesor, pude ver este vídeo y lo suscribo de principio a fin. Ojalá hubiese en España muchos más políticos y líderes sociales que hablasen de este modo. La guerra cultural que vivimos parte de aquí: si la vida humana no es sagrada, si no es valiosa en sí misma, todo está permitido desde el aborto hasta la discriminación contra las personas obesas (algún día escribiré sobre esto) o la deshumanización de la atención a los familiares de los enfermos.

Hay un nivel más profundo: vivimos en una cultura que ha dejado de lado a Dios y lo ha sustituido por otros ídolos: el éxito, la juventud, la felicidad, el placer o la muerte son algunos de ellos. Si Dios deja de contar, nada cuenta en realidad. La solidaridad, que en verdad no significa demasiado, ha reemplazado a la “charitas” y al “amor”. So pretexto de la dignidad, se cometen las peores indignidades. ¿Cómo llamar, si no, a la dejación de los mayores en las residencias en los meses de marzo, abril y mayo?

Algunos se molestan por la presencia de sacerdotes en los hospitales. Yo me escandalizo porque no haya más. Algunos piensan que sobran. Yo creo que faltan. Algunos dicen que hay que dedicar esos recursos a otras cosas. Yo creo que sin la atención religiosa y sin la radical humanización que ella supone, sin ese consuelo a los pacientes y las familias, sin ese recordatorio constante de la dignidad de la vida humana y del amor de Dios por sus criaturas que ella supone, al final nos va a quedar una sociedad y un sistema sanitario vacío de Dios y, por tanto, sin sitio alguno para el ser humano. Ya lo dijo, lo cito de nuevo, San Juan Pablo II el Grande: “El hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra el hombre”.

Rescatemos al ser humano en nuestra cultura.

Defendamos la vida humana desde su concepción hasta su término natural.

No abandonemos al mundo a la cultura de la muerte.

Afirmemos la cultura de la vida.