Opinión

¿Cómo es el hombre libre frente a la causalidad?

TRIBUNA

José María Méndez | Martes 01 de septiembre de 2020

La libertad positiva, o capacidad para hacer el bien y el mal, está sometida a varias presiones, que la empujan a tergo, por la espalda, como lo hace toda fuerza causal.

Primero, las que provienen de dentro, de nuestro propio cuerpo.

Las hay que se inician incluso a nivel físico y químico. Son impulsos animales, las llamadas pasiones, que el espíritu controla con mucha dificultad, especialmente la ira y la lujuria. Nacen en lo más elemental o carnal de nuestro cuerpo, pero se elevan luego al nivel de los sentimientos o emociones. A veces, nuestra conducta concreta depende de que la comida nos haya sentado bien o mal.

Hay también presiones de tipo estrictamente psíquico, como los estados de buen o mal humor, tantas veces influidos por el clima, las enfermedades, o los disgustos y contrariedades de la vida,

Aparte de los influjos que vienen de dentro, de nuestro cuerpo, están los que vienen de fuera, de la sociedad que nos rodea. Se trata del entorno familiar, la educación recibida, el ejemplo de las personas que más queremos, la moda, el temible qué dirán. En los políticos, por ejemplo, es patente el miedo cerval a perder votos en las próximas elecciones. Etc., etc.

La lista de los influjos o presiones de todo tipo que empujan a la libertad a tergo sería interminable. Pero lo importante es comprender que todas empujan o presionan como flujos causales, al modo como arrastran las grandes olas del mar al impotente bañista. Todas ellas erosionan o amenazan nuestra libertad positiva. Siempre la disminuyen, poco o mucho que sea (Cfr. nuestro artículo “Patraña la libertad es un valor”, El Imparcial 10/06/20).

Kant, en la Tercera Antinomia de su Crítica de la Razón Pura, zanjó para siempre esta cuestión. Por encima y a pesar de todos esos flujos causales que empujan a tergo, la libertad positiva es capaz de superarlos e imponer al final su decisión. Aunque todos los impulsos causales fuesen convergentes y me empujasen a gritar Viva A, yo siempre podría, si quisiera, decir Muera A. La independencia de un ser libre frente a todos los flujos causales de la naturaleza o de la sociedad va en la definición misma de libertad positiva. Si los flujos causales se impusieran sobre mi libertad positiva, yo no sería libre, sino un ente más del mundo de la naturaleza causal. Actuaría movido únicamente por el instinto a tergo, exactamente como los animales.

Por eso, ser libre en sentido positivo implica ser responsable único y exclusivo del bien o el mal que se hace. Responsabilidad, imputabilidad, mérito y culpa son las consecuencias obvias de la libertad positiva. Nicolai Hartmann decía con toda razón que el hombre es ein Schöpfer im kleinen, un creador en pequeño. Crea el bien y el mal de sus acciones en el mismo sentido en que decimos que Dios crea el mundo de la nada.

Por eso, el ser humano es responsable único y exclusivo del bien o el mal que aparezca en su conducta. Sólo a él se imputa el bien o el mal de sus acciones. La responsabilidad no se puede delegar a otra persona.

Podemos formalizarlo así: libertad positivaresponsabilidad.

Sin duda también es cierto que, puntual o accidentalmente, los impulsos causales prevalecen de hecho sobre la libertad. No fui yo, fue el maldito Cariñena que se apoderó de mí, exclama Don Mendo. De acuerdo. Eso sucede. Pero antes de seguir bebiendo vino, Don Mendo estuvo en condiciones de prever las peligrosas consecuencias de su inminente borrachera. Pudo decir ¡basta! No bebo más. Ni siquiera en esas excepcionales situaciones la libertad llega a la total irresponsabilidad. Ni siquiera entonces alguien deja de ser libre en sentido positivo.

En conclusión, la libertad frente a la causalidad es lo mismo que independencia respecto a todos los impulsos a tergo. Por muy fuertes y convergentes que sean, nunca anulan del todo a la libertad. Todo ello está exigido por el primero de los operadores lógicos, el afirmador-negador. Lo que dijo Kant ha sido ratificado por la formalización de la lógica.

Sin embargo, Kant no trató la pregunta siguiente. ¿Es también el hombre libre frente a la causalidad divina? Curiosamente, la respuesta es ahora más sencilla que antes. Si Dios creó al hombre libre y responsable único del bien o el mal haga, no puede contradecirse y atropellar luego esa libertad.

Así pues, Dios nunca intervendrá de modo causal sobre nuestra libertad positiva. Si nos creó libres, nos respetará siempre como tales. Cualquier presión divina a tergo, reduciría a cero la libertad y la responsabilidad de la persona. Las presiones causales de nuestro cuerpo y de la sociedad disminuyen o rebajan nuestra libertad y nuestra responsabilidad, pero nunca las anulan de todo. Siempre queda un resto de independencia capaz de pronunciar la última palabra. Pero si el autor de la presión causal fuese Dios, no quedaría resto alguno de independencia.

Los teólogos usan la palabra gracia para designar las posibles intervenciones divinas en la vida de una persona concreta. Sin embargo, hay que excluir a radice que esa gracia pueda consistir en una presión causal o a tergo. El hombre es libre frente a la causalidad divina lo mismo que frente a la causalidad de la naturaleza. La libertad positiva tiene también la última palabra frente a la gracia. Puede aceptarla o rechazarla. Ni siquiera la visión de San Pablo en Damasco redujo a cero su libertad. A lo largo de sus epístolas queda bien patente que él fue consciente de este fundamental detalle.

Gracias a que se ha formalizado la lógica, podemos afirmar ahora con total seguridad que el hombre es libre en sentido positivo frente a toda causalidad, humana y divina. Precisamente por eso, también ahora es el momento de volver sobre la gran convulsión religiosa de los siglos XVI y XVII, la llamada Reforma protestante.

En sus primeros años como monje y sacerdote la conducta externa de Lutero debió ser sin duda irreprochable, incluso ejemplar. Pero a solas en su celda sentía la vergüenza de no vivir la castidad que se le suponía. Su ardiente temperamento permite suponer que se masturbaba. Y acabó por racionalizar su problema, en el sentido que esta palabra tiene en psiquiatría. Se inventó un argumento objetivamente falso, pero que subjetivamente tranquilizase su conciencia. Llegó a la conclusión de que la naturaleza humana estaba completamente corrompida. Por tanto, él no era responsable de su vicio solitario. Llegó a escribir el panfleto titulado De servo arbitrio, contradiciendo al De libero arbitrio de San Agustín.

Hay que detenerse un momento para calibrar la gigantesca envergadura del aserto de Lutero. Según él, el hombre está corrompido hasta el punto de no ser responsable del mal que hace.

Cualesquiera que fuesen los verdaderos motivos personales del aserto de Lutero -obviamente nadie los conoce-, el hecho es que decir que el hombre es irresponsable de sus actos es lo mismo que afirmar que no es libre en sentido positivo.

Antes hemos afirmado libertad positivaresponsabilidad. Ambos conceptos siguen la misma suerte. Si afirmamos uno, afirmamos el otro. Pero igualmente, si negamos uno, negamos el otro. Que el hombre no sea responsable de sus pecados, porque su naturaleza está totalmente corrompida, implica que no es libre en sentido positivo.

O sea, no responsableno libre.

Despojar al hombre de su libertad positiva es la mayor ofensa y el mayor insulto que puede dirigirse a Dios, y también a la humanidad. La dignidad del hombre consiste precisamente en haber sido elevado al nivel de lo divino, a imagen y semejanza de Dios. Y la mayor generosidad que ha realizado Dios ha sido precisamente la creación del ser humano libre.

Fijemos nuestra atención en el insulto a Dios. El aserto de Lutero ofende a Dios más que pudieran hacerlo todas las vergüenzas de la Iglesia mencionadas en sus célebres 95 tesis, por muy ciertas que éstas fueran. Nunca alcanzarán la gravedad de acusar a Dios de haber creado al hombre irresponsable de sus pecados. Si el hombre no es libre ¿a quién imputar la culpa de sus crímenes y abusos? El responsable sería Dios, por haberlo creado totalmente corrompido. Decir que el hombre no es libre supone imputar a Dios la culpa de todos los pecados acumulados en esta tierra, pasados, presentes y futuros. Ciertamente no cabe una blasfemia peor que ésta.

Además se trata de la negación más radical pensable del cristianismo. Si los hombres son irresponsables de sus pecados ¿qué sentido tiene la Redención de Cristo en la cruz? Lutero, y los que niegan que el hombre sea libre, ya no tienen nada de cristianos.

El aserto siguiente -y también esperable- de Lutero fue la justificación por la sola fe. Ahora bien, si el hombre no es libre, tampoco puede tener fe, pues ni siquiera podría pensar. Racionalidad y libertad son inseparables. Van juntas en la entraña misma del primero de los operadores lógicos, el afirmador-negador. Si no hay libertad, tampoco hay pensamiento.

Las actuales cabezas pensantes y dirigentes del conjunto de iglesias y movimientos religiosos, que continúan en nuestros días la Reforma protestante iniciada por Lutero, debieran replantearse este tema con toda honestidad intelectual, y a la luz de la formalización de lógica. Todo el indudable bien que hacen esas iglesias e instituciones no borrará jamás el gigantesco error teórico de negar al hombre su libertad positiva.

Profundicemos un poco más. San Agustín se dio cuenta de que el previo conocimiento divino de lo que el hombre va a hacer de ningún modo le empuja a tergo o causalmente.

Siempre fui aficionado a la montaña. Recuerdo una excursión a Gredos. En el empinado camino hacia una cima tropecé con una tentadora desviación. Parecía llevar a la cima de modo más cómodo, aunque más largo. Cedí al señuelo. Pero llegué a una pared casi vertical, sólo para escaladores. Di la vuelta atrás y seguí por el penoso camino de antes hasta la cumbre.

Ya en ella, observé otro montañero que seguía la misma ruta. Al llegar al tentador cruce se paró. Cometió el mismo error que yo, y acabó en la pared vertical. Yo sabía de antemano lo que iba a hacer. En efecto, dio la vuelta y regresó al camino empinado y correcto.

¿Influyó causalmente mi conocimiento previo en su decisión de volver sobre sus pasos? Ni siquiera sabía que yo estaba mirándole. El ejemplo basta para comprender la afirmación de San Agustín. La omnisciencia de Dios no es una presión causal o a tergo sobre la libertad humana. Para nada interfiere con su libertad positiva.

En cambio, el error garrafal de Lutero oscureció las mentes de los teólogos de su época, tanto católicos como protestantes.

San Agustin empleó la palabra predestinación en el sentido de que Dios otorga al hombre la libertad positiva con la intención de que llegue al cielo por su propia conducta. Y el conocimiento previo de esa conducta no afecta causalmente a la libertad positiva del ser humano. Pero Calvino llevó el error inicial de Lutero hasta sus últimas consecuencias. Si el hombre no es libre, sólo puede salvarse mediante la predestinación divina de los elegidos. La causalidad divina reduce a cero la libertad positiva del hombre. Su conducta ya no cuenta. En el software del Big Bang estarían ya escritos los nombres de los elegidos. Y en consecuencia, también estarían escritos los nombres de los condenados. Si hay una predestinación positiva, también la habrá negativa. Dios crea a los no elegidos para que terminen en el infierno, hagan lo que hagan en este mundo. La blasfemia de Calvino es la inexorable consecuencia lógica de la de Lutero.

El desastre intelectual alcanzó también a los teólogos católicos. Dominicos y jesuitas se enzarzaron en la famosa controversia De auxiliis. Todos se alambicaban la cabeza buscando la concordia entre la libertad del hombre y la gracia divina, pensada ésta como una presión causal. Nadie podía encontrar una solución y todo acababa en descalificaciones e insultos. Lo único sensato en la famosa controversia fue la decisión del Papa Clemente VIII de mandar callar a todos. En efecto, si la gracia es pensada como una fuerza divina que actúa a tergo, no había manera de conciliarla con la libertad del hombre en sentido positivo.

En fin, ¿cómo es el hombre libre frente a la causalidad?

Frente a la causalidad de la naturaleza y la sociedad, la libertad del ser humano se entiende como independencia. Aunque todos los flujos causales le empujaran convergentemente a la acción A, él podría siempre decidirse por la acción no A.

Frente a la causalidad divina, su libertad estriba en la seguridad de que Dios le creó libre, único y exclusivo responsable del bien y del mal de su conducta en este mundo, dueño de su destino eterno, y por tanto le respetará siempre como tal.