Domingo 24 de agosto de 2008
Es una auténtica lástima que los Juegos Olímpicos se celebren sólo cada cuatro años. Habría que esperar menos tiempo para poder disfrutar de un espectáculo que trasciende lo meramente deportivo. Que no es poco, dicho sea de paso. Cada cita olímpica deja algún héroe; dos en esta ocasión. Fuera ya de la carga subjetiva que supone resaltar hasta el extremo los méritos de alguien, Usain Bolt en atletismo y Michael Phelps en natación pueden ser ya considerados como los mejores de todos los tiempos en sus respectivas disciplinas. El primero, Bolt, ha pulverizado los records mundiales de velocidad, estableciendo unas marcas que serán muy difíciles de superar. A ello se une el valor añadido de que este deportista es jamaicano, y es allí donde vive y entrena, con las enormes dificultades que ello conlleva. El caso del norteamericano Phelps es igualmente excepcional: nunca hasta ahora un deportista olímpico había sido capaz de atesorar ocho medallas de oro, records del mundo incluidos.
La estadística de medallas no deja lugar a dudas. Los puestos destacados, copados por los países del G-7, más Rusia y las dos potencias orientales: China y Corea del Sur. Con las honrosas salvedades de Jamaica, Kenia y Etiopía, con larga tradición en atletismo, es un hecho que medallero lo dominan las naciones con un mayor índice de desarrollo. El de España, por cierto, es significativamente mayor que el lugar en que le ha dejado sus medallas (14). Convendrá tomar nota y repasar errores o carencias de la política deportiva española. Sobre todo porque, estar en lo más alto, aparte del obvio mérito deportivo, no deja de ser un escaparate a nivel mundial. No en vano, la difusión de los Juegos en cuanto a seguimiento mediático también alcanza sus propios records, pero de audiencia. En este sentido –y también por sus resultados en el medallero- estos juegos han sido la puesta de largo mediática de China como lo que es: una gran potencia planetaria. Eso sí, los juegos de Pekín no pasarán a la historia, por su transparencia informativa. Es sabido que la férrea censura impuesta por la dictadura comunista china ha dificultado en más de una ocasión la labor informativa, y no dejan de tener rezón los activistas de derechos humanos que se quejan de que, con el pábulo que se ha dado a China en estos juegos, se ha dejado en segundo término el hecho de que las libertades individuales en el gigante asiático son poco menos que una quimera. No obstante, otros foros más adecuados habrá para dirimir estas cuestiones. Aquí, de lo que se trata es de deportes, que por otro lado nunca han combinado demasiado bien con la política. Quedémonos precisamente con eso, una fiesta del deporte donde, en virtud del espíritu olímpico, se ha visto como nacionales de procedencias diversas confraternizaban dejando a un lado consideraciones de otro tipo. Es posible entenderse. Ojalá no pasen otros cuatro años para volver a darse cuenta.
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