Regina Martínez Idarreta | Domingo 24 de agosto de 2008
No sé puede hacer planes porque nunca se sabe qué puede depararte el destino. Sí, sé que es una frase hecha. Una frase impertinente en estos días en los que más 150 familias se duelen porque la mala suerte se cebó el pasado miércoles con los viajeros de un avión que en vez de llevarlos hacia unas vacaciones de ensueño, no pudo ni tan siquiera elevar el vuelo. Pero así, es la vida. Irónica, falsa, mezquina y complicada. Pero también divertida, emocionante, arrulladora y amable. Por encima de todo, traicionera.
Tan traicionera que no respeta las reglas del juego. Puede atacar por tu punto débil o fuerte, sin importarle si el argumento que te habías fijado era el de una película romántica, un thriller o una comedia. Y, sin embargo, la queremos, nos aferramos a ella como a una droga maldita, que nos mata a cada chute pero sin la que no merece la pena vivir.
Seguramente ahí está el truco. En comportarse como una amante caprichosa, capaz de lo mejor y de lo peor, siempre con una sonrisa sibilina e irónica, escondiéndose la siguiente carta en la manga. A pesar de lo pesares, no queremos bajarnos en pleno trayecto porque nos puede la curiosidad de saber qué es lo próximo que nos deparará el destino. Si no ¿qué otra razón nos quedaría?
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